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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Cu Lí never cries

    || Críticas | Las Palmas 2024 | ★★★★☆
    Cu Lí never cries
    Pham Ngoc Lan
    La única certeza


    Rubén Téllez Brotons
    Las Palmas |

    ficha técnica:
    Vietnam, 2024. Título original: Cu Li Không Bao Giờ Khóc. Duración: 93 min. Dirección: Pham Ngoc Lan. Guion: Pham Ngoc Lan, Nghiem Quynh Trang. Fotografía: Linh Dan Nguyen Phan, Nguyen Vinh Phuc, Vu Hoang Trieu. Compañías: Acrobates Film, An Nam Productions, Ape&Bjorn As, Cadence Studio, E&W Films. Reparto: Minh-Châu, Xuan An Ngo, Ha-Phuong, Kieu-Trinh, Phí-Linh, Cao Sang, Hoàng-Hà, Hien Thanh, Van Thai Nguyen, Quôc-Tuân, Thuong Tin.

    Cu lí never cries inicia con la certeza de una conclusión: el exmarido de la protagonista falleció hace unos días y ella ha tenido que ir a Berlín desde Vietnam para acudir a su entierro. Una urna con sus cenizas y un Cu Lí (un mono pequeño) es la única herencia con la que vuelve a casa. Dicho legado no tarda en convertirse en una pesada carga que funciona, por un lado, como recordatorio de la proximidad de la muerte, de la conversión de su vida en recuerdos, y de sus sueños y anhelos en ceniza que cuelga de su memoria; y, por otro, como paliativo del dolor que le provoca la proximidad de dicho final. Es, por tanto, herida y venda. Con este inicio, la película siembra la semilla agria de la que germinarán unas secuencias marcadas por el estatismo de un tiempo que, pese a desvanecerse delante de la mirada de la protagonista, mantiene intacta la densidad de su lentitud, que se ve reflejada en el ritmo de unas imágenes que caminan por la pantalla con la parsimonia propia de quien disfruta de la contemplación del paisaje por el que se mueve. Es por eso que el espectador termina peleándose con unas escenas que, pese al río reflexivo que subyace bajo su superficie, le instan en todo momento a dejarse llevar por el balanceo lírico de su cadencia, pausada hasta el límite mismo del movimiento.

    La película, Mejor Ópera Prima en la pasada edición del Festival de Berlín, cuenta la historia de una mujer que, tras la reciente defunción de su expareja, se hace cargo de su mono. Un día, se entera casi por casualidad de que su sobrina, a quien crio desde que era una niña debido a la muerte de su madre y a la desaparición de su padre, se irá a vivir a la casa de la familia de su prometido una vez que se hayan casado. Así, la protagonista, en su día a día cortado por una soledad que sólo parece paliar, por momentos, la presencia de su nueva mascota, se irá reencontrando con viejas amistades —algunos víctimas de una enfermedad terminal, otros profundamente desencantados con los que ha sido su vida, y todos, en fin, conviviendo con una fuerte sensación de melancolía por los tiempos de juventud perdidos— cuya mera presencia no hará sino agravar más su tristeza, subrayando, además, la destrucción que deja tras de sí el paso de los años.

    Pham Ngoc Lan muestra desde el inicio de la película una visión eminentemente triste de la vida: su fotografía en blanco y negro se sostiene sobre unos tonos oscuros y unas sombras pronunciadas que, aunque nunca llegan a ser expresionistas, sí que cargan la atmósfera de un tono pesimista y triste. La pesadez de la rutina de la protagonista, sus dificultades para afrontar un nuevo amanecer que supone, al mismo tiempo, una jornada menos acompañada por su sobrina, y otro enfrentamiento a un sol que para ella nada tiene de luminoso, se puede palpar en la extensa duración de unas escenas que están en constante tonteo con el hermetismo de esas obras que se cierran sobre sí mismas a fuerza de radicalizar sus formas, de convertirlas en un caparazón de metal que transforma el diálogo con su contenido en un ejercicio de resistencia —e insistencia—. Todas las secuencias, por tanto, tienen unos cimientos realistas que van desapareciendo poco a poco para dejar que la abstracción se apodere de unas imágenes de fuerte impronta sensorial que invitan a la contemplación paciente.

    Por debajo, una honda, dura y derrotista reflexión sobre el paso del tiempo, la muerte y la necesidad de aprender a convivir con la pérdida de los seres queridos. A través de una protagonista que se enreda en una telaraña de nihilismo que le impide observar el mundo con unos ojos que no estén marcados por la oscura certeza de la muerte, y que convierte dicha certeza en la base sobre la que articula el resto de su vida, el director hilvana un discurso de múltiples capas que resulta igual de exigente que las imágenes que lo contienen. Pham Ngoc Lan acierta a desestabilizar al espectador convirtiendo la pena por la enfermedad y la muerte de los seres queridos de la protagonista en la suya propia, y retratando con una intransigente dureza los restos del naufragio de unas vidas desencantadas que sólo pueden ver, desde la distancia, cómo los jóvenes disfrutan de esa plenitud que ellos una vez tuvieron. ♦


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