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    Crítica | Il pleut dans la maison

    || Críticas | L'Alternativa 2023 | ★★★☆☆
    Il pleut dans la maison
    Paloma Sermon-Daï
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    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Bélgica, Francia, 2023 Duración: 82 min. Dirección: Paloma Sermon-Daï. Guion: Paloma Sermon-Daï. Reparto: Makenzy Lombet, Purdey Lombet, Donovan Nizet, Amine Hamidou, Louise Manteau, Claude Bays. Fotografía: Frédéric Noirhomme. Compañías: Michigan Films, Visualantics, Kidam.

    Supongo yo que el Edén tendrá sus casitas y, como en todas partes, esas casitas tendrán sus respectivos trapos sucios. El paraíso, no por ser paraíso, se librará del drama. La directora belga Paloma Sermon-Daï plantea en Il pleut dans la maison una crepuscular oda sobre la soledad y la melancolía estival donde Purdey y Makenzy, dos hermanos adolescentes, se arrastrarán en el bochorno y árido verano para enfrentarse a un feroz sentimiento de desamparo. Lenta y pesada (adjetivos no usados aquí de forma para nada peyorativa), esta película estrenada en la Semana de la Crítica de Cannes (Premio del Jurado French Touc) y ahora en L’Alternativa de Barcelona, está concienzudamente filmada, alternando los planos intimistas con un paisaje bucólico infestado de turistas y las secuencias en el interior del hogar monoparental, donde residen los protagonistas. Como en la aclamada y demoledora Aftersun de Charlotte Wells, los personajes rellenan ese vacío doméstico (y por eso, más real, más palpable, más terrorífico) como buenamente pueden.

    De hecho, la realizadora ya había explorado esa aciaga e inestable figura materna con Petit Samedi, un documental sobre la adicción desde el punto de vista del vínculo entre una madre y su hijo. Il pleut dans la maison nos permite, ahora en clave de ficción (eso sí, con un ligero toque documentalista), descubrir y manosear el cráter que deja el abandono, que ahonda y cala a su vez en la fraternidad de los protagonistas, haciéndola difícil y minada de baches, pero por eso mismo convirtiendo esa comunión en algo puro, honesto y genuino. Purdey, la mayor, de diecisiete años, trabaja limpiando en un complejo hotelero, mientras que Makenzy, el menor, de quince, mata el tiempo junto a un amigo robando y revendiendo bicicletas a los turistas, más por hastío existencial que por instinto de supervivencia. La primera se parte el lomo para sustituir a la madre cuando esta desaparece, adoptando su rol cuidador e interrumpiendo cualquier sueño de futuro. El pequeño, en cambio, sucumbe a su dependencia maternal, capitulando a lo emocional, viéndose su humor y su vigor mental afectados.

    Il pleut dans la maison es un film disfrazado de válvula cuya presión va inflando la manguera de rabia contenida, de manera los personajes van sosteniendo la aflicción de forma inocente, sin perder del todo la esperanza ante la desdicha. La desesperación nunca llega a ser irrespirable e insoportable, aunque eso no signifique que la película no sea corrosiva. La relación de los dos hermanos en torno al mundo también cambia según el contexto: cuando falta la madre, se fortalecen y se empoderan. Pero al principio y al final del metraje, cuando todo parece normal, los dos chicos se pueden permitir el lujo (porque sí, es un lujo) de volver a ser adolescentes, soñadores e inmaduros, y actuar sincronizados con su edad.

    La principal baza de este cruel cuento veraniego es que el ritmo no descarrila: su delicadeza narrativa y las secuencias rurales, ocupados con lagos y gente disfrutando en contraposición al dolor de los protagonistas, no lo permiten. Además, el drama y la tensión, casi al nivel de un thriller, acaban conquistando un relato que sirve también como fotograma generacional, y que no se conforma con una coming of age de manual, como también hacia a su manera (en una dimensión más fantástica) la canadiense Falcon Lake, de Charlotte Le Bon. Todo esto se logra mediante una mirada punzante y empática, a través de la cual Paloma Sermon-Daï consigue encandilar al espectador con aparentemente poco. Sea como sea, el paraíso campestre donde se ambienta la película es solo el envoltorio de un bombón envenenado con licor barato. No solo todos los hogares tienen sus goteras, sino que cada cual las tapa como quiere y con lo que tiene a mano, a veces con auténticas chapuzas. Y de hecho, para más inri, la casa no siempre tiene que cumplir con su función de nido acogedor y confortable. Por eso, al final de Il pleut dans la maison, Purdey y Makenzy se confiesan el uno al otro que no tienen ganas de regresar a la suya. Es liberador y terapéutico asumir tal intención. ♦


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