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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Big Boys

    || Críticas | ★★★★☆
    Big Boys
    Corey Sherman
    Contra el lenguaje hegemónico


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Big Boys. Duración: 92 min. Dirección: Corey Sherman. Guion: Corey Sherman. Música: Will Weisenfeld. Fotografía: Gus Bendinelli. Compañías: Perfect Dog Pictures, The Film Collaborative. Reparto: Isaac Krasner, Taj Cross, Madison Burge, David Johnson III, Emily Deschanel, Emma Broz, Marion Van Cuyck.

    Big Boys, el debut en el largometraje de Corey Sherman, bien podría formar parte de un programa doble con Good One, la ópera prima de India Donaldson que se presentó en la pasada Quincena de Cineastas del Festival de Cannes, puesto que ambas transcurren durante una acampada de fin de semana en el bosque, tienen como protagonistas a unos adolescentes en pleno proceso de afirmación de su identidad que están en conflicto con su entorno familiar, y rechazan taxativamente el uso del diálogo como medio expresivo a través del cual proyectar al exterior las emociones de sus personajes. Estas dos cintas funcionan, además, como perfecto anverso y reverso de una misma moneda, en tanto que, por un lado, Donaldson muestra la adolescencia y la adultez como compartimentos separados que se miran con recelo y que no consiguen nunca entablar una conversación tranquila, dado que la visión del mundo de la segunda es incapaz de comprender o ponerse en el lugar de la primera; y, por otro, Sherman retrata la forma en que el tránsito de una etapa vital a la otra se consuma con éxito cuando se aceptan y se metabolizan los códigos opresivos de una sociedad que, hasta el momento, sólo habían infligido dolor e inseguridad.

    La primera secuencia de la película está enteramente construida desde la mirada de Jamie, el protagonista: un plano detalle de sus ojos y el contraplano correspondiente con las personas a las que observa desde dentro de su habitación configuran un ping-pong de gestualidades silenciosas que no hacen sino dejar claro cuáles van a ser las herramientas con las que Sherman va a desarrollar el resto de la propuesta. Las palabras quedan durante gran parte de la cinta escondidas en la trastienda de un protagonista que no puede verbalizar el dolor que le corroe por dentro. Big boys es, en gran medida, un relato que narra con una delicadeza emocionante el proceso por el que pasa el joven interpretado con una sutileza y unos matices impresionantes Isaac Krasner hasta que consigue enunciar su identidad, zafándose de todas las dinámicas tóxicas de su entorno —y de la sociedad— que se lo impedían. Su personaje es un chico de catorce años que se va de fin de semana al bosque con su hermano, un par de años más mayor que él, su prima y el novio de esta, Dan. En un principio, la presencia de este último personaje no le hace mucha gracia al chico, que, encabezonado en que el viaje era “un plan de primos”, le trata con una leve sequedad que no tarda en desaparecer en el mismo instante en el que empiezan a conocerse.

    En un primer momento, podría parecer que el recorrido dramático de la película va a ser el de un coming of age prematuro en el que Jamie debe aprender a convivir con la idea de que hay cosas en la vida que no puede controlar: en este caso, el hecho de que su prima haya traído a su novio. Pese a este primer destello, la película, que ya había sembrado en sus secuencias iniciales unas semillas sutiles que comienzan a germinar alcanzado su primer tercio, gira por completo, de forma silenciosa y orgánica, una vez que el cuarteto protagonista se ha instalado en el camping, y ofrece un fulgor de sentido que hasta el momento no se había materializado explícitamente en las imágenes; es decir, traza breves silogismos que dan a entender que el “big boys” del título no encontraría su traducción exacta en “chicos grandes”, interpretando este concepto como un sinónimo de “casi adultos”, sino en “hombretones”.

    El término, rancio donde los haya, es utilizado tanto por el hermano del protagonista como por el novio de su prima para definir lo que ellos consideran que es un hombre válido; dicho de otra forma, es el adjetivo que condensa con más precisión el concepto de la masculinidad hegemónica. Desde la segunda escena, en la que el personaje de Krasner está preparando con esmero su equipaje la noche antes del viaje, el realizador muestra cómo tanto su identidad como su físico se alejan diametralmente de la masculinidad hegemónica: su cuerpo no entra dentro de los moldes de belleza impuestos por la sociedad y promovidos por el cine y la publicidad, entre otros medios; y en la forma en que baja la mirada cuando su hermano, un adolescente impulsivo, despreocupado y chulo que se relaciona con su entorno a través de una violencia verbal (machista y homófoba) con la que busca ocultar sus propias inseguridades, entra bruscamente en su cuarto buscando su cargador del móvil y le insulta llamándole “lorzas”, se proyectan las infinitos agresiones verbales gordófobas que ha sufrido en casa y en el colegio. La película, ya se ha dicho, se construye desde una conjugación de miradas que silencian sus emociones ante las palabras de un entorno hostil. Porque, para Sherman, las palabras son contenedores de odio y dolor que nunca sirven para entablar un diálogo, sino que humillan y aleccionan a los que se salen de la normatividad sobre las que se construyen.

    Resulta maravilloso observar cómo el director convierte la habitación del protagonista, gobernada por un orden que se aleja de las habituales representaciones que de estos lugares se suele hacer en el cine —sobre todo de Hollywood—, (siempre desordenadas y plagadas de fotos de iconos populares del deporte, el cine o la música), en una proyección de su identidad: se puede llegar a palpar con la mirada esa pasión que siente por la planificación; por tener todo bajo un control que no responde tanto a un dogmatismo rígido, como a un código de disposición de los objetos que le permite crear un entorno en el que se encuentra cómodo y, sobre todo, protegido; por la cocina, con esas pocas, pero significativas, imágenes de Anthony Bourdain que se convierten en un espejo en el que ve, al mismo tiempo, a su faro de referencia y a la persona en la que, a nivel profesional, le gustaría convertirse. Por eso, cuando el hermano entra en la habitación y la desordena con agresividad, lo que está dañando no es tanto una estancia de la casa, como la extensión de la identidad de Jamie; y el espectador lo siente, y le duele.

    A Jamie, a diferencia de su hermano, no le gusta el fútbol, no está interesado en beber, ni utiliza términos machistas para referirse a las mujeres. Pese a esto, durante la acampada intentará, en parte forzado por él, en parte por impresionar a Dan, encajar en el molde de masculinidad hegemónica, lo que le causará más dolor e inseguridad. En determinado momento, Dan le recomienda defenderse de los insultos y burlas plantándole cara a su hermano y convirtiéndose en un “big boy”; es decir, le insta a aceptar los códigos de la hegemonía y a reforzarlos a través de la violencia. Pero madurar no es eso; madurar, dice Sherman, es rechazar dichos códigos por completo, desechar un lenguaje completamente manchado por el heteropatriarcado, y crear uno nuevo que sirva realmente para comunicarse y no para oprimir. Y eso es precisamente lo que hace el protagonista en una escena final tan sincera y bien interpretada que hace vibrar las cuerdas de la emoción. ♦


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