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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Lo demás es ruido

    || Críticas | Las Palmas 2026 | ★★☆☆☆
    Lo demás es ruido
    Nicolás Pereda
    Hipocresía en abstracto


    Rubén Téllez Brotons
    Las Palmas |

    ficha técnica:
    México, Alemania, Canadá, 2025. Título original: «Lo demás es ruido». Dirección y guion: Nicolás Pereda. Compañías: En Chinga Producciones, Weltfilm. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Locarno. Distribución en España: [Información no disponible]. Fotografía: Nicolás Pereda. Montaje: Nicolás Pereda. Música: Violeta García. Reparto: Teresa Sánchez, Rosa Estela Juárez, Luisa Pardo, Gabino Rodríguez, Francisco Barreiro. Duración: 71 minutos.

    ¿Lo demás es ruido, es una película posmoderna que niega la existencia de la verdad y la posibilidad de conocer la realidad o, por el contrario, es una obra que utiliza la sátira como herramienta a través de la que desnudar la hipocresía y las manipulaciones del mundillo del arte y el periodismo? La pregunta no es fácil de responder debido a que Nicolás Pereda juega durante gran parte del metraje con la ambigüedad de sus imágenes para esconder su discurso. Dicha ambigüedad la construye a partir de una desdramatización de cuanto sucede en escena. La cámara no pasa de ser un objeto más que está en el escenario y que ofrece una visión limitada de lo que en él acontece. Escenario, porque toda la película transcurre, con la excepción del plano de apertura, dentro del piso de la protagonista. Lo que los espectadores ven es lo que la lente de una cámara colocada casi accidentalmente en un lugar cualquiera puede filmar: no hay más propósito en las imágenes que el de eliminar el más mínimo gesto denotativo que puedan expresar. La cámara ya no mira; está. De ahí que los encuadres no dejen de devolver la imagen de una planificación que busca lo amateur: lo fundamental es que se vea a quien se tiene que ver.

    En algunos de los muchos planos generales de la película, hay personajes que aparecen violentamente recortados en un lateral del encuadre: el rostro apenas asoma por uno de los lados, mientras que el cuerpo queda eludido por completo. Algo similar sucede cuando alguien cruza una estancia de la casa y la cámara le sigue haciendo un paneo: el movimiento decapita al personaje porque el director no intenta reencuadrarlo dentro de la imagen, sencillamente quiere mostrar cómo camina. Ni la luz, ni la composición del encuadre, ni el montaje ofrecen una visión concreta de aquello que está sucediendo, sino que presentan hechos que sirven para que los espectadores saquen sus propias teorías. La ambigüedad de la película se mantiene como una constante hasta la última escena, en la que un afamado compositor de música clásica llega a decir que se inventó el significado de las partituras de su mujer. El arte no dice nada, sino que los críticos, académicos y espectadores convierten las emociones que una obra les ha provocado en cátedra. La connotación se convierte en teorema para negar el carácter denotativo de la obra.

    Terminada la película, todo cobra sentido. La ambigüedad deviene recurso cínico a través del que abrazar un relativismo que roza lo irracional: la verdad no existe, sólo hay un conjunto de relatos subjetivos que intentan imponerse como reales. La protagonista le deja su casa a una amiga, compositora también, para que grabe allí un reportaje sobre su vida. A los periodistas, que insisten una y otra vez en que quieren retratar la realidad de su día a día, no les importa que la casa no sea suya: “los espectadores no tienen por qué saberlo”, responden. En otro momento, la protagonista interviene en la entrevista para contar cómo fueron sus inicios en la música. Sin embargo, la cámara se apaga mientras habla y ella se ve obligada a contarlo de nuevo. Para sorpresa de todos, la historia que cuenta la segunda vez no es la misma que la primera, aunque a nadie parece importarle. De nuevo, la realidad como entidad maleable que se construye con las subjetividades y mentiras de cada individuo. El arte no es indagación y conocimiento, es pura retórica adornada por su público.

    Lo demás es ruido, está constituida por diferentes cuadros en los que lo cotidiano, lo concreto, no se convierte en sismógrafo del mundo, sino en una serie de símbolos abiertos que pueden dar lugar a infinidad de lecturas. El relativismo y el falseamiento de una verdad objetiva son constantes: la protagonista tiene que pedirle a los periodistas que mientan para no tener problemas con un vecino; su amiga, supuesta compositora y música de gran talento —eso dicen los especialistas—, es incapaz de entonar dos acordes; el camarógrafo afirma ser director de cine sin haber dirigido una sola película. Todos, en fin, falsean la realidad a su antojo, ya sea para evitar problemas o para no tener que hacerle frente a una situación que les incomoda. Sin embargo, existe una diferencia abismal entre denunciar una hipocresía real —con causas, consecuencias y meditaciones de por medio—, las manipulaciones de la prensa o las maquinaciones que se dan dentro del mundo de la cultura y presentar a todas las personas como sustancialmente hipócritas —abstrayendo la hipocresía como si todo el mundo lo fuese de la misma forma y por los mismos motivos—, negar la existencia de una verdad —científica, histórica— y presentar toda obra artística como un objeto de contemplación acrítica que carece de discurso. La película de Pereda hace lo segundo y abraza el discurso posmoderno para reírse de sus propias imágenes —ese plano inicial cuya prolongada duración busca proyectar una imagen de falsa intelectualidad para forzar “interpretaciones” y demostrar cuán absurdas son— y de los espectadores que se acerquen a ellas con el propósito de conocer el mundo. ♦


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