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    Crítica | Rei

    || Críticas | Rotterdam 2024 | ★★★☆☆
    Rei
    Toshihiko Tanaka
    Dos cuerpos en diálogo


    Carles M. Agenjo
    Rotérdam (Países Bajos) |

    ficha técnica:
    Japón, 2024. Título original: Rei. Dirección: Toshihiko Tanaka. Guion: Toshihiko Tanaka. Compañías productoras: No Saint. & Bloom. Fotografía: Yoshihito Nakashima. Música: Kohei Noda. Montaje: Toshihiko Tanaka. Diseño de producción: Toshihiko Tanaka. Vestuario: Nam Eunjung. Producción: Toshihiko Tanaka, Akio Ikeda. Reparto: Takara Suzuki, Toshihiko Tanaka, Maeko Oyama, Shogo Moriyama, Akio Ikeda, Keita Katsumata, Mayu Tano, Hana Kanno, Ryuji Uchida, Mayumi Tsukiyama. Duración: 189 minutos.

    Masato, un fotógrafo de ruta por el monte Asahi, se detiene para contemplar un paisaje nevado. Dos árboles ocupan el centro de una composición austera y distante como si fueran líneas dibujadas en un folio. Parecen esculturas sobre un lienzo de luz melancólica. Como si lo natural fuera un espacio de abstracción. La estampa –que parece la versión retocada de un bosque pintado por Vilhelm Hammershøi– le resulta tan bella, tan perfecta, que después de sacar una foto con su réflex, la emoción lo invade por completo y cae rendido sobre la nieve. Rei empieza así. Con un rostro que segrega intensidad por todos sus poros. Esto no sólo responde a una construcción de personaje, sino a un acto de apropiación entusiasta. Y es que Toshihiko Tanaka es el responsable de dirigir, escribir, montar y hasta interpretar al joven Masato en este ambicioso debut de producción independiente sobre las modulaciones del deseo. El problema es que posee las virtudes, pero también los defectos, del autor primerizo. Juega a favor la paciencia. Durante más de tres horas, concede tiempo a sus personajes para que expresen, retrocedan y reaccionen de forma orgánica. También puntúa este melodrama de vidas cruzadas con la imagen inicial de dos árboles sin que ésta sea siempre la misma, transformándola a medida que avanza el relato. Pero Tanaka se acerca peligrosamente a la narrativa del telefilm cuando cae en tópicos como la infidelidad, resbala con la obviedad de algunos diálogos y, casi sin querer, acaba pisando un capacitismo añejo cada vez que insiste en la figura de Masato como arquetipo frágil, inestable y limitado por el simple hecho de ser sordo y no conocer el lenguaje de signos, lo que confiere al conjunto un aire demodé.

    Quizá el gran acierto de esta esforzada película –que nació como proyecto self-made entre colegas y se ha convertido en la ganadora del festival de Róterdam– es la forma en que articula su imagen nuclear. Los árboles fotografiados al inicio como un motivo de acusado éxtasis aparecen por segunda vez en otro contexto. Hikari, una joven oficinista de Tokio interpretada por la también debutante Takara Suzuki, desea empezar una nueva etapa. Tomando un café con su amiga Asami –que encarna Maeko Oyama, otra revelación nipona– descubre la foto de Masato en el cartel de una obra de teatro titulada Nestling Trees. ¿Una señal? ¡Demasiado evidente! En cualquier caso, la joven queda tan prendida por la foto que empieza a tirar del hilo hasta dar con su autor. Tanaka destila la relación gota a gota. Sus conversaciones por correo dan paso una atracción que se observa, pero no se dice, dado el hermetismo de Masato y su incapacidad para comunicarse de forma directa. Esto enciende el artificio del personaje, pero abre camino a un modo distinto de percibir la realidad que nutre la dimensión dramática de su romance con Hikari. De hecho, en una linda escena en Hokkaido, los filma como si fueran árboles. Uno al lado del otro, de espaldas a cámara, contemplando las montañas. Como si el destino ya supiera de antemano que iban a encontrarse. No obstante, aunque este juego simbólico de troncos y cuerpos pueda sonar demasiado literal, Tanaka no agota sus posibilidades y acaba reescribiendo la composición inicial. En última instancia, ambos protagonistas apuestan por la transparencia. Esta vez, se ubican uno delante del otro para confesar abiertamente lo que sienten sin necesidad de palabras. Ni si quiera de contacto visual. Parece una contradicción, pero la verdad llega al cerrar los ojos.

    En el fondo, todo encaja con el título. Rei es un kanji sin género. Un ideograma que no posee significado por sí solo y necesita conectar con otros para cobrar sentido por primera vez. Algo parecido les ocurre a Hikari y Masato, destinados a buscarse, perderse y reencontrarse en una espiral melancólica de atracciones y ausencias que halla en su núcleo la imagen de dos siluetas en eterno vínculo. Por otra parte, completa la coralidad del reparto un matrimonio tokiota en crisis integrado por Asami, la mejor amiga de Hikari, y Kohei, que interpreta el desconocido Shogo Moriyama. Ambos aportan un contrapunto urbano y ansioso al proceso de metamorfosis que experimenta la pareja protagonista. Asimismo, los personajes de Shinya y Mitsuru parecen diseñados para equilibrar la balanza. El primero (Akio Ikeda) protagoniza uno de los momentos más hermosos al resumir la intimidad que comparte con Masato mediante una simple caricia en la mejilla. El segundo (Keita Katsumata), en cambio, ofrece una suerte de caricatura escénica. Su enorme histrionismo declamando el Lear de Shakespeare, de tan sublime, termina en ridículo. Por su parte, la fotografía tampoco suma puntos. Al contrario, se muestra tan saturada de principio a fin que resulta imposible identificar sutilezas en el uso del color y el contraste. Pero no todo son fallos. Afortunadamente, Tanaka sabe planificar y organizar la puesta en escena. Su fluido montaje respira clasicismo. Tanto es así que, en algunas escenas, más que un debut amateur, parece la versión live action de un anime de Makoto Shinkai donde se ha separado la carne del hueso, es decir, se ha quitado la fantasía para abrazar las contingencias de lo cotidiano.

    La palabra es motor de acción y el silencio, una forma de expresión independiente en este fresco sobrecargado de pasiones a flor de piel. El de Tanaka, en definitiva, es un debut denso, barroco e irregular que encuentra en su gran aliento narrativo la mejor baza. Todo es excesivo, pero funciona, en este ardiente drama en plural. Un viaje de culpa y redención que sigue paulatinamente el transcurso de las estaciones para cerrar un discurso tan universal como el del amor en busca de comprensión mutua. ♦


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