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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Citizen Saint

    || Críticas | Karlovy Vary Film Festival 2023 | ★★★★★ |
    Citizen Saint
    Tinatin Kajrishvili
    La escucha en el vacío


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    Georgia, 2023. Directora: Tinatin Kajrishvili. Guion: Basa Janikashvili, Tinatin Kajrishvili. Intérpretes: George Babluani, Levan Berikashvili, Mari Kitia, Gia Burjanadze, Temiko Chichinadze. Productores: Carine Chichkowsky y Borislav Chouchkov. Música: Tako Jordania. Director de fotografía: Krum Rodríguez. Montaje: David Apkhaidze. Blanco y Negro. Duración: 100 minutos.

    En cierto momento de Los Hermanos Karamazov, en una de esas apasionantes digresiones con las que refulge la novela de Dostoievsky, se plantea que una segunda venida de Jesucristo podría ser, a muchos niveles, problemática. Si bien la tradición que se apoya sobre todo en ciertos versículos del Evangelio de San Mateo (24: 30-31) apunta a una posible iluminación masiva, apoyada sobre el relámpago y el sonido de trompeta, no es menos cierto que el mismo texto nos avisa sobre la proliferación de falsos profetas, señales erradas y «falsos Cristos» llamados a engañar a la plebe. ¿Cómo reconocer al que ha de venir a salvar a vivos y muertos? ¿Y si su llegada, más que la conclusión lógica de un proceso de devenir histórico que culminara en el Reino de los Cielos, fuera quizá la prueba más dura que puede experimentar la fe de cualquier ser humano? ¿Estaríamos a la altura de nuestra propia esperanza o, al contrario, sería inevitable una nueva crucifixión?

    La película de Tinatin Kajrishvili recoge estas preguntas para tirar del hilo de Dostoievksy y preguntarse con absoluto respeto —y también con absoluta desolación— sobre el desencaje entre el sueño mesiánico y la pequeñez del hombre, la magnitud demoledora de que el universo tenga un sentido, de que una cierta esperanza sea posible, de que realmente exista una teleología a la que aferrarse y, sin embargo, se nos escape entre los dedos. Es una película sobre la Gracia Santificante pero, sobre todo, sobre su pérdida y el estado de desolación al que conduce. Pero, debemos añadir: no es una película ingenua, ni una invitación a la creencia a martillazos, ni una película que se pliegue con facilidad a ningún ideario cristiano mayoritario. Muy al contrario: hay una suerte de tristeza constitutiva en cada personaje, un estado de desolación y caída en el que el acto de creer es, precisamente, sinónimo de una cierta manipulación externa —los poderes fácticos que dominan la pequeña comunidad minera en la que se desarrolla la cinta, con sus intereses estratégicos en el «milagro»— o interna —la imposibilidad de aceptar el silencio como respuesta al horror del mundo, la imposibilidad de aceptar que la idea de Dios que habíamos construido en nuestra cabeza y a la que habíamos dedicado incontables esfuerzos quizá no corresponda con una verdadera y misteriosa identidad divina. Resulta brillante y tremendamente arriesgado que, en un momento en el que casi todas las fuerzas políticas conservadoras o los Nuevos Movimientos Religiosos —por no hablar de las religiones orientalistas a la carta con su rosario de energías, chakras y reencarnaciones— parecen apostar por ideas férreas y herméticas en torno a su propia creencia, llegue la película de Kajrishvili y altere brutalmente la ecuación: ¿Y si no sabemos qué relación tener con Dios, con la fuerza incontrolable del Misterio, y si ya no proyectamos hacia Él sino una colección fragmentada y confusa de nuestras propias configuraciones contradictorias, nuestra ración de deseos desatendidos y de frustraciones cotidianas? Soy bien consciente de estar bordeando a Feuerbach, pero debo señalar que dos de las mejores películas que se han estrenado en los últimos meses —The Whale, de la que ya hablé extensamente en esta misma revista, y ahora esta Citizen Saint— hablan con toda seriedad de cómo, pese a nosotros mismos, contra nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestra desesperación, el milagro puede tener lugar. Un milagro incómodo, rabioso, desgarrador, incomprensible. Un milagro que de ninguna manera puede pagar el terror, la agonía, la desquiciada posición de cada uno de nosotros, pequeños seres humanos mirando con ojos desquiciados este pequeño fragmento de tiempo que podemos habitar.

    La cinta de Kajrishvili es, por extensión, formalmente solemne. Está rodada con un blanco y negro sobrecogedor, puro contraste que juguetea con la manera en la que los túneles engullen las luces de los mineros, la manera en la que las cruces de madera se apoyan en sábanas de infinitos dobleces, la manera en la que los cuerpos atraviesan escombreras y zafras, brozas y terraplenes. El mundo fílmico está en un ejercicio de perpetua descomposición frente a la figura de ese Mesías silencioso, taciturno, a menudo rodado fuera de foco o casi de refilón, como si la cámara de Kajrishvili tuviera cierto reparo en mantenerlo durante mucho tiempo nítidamente en el encuadre. Frente a la sacralidad hay siempre un cierto pudor en la mirada —la crucifixión, por ejemplo, ocurre fuera de campo y con un diseño de sonido voluntariamente humilde que huye de toda provocación barata—, un cierto uso bien dirigido de cada uno de los gestos que mantiene una sana opacidad en relato: ¿es el beso de Judas ese beso desquiciado que una mujer deposita, entre lúbrica y decepcionada, en la mesilla del Santo? ¿Es Lázaro ese hijo muerto y perdido en el interior de la mina condenado a esperar no se sabe muy bien qué suceso misterioso que acabe con su errancia? ¿Se han reducido los apóstoles, como se reduce casi todo con el signo espiritual de los tiempos, a un pobre hombre culpable que malvive bajo tierra con una perra que se comió a sus propios cachorros? ¿Es la santidad compatible con los tiempos, o —pienso en Maximiliano Kolbe, pienso en Edith Stein—, lo único que les queda es el Martirio? ¿Y para qué sirve el Martirio, sino para que sigan funcionando nuevas exclusiones, nuevas líneas de opresión, nuevas violencias? Kajrishvili lo sabe, igual que lo sabe su Santo, y de ahí su cerril mutismo, su gesto taciturno, su desarmante humildad frente a los versículos de San Mateo pero también frente a los que hoy en día defienden a dioses que «limpian países» y «traen la espada». La espada la tenemos ya bien clavada en el corazón, y la película de Kajrishvili lo retrata sin el menor respiro.

    Es cierto que Citizen Saint bebe de algunas fuentes estéticas propias del Este de Europa que resultan fáciles de localizar: el segundo Béla Tarr —si bien, es cierto, sin llegar a la radicalidad de algunas de sus propuestas—, el Wajda de sus cristos de madera emergiendo entre los escombros, casi todos los grandes títulos del deshielo. Sin embargo, no termina de plegarse por completo a lo que hubiera sido un simple gesto nostálgico, sino que incorpora también una seriedad contemporánea, una urgencia en la que se intuyen ecos del capital, del nihilismo post-11S, de lo más concreto de lo que somos ahora. Precisamente por ello, por nuestra dificultad para creer en utopías, revelaciones y mundos mejores, lo de Kajrishvili es a la vez un tortazo y una confesión al vacío.

    Y sin embargo, y esto resulta lo inquietante y lo sorprendente, es que algo en ese vacío escucha.


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