Bondad en un mundo cínico
crítica a Derek (2012-2014).
Channel 4, Netflix / 2 temporadas y un especial: 14 capítulos | Reino Unido, 2012, 2013, 2014. Director: Ricky Gervais. Guionista: Ricky Gervais. Reparto: Ricky Gervais, Kerry Godliman, David Earl, Tim Barlow, Arthur Nightingale, Margaret Towner, Ninette Finch, Sheila Collings, Barry Martin, Prem Modgil, Blanche Williams, Brett Goldstein, Holli Dempsey, Karl Pilkington, Kay Noone, Laura June Hudson, Tony Rohr. Fotografía: Martin Hawkins. Música: Ludovico Einaudi.
Derek no es una buena serie. Es blanda, sentimentaloide, muy funcional en la escritura y tan obvia en sus intenciones que uno piensa que el gran Ricky Gervais está proponiendo la más sofisticada de las bromas. Pero no. Oírle hablar de la serie, su proyecto del que está más orgulloso, supone darse cuenta de que Derek es lo que ves, y lo que ves no es nada perdurable. Ahora, dentro de la serie hay un elemento tan interesante, casi trangresor, que justifica el visionado de sus escasos 14 episodios: el personaje de Derek y lo que despierta en cada miembro de la audiencia. Tras cultivar una maravillosa carrera retratando con acierto personajes descreídos que son capaces de humillarse ante el infinito por un minuto de gloria pública, y crear una imagen de superdotado cómico cuyos dardos están cargados de veneno, Gervais ha decidido dejar que su lado más sentimental, aquel que estaba presente en sus criaturas televisivas y cinematográficas, sea el que tome el control casi absoluto a la hora de poner en pie una nueva serie, la primera sin la compañía de Stephen Merchant, que a su vez ha desembarcado sin éxito en HBO con Hello ladies (2013-2014). Así nace Derek, un personaje que es todo bondad, que no tiene una pizca de mala leche en su cuerpo, y que es el trabajo de mayor entrega del Gervais actor, por el que ha sido nominado a un Emmy y a un Globo de Oro que podría ganar en unas semanas. Lástima que el Gervais guionista parezca haber puesto esta vez el piloto automático, desde el primer episodio de prueba, que el hombre-orquesta hizo y difundió en 2012 para ver si la gente respondía bien a su nuevo concepto, hasta el habitual especial de despedida de mayor duración con el que cierra sus series, nunca más allá de dos temporadas, y que se emitió hace unos días.
A Derek le chiflan los animales, los vídeos de gatitos en Youtube, la música, la gente mayor, hacer lucha libre, preguntar cosas y ser amigo de alguien. Cada día es una aventura, y tiene la mejor de las disposiciones ante todo. Tiene tics y camina encorvado, pero no sufre necesariamente un retraso mental. Piensa con la rapidez de cualquiera y tiene una curiosidad incansable. Es toda una inspiración. El ánimo del personaje es lo que ha movido, siempre hacia delante, una comedia con alma que buscaba la lágrima, a veces hasta impúdicamente. En su cruzada por transmitir la verdad de un personaje más grande que la vida, aunque nunca imposible, el creador ha emplazado la acción de la serie en una residencia de ancianos, reflejando la relación del protagonista con los miembros, con el personal –en especial con Hannah, su amor platónico y puro– y con el personaje más extremo de la serie y el encargado de poner las notas de humor, aunque a veces sea puro desbarre: Kev, alcohólico, de higiene cuestionable y obseso sexual. En la primera temporada, el colaborador habitual de Gervais, Karl Pilkington, interpretó al conserje manitas de la residencia, Dougie, pero parece ser que el hombre se ponía muy nervioso actuando y pidíó a su amigo que escribiese su salida de la trama. El sustituto fue Geoff, personaje que como pasará en varias ocasiones en la serie, acabará rendido ante los encantos del protagonista. El inglés nos viene a decir que su personaje, con su desbordante humanidad y cero pose, es capaz de contagiar su ánimo al resto del mundo. Es ese pulso constante donde la serie encuentra sus momentos más interesantes, aunque se tiene todo el rato la duda de si lo que está haciendo el director/guionista/protagonista es un ejercicio mayúsculo de egocentrismo o un reto tanto para sí mismo como para el espectador.