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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Mi crimen

    || Críticas | ★★★☆☆
    Mi crimen
    François Ozon
    Ozon el memorioso


    Carles M. Agenjo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Mon crime. Dirección: François Ozon. Guion: François Ozon, Philippe Piazzo. Compañías productoras: Mandarin Cinéma. Fotografía: Manuel Dacosse. Música: Philippe Rombi. Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer. Reparto: Nadia Tereszkiewicz, Rebecca Marder, Isabelle Huppert, Fabrice Luchini, Dany Boon, André Dussollier, Édouard Sulpice, Olivier Broche, Félix Lefebvre, Michel Fau, Régis Laspalès, Daniel Prévost, Jean-Christophe Bouvet, Evelyne Buyle. Duración: 102 minutos.

    Para François Ozon, el Hollywood de los años 30 es un punto de partida. Como una brújula y un mapa para el viajero. Tal vez el mejor ejemplo de este tipo de relación con el clasicismo es Remordimiento (1932), primer melodrama sonoro de Ernst Lubitsch y origen de Frantz (2016), magnífico remake dirigido y escrito por Ozon junto a Philippe Piazzo. La diferencia radica en la forma en que el alumno reescribe al maestro. Si Lubitsch apuesta por el frágil equilibrio entre ironía y exaltación humanista, Ozon prefiere descubrir zonas inexploradas. Un excombatiente galo –enfático Phillips Holmes en la película original y contenido Pierre Niney en la contemporánea– viaja a un pueblo alemán para pedir perdón a la familia del hombre que mató en las trincheras. En uno de sus planos más ingeniosos, Lubitsch capta un punto de vista a ras del suelo. Un héroe de guerra ha perdido la pierna. El hueco que deja –pura confianza en los espectadores– permite sacar lecturas mientras observamos al ejército desfilando victorioso por una calle de París. Ozon, en cambio, opta por las transiciones –solemnidad en blanco y negro, recuerdos y deseos a color– y refuerza la figura de la joven viuda que perdió a su prometido en el frente y siente atracción por su homicida. Lo que hace con este personaje –sumando complejidad a través de una espléndida Paula Beer– es de justicia absoluta. El diálogo, incluso, se puede trasladar a lo pictórico. Lubitsch, invocando el expresionismo antibelicista de El vendedor de cerillas (1920) de Otto Dix, con ese exsoldado sin piernas ignorado por la sociedad. Ozon, acercándose a El suicida (1877) en una imagen final donde todo el simbolismo se concentra en el diálogo entre las impresiones huidizas de Édouard Manet y un gesto de enorme calado: la mirada enigmática de la Beer.

    Hasta aquí, el cine de Ozon podría resumirse como un preciso ejercicio de estilización. Un artefacto que parte de Lubitsch –y la obra teatral L’homme que j’ai tué (1925) de Maurice Rostand– para tomar distancia. Pero ésta es sólo una posible lectura. Desde su primer largometraje –la ácida e irregular Sitcom (1998)– han sido muchas sus adaptaciones, reescrituras y cambios de rumbo a medio camino entre el drama romántico, el thriller erótico, la comedia negra y el ejercicio metalingüístico. Tantas que resulta imposible identificar las señas de su proteica filmografía sin someterlas a revisión continua. Conviene ser prudentes. Su nueva película parece un viaje de regreso a ese mapa y esa brújula que han guiado a Ozon hacia el Hollywood clásico, pero, a diferencia de Frantz, aquí no se trata de recuperar una cinta, sino tomar como excusa toda una época para trazar un itinerario apasionado que apunta tanto a cuestiones de nuestro presente como a la memoria de un cine dorado. Por este motivo, una forma pertinente de abordar Mi crimen es la que propone el mismo Ozon. Como pieza final de una trilogía de comedias sobre la condición femenina. La primera, 8 mujeres (2002), es una entrañable whodunit con patriarca asesinado –y un reparto coronado por glorias como Catherine Deneuve, Fanny Ardant y Danielle Darrieux– tan convencida de su propio kitsch que trasciende toda ligereza. La segunda le otorga a una obra de Jean-Pierre Grédy y Pierre Barillet una apariencia de telenovela, pero también supera apariencias mediante un relato idealista que rompe con la etiqueta de mujer-florero en la Francia de finales de los 70, protagonizado por una Deneuve en estado de gracia que le guiña el ojo a Los paraguas de Cherburgo (1964) de Jacques Demy.

    Como era de esperar, la nueva jugada de Ozon es menos simple de lo que aparenta. Mi crimen corrige las zonas misóginas de una obra teatral firmada por Georges Berr y Louis Verneuil para hablar de una joven actriz –Nadia Tereszkiewicz– que no llega a fin de mes y es acusada de asesinar a un productor que parece la versión parisina de Harvey Weinstein. En la escena del juicio, que la protagonista percibe como una oportunidad para escalar hacia la fama a través de las dinámicas mediáticas de la cultura del espectáculo, Ozon renuncia al recurso estrella de las comedias de enredo que tanto le gustan. Lo que acontece ya no es la mítica guerra de sexos que títulos como La costilla de Adán (1949) han llevado a la excelencia y Crueldad intolerable (2003) a un punto de agotamiento creativo. No se trata de seguir alimentando el binomio hombre-mujer que el cine de gran consumo sigue explotando, sino de ajustarse al cambio de roles. La Madeleine que interpreta Tereszkiewicz ya no puede ser la Carole Lombard mentirosa y patológica de Confesión sincera (1937) que se adjudicaba un crimen que no había cometido; ni Fred MacMurray puede repetir como su abogado protector. Ozon dota a la protagonista de astucia y sustituye esa figura marital y paternal por una mano amiga que no es otra que Rebecca Marder en la piel de la estratega Pauline. No olvidemos que esto es una farsa y que puede lanzar un mensaje de igualdad sin tomarse demasiado en serio a sí misma, sacando humor sobre las corruptelas de la autoridad –con un divertidísimo Fabrice Luchini– y cuestionando el feminismo de campaña desde una mirada antes constructiva que capciosa.

    Quizá el gran problema de esta neo-screwball comedy es la percepción que pesa sobre ella. Aunque no sea tan radical ni atrevida como podría, es un error concebirla como algo ligero. Su narrativa se impregna de cuestiones delicadas mientras reparte gags a través del diálogo veloz y la réplica aguda. Todo ello, sin perder de vista la suculenta reconstrucción que Ozon hace de una época, un cine y unos mitos que lleva grabados en el corazón. Sin ir más lejos, la enérgica aparición de la Huppert como una veterana de la etapa muda con ecos a Sarah Bernhardt reclamando su comeback en una época donde el cine ha empezado a hablar; las múltiples reconstrucciones del crimen que da nombre al título, sobre la tarima de un teatro o a la manera de un film silente; el cartel de Curvas peligrosas (1934) –primer largo de Billy Wilder con Darrieux de protagonista– en la marquesina de un cine o la mención al caso histórico de Violette Nozière –acusada de parricidio en la Francia de 1933 y convertida, por cierto, en heroína ambigua a manos de Chabrol en Prostituta de día, señorita de noche (1978)– son algunos de tantos detalles que Ozon ha dispuesto en su nueva película. ¿Significa esto que Mi crimen se disfruta como una comedia inteligente cargada de referentes? Más bien se saborea como un juego de máscaras entre realidad y ficción. O como un refrescante contrapunto a la densidad trágica de Todd Field en TÁR (2022). Mejor aún, es una deliciosa golosina posmoderna.


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