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    Crítica | Sweet dreams

    || Críticas | Seminci 2023 | ★★★☆☆
    Sweet Dreams
    Ena Sendijarevic
    Climas insanos


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Holanda, Suecia, Francia, Indonesia. 2023. Dirección y guión: Ena Sendijarevic. Fotografía: Emo Weemhoff. Montaje: Lot Rossmark. Música: Martial Foe. Productores: Erik Glijnis, Leontine Petit. Compañías productoras: Lemming film, Plattform Produktion, VPRO Television, Film I Vast, Talamedia. Duración: 102 minutos.

    Donde instales tu hogar encontrarás a tu siervo y a tu esclavo. La cita, literal y sacada de contexto, permite, y ha permitido a cualquier integrista religioso ejercer el poder arbitrario amparándose en la palabra divina, sea cual sea el libro en el que fundamente su apostolado a sangre y fuego. Los ingleses más puritanos fueron embarcados con destino a América para que dejaran de molestar en territorio de la metrópoli; otros que se comportaron similar fueron los holandeses, a cuyos boer en Sudáfrica se les imputa el ejercicio a rajatabla del principio que inicia este artículo, y así trataron a los aborígenes del país en su asentamiento, inicialmente comercial y después ya permanente e invasor. Lo que ocurrió es que el boer blanco no sólo despreciaba al habitante negro por el color de su piel, sino porque le consideraba poco entregado a las actividades laborales y escasamente rentable, por eso echó mano de otras colonias, como las asiáticas; Indonesia y Malasia sirvieron de mano de obra forzosa para explotar las minas sudafricanas porque la avaricia del boer se extendió, cuando de dinero se trataba, a la colonia ocupada por el país de su origen, Holanda. Y así encontramos el punto de conexión con la película y llegamos a Indonesia, marco espacial de la obra de Sendijarevic, en el que el colonialismo empieza a dar signos de agotamiento en el marco de una plantación de caña de azúcar regida por una familia holandesa y cuyos trabajadores circulan entre la condición de siervos y esclavos en todos los órdenes de la vida.

    El filme se desarrolla sin apenas salir del entorno más cercano a la mansión familiar, donde reside el matrimonio de avanzados sexagenarios que está esperando la llegada desde Europa de su hijo acompañado de su esposa embarazada para ayudar en la gestión de la plantación que da síntomas de colapso económico. Familia, plantación, compañía y trabajadores que representan un microcosmos proyectable al papel de Holanda como potencia colonizadora en el país en evidente descomposición y pérdida de influencia, y en la que un hecho concreto y un descubrimiento inesperado marcan el desarrollo de los personajes y sus comportamientos. El paterfamilias mantiene una doble vida consentida y conocida, de día con su esposa y de noche con su «esclava»; no puede darse otro nombre a quien se acuesta con una empleada que no puede negarse aunque se aproveche de su condición de favorita. Poco antes de que llegue ese hijo, el padre muere tras sufrir un colapso en la cama con su joven compañera. La esposa oficial y la nativa amante pactan, sin palabras, un armisticio ocultando la muerte del paterfamilias hasta que llegue ese hijo que podrá hacerse cargo del negocio para que la ausencia del patriarca no soliviante más a los trabajadores locales; el impacto se produce cuando, una vez que todo parece fluir hacia la normalidad, la apertura del testamento nombra heredero al hijo de la amante indonesia, obviamente hijo del muerto y hermano del holandés que se creía enriquecido y poderoso.

    Ese sustrato argumental, de relaciones a las que se ha inoculado el veneno de la podredumbre que arrasa sus cimientos hasta hacer tambalear la propia identidad, es tratado por Sendijarevic de modo pausado, contenido; identificando el shock del momento con el sufrimiento que ocasiona al occidental el calor asfixiante y la humedad agotadora. La selva, la plantación se transforma en un territorio hostil que ni el interior de la mansión puede mitigar porque los tonos fuertes en rojos y verdes que decoran, y al tiempo marcan la puesta en escena, reproducen la exuberancia tropical y anticipan el apasionamiento de las respuestas que van derivando hacia una violencia un tanto patológica. Es posible que haya un exceso de afán artístico en cada plano, demasiada morosidad en una cineasta occidental tratando de captar el ritmo narrativo del cine del sudeste asiático, pero el empeño, aunque no sea perfecto, no es desdeñable y no es gratuito. Los occidentales pasan a sentirse progresivamente despreciados mientras dejan de producir temor; al revés, empiezan a sentir el acoso hostil de generaciones y generaciones de abusos cometidos, su refugio pasa a ser más prisión atenuada que respiro; el clamor laboral anticipa huelgas que ya hace decenios que en Europa han sido asumidas como arma sindical pero que en Indonesia se identifican con una subversión que amenaza al Imperio y, en medio, el drama familiar entre hermanos que no se reconocen y esposas que reniegan de unos hombres que sólo se sirven de ellas para su propia satisfacción. Viendo Sweet Dreams , irónico título muy alejado de la realidad de las imágenes, uno recuerda a otros colonos viviendo un mundo en descomposición como si nada de lo exterior a su plantación les pudiera llegar a afectar, aquellos franceses de la versión extendida de Apocalipsis now, quizás la única escena que justificaba modificar en algo una película que de por sí rozaba la perfección; colonos que pretendían mantener su status y sus privilegios sin darse cuenta de que su tiempo había pasado y era momento de rentabilizar su patrimonio para regresar a la metrópoli o controlar el país de acogida (o de invasión) con el arma más eficaz, la del dinero. Nuestros holandeses han perdido su influencia y han perdido su dinero, les queda la propiedad, pero sin mano de obra su propiedad no vale nada. Ante su futuro incierto personas desacostumbradas a las privaciones y al desprecio pocos recursos tienen a su alcance, salvo los instintos más básicos. ♦


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