Apoteosis del humor canalla
crítica de Taller Capuchoc (Carlo Padial, 2014).
«Gente joven... con la cabeza vacía... escribiendo al azar».
En su introducción a Ultrashow, Miguel Noguera cantaba las andaduras por medio mundo del increíble gato Mochete, un gato parlanchín y bon vivant que, a lomos de su caballo, atraviesa reinos y conquista idiomas —o los discute con filigranas resbaladizas— y por ello también la servidumbre de algunos hombres que a partir de ese instante se dedican casi en exclusiva al bienestar del mismo Mochete, cuya imaginación o ínfulas napoleónicas lo inducen un día a pedir "tostadas en diagonal" y explicaciones a su mayordomo por contestarle "muy bien, señor... Como siempre a su servicio". No entiende Mochete la ocurrencia, y el lacayo argumenta que es una incorporación al registro: se ha pasado toda la noche escribiendo y reescribiendo la frase. "¿Le gusta?". "No", responde Mochete. "Es una estupidez, y además llevabas más de veinte años sin usarla". A partir de ahí, la conversación entra en un bucle de final claramente incierto: ya no importa tanto la historia como esclarecer el sinsentido de las relaciones sociales en un tiempo que discute su propia semántica. El absurdo (un gato parlante con chorreras) y lo siguiente (usted riéndose sin saber por qué), o sea la parálisis comunicativa.
Noguera absorbe imágenes cotidianas, las sumerge en un lodazal inocuo y las trasciende, medio atónito medio desquiciado, con precisión quirúrgica. Tal vez disparando a herir sensibilidades, o tan sólo con la inocencia del niño que, en pleno ataque de asma, coge el tirachinas patafísico y apunta sin piedad a todo quisque. Pónganse a cubierto: salir intacto es imposible. Esta vez la función ha sido orquestada por Carlo Padial, quien ya dispuso —aunque no en el papel protagonista— de Noguera en su anterior filme, Mi loco Erasmus. Aquel mockumentary en el que Dídac Alcaraz investigaba la fauna limítrofe a las becas del título; guiris como aliens que intentaran colonizar Barcelona e inquietudes más o menos artísticas que conducen inevitablemente a la mierda. Así, en general. Y sin ánimo de ofender a nadie. Todos se abren paso en aceras de El Raval y todo converge en barrios y plazas céntricos, en pisos y chalets cerrados a cal y canto, con las persianas medio bajadas y las pupilas del huésped como dos Gargantúas insondables. No queda más reacción que el asentimiento, si acaso un insulto al propio autor por recrearse precisamente en la derrota de su antihéroe-masa, que no es sino el individuo que apenas sobrevive en connivencia con la estupidez y un deseo inmovilista cada vez más ponzoñoso. Y es o eso, o volver a lo de antes. O incluso a Twitter. O mejor aún: a un taller literario.
Y es que Padial rescata del olvido su columna Atención, cuidado: talleres literarios, publicada en 2013 en la revista Playground. En ella, el director viene a decir (y a repetir) que los talleres de escritura son un fraude que únicamente sirven para alimentar el psicodrama de los alumnos y, de paso, la barriga de ese profesor o esa profesora eternos candidatos al Nobel de Literatura patrocinado por su comunidad de vecinos y el ayuntamiento de su pueblo. Porque la enseñanza, si no eres Nabokov, a menudo obstaculiza el natural desarrollo de tu obra. O el desarrollo a secas. Pues si estás dando clase, no estás escribiendo. Y si no escribes, ¿qué clase de escritor podrías llegar a ser? El más feliz y a la vez el más desgraciado, eso seguro: uno que posterga indefinidamente el momento de sentarse a escribir. El de escritor, en fin, es un oficio no a jornada completa, entendiendo por tal las ocho horas que estipula el convenio reglamentario, sino a tiempo trabajado sin pausas ni eventualidades ineludibles. Las veinticuatro horas del día. A mí me gusta pensar que el escritor, cuando es bueno y profesional, escribe hasta cociendo espaguetis. Mentalmente, quiero decir. Y sin embargo, la precariedad a que se ha visto sometida en los últimos tiempos la industria del libro es tal que incluso escritores talentosos se ven "obligados" a impartir cursos y charlas, breves encuentros vespertinos en la trastienda o en el sótano de pequeñas librerías que todavía hoy, con la que está cayendo, abren sus puertas y visten sus estanterías de novelas, de ensayos, de cuentos, de poemarios, de cómics... y a veces hasta de muñecos a cuerda, vinos y café expreso en cuyos posos se advierten microrrelatos de Lydia Davis y adagios de Julio Camba.
por Anónimo
junio 24, 2015
junio 24, 2015
Crítica | Taller Capuchoc
por Anónimo | junio 24, 2015







