El tiempo, gran escultor|
Crítica ★★★★☆ de «Fourteen», dirigida por Dan Sallitt.
Estados Unidos. 2019. Título original: Fourteen. Dirección y guion: Dan Sallitt. Producción: Caitlin Mae Burke (para Static Prods). Fotografía: Christopher Messina. Montaje: Dan Sallitt. Diseño de producción: Grace Sloan. Reparto: Tallie Medel, Norma Kuhling, Lorelei Romani, C. Mason Wells, Dylan McCormick. 94 minutos.
Hay periodos en la vida en los que resulta impensable que en un futuro alguien muy presente ahora pueda llegar a desaparecer de nuestro día a día. El tiempo, como reflejaba la obra de Yourcenar, modela los caracteres y las relaciones personales, no sólo el resultado artístico de una obra. Los vínculos trazados a partir de un acontecimiento concreto del pasado se fortalecen en el tiempo y parece como si, nuestra propia evolución, no les fuera a afectar nunca, tolerando los cambios, las manías, los egoísmos, los entrometimientos de quien consideramos realmente amigo de verdad, considerando inatacables las bases que soportan esa relación. A partir de algo así, a partir de estos vínculos invisibles que se superponen a familia y pareja, construye Dan Sallitt la muy estimable
Fourteen, quinta película en su filmografía y primera con estreno comercial en España. Una obra que se sujeta sobre la palabra y sobre el extraordinario uso del fuera de campo, un recurso presente a lo largo de toda la película en la que la mayor parte de las escenas se construyen a partir de lo no visto, no escuchado, no presente; estableciéndose un diálogo entre los personajes a partir de algo inmediatamente ocurrido pero a lo que no hemos asistido.
Es así como se consigue el mejor efecto de la filmación, hacernos cómplices de las elipsis sin perder ni por un instante la conexión con los dos personajes principales de la historia: Mara, interpretada sutilmente por
Tallie Medel, y Jo, personaje volcánico e inestable creado por Norma Kuhling. Como espectadores seguimos su relación de amistad durante unos diez años, los diez últimos, desde la máxima intensidad hasta el progresivo distanciamiento y abandono; pero siempre desde ese recuerdo que mezcla lo entrañable y lo irrompible situado en los años de la adolescencia, los «fourteen» a los que se refiere el título. Caracteres diferentes, propósitos distintos, comportamiento vital incompatible, Mara y Jo se ayudan y se necesitan tanto como son conscientes de que su amistad impide cualquier tipo de convivencia pese a la precariedad de su situación laboral y sentimental. Ocuparse y preocuparse recíprocamente, aunque el paso del tiempo va colocando a una de ellas. Mara, en la posición de cuidadora, y a Jo, la inestable, en el rol de dependiente, algo que, a la larga, termina afectando a su relación diaria y provocando ese comprensible agotamiento de quien da sin obtener un mínimo reconocimiento, sintiéndose impotente ante la falta de energía y de futuro de Jo.
Pasan trabajos, pasan amigos, amantes, intentos de suicidio, ataques de ira, neurosis o psicosis provocadas por las drogas, llega el compromiso afectivo, la maternidad, el divorcio. Etapas comunes a la vida de mucha gente ante las que Sallitt nos coloca cuando todo ha sucedido, hechos consumados a partir de los que los personajes, normalmente en pareja, o en dobles parejas, dialogan produciendo ese efecto de integrarnos rápidamente sin necesidad de haberlo visto. Lo sutil de la construcción del guion, acompañado de un uso del espacio restrictivo, fundamentalmente cerrando el plano sobre los actores, ya sea en sus hogares, trabajos o lugares de reunión, crean una confortable intimidad en la que, aunque el episodio sea desagradable, traumático o divertido, uno se siente cómodo, acogido, parte de la historia y de su desenlace. Palabra y mirada copan el desarrollo afectivo de dos mujeres, una fuerte y otra débil, una con claros objetivos y otra sin ninguno, una que mira de frente y desarma ante la intensidad desde la que, con su baja estatura, escruta el mundo que la rodea y en el que desea que Jo se integre, mientras la otra pierde la mirada en el vacío, en esa sensación de derrota no expresada pero que conduce hacia un callejón sin salida del que amigos o familia no pueden rescatarla.