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    Crítica | A Thousand and One

    || Críticas | Sundance 2023 | ★★★☆☆
    A Thousand and One
    A.V. Rockwell
    La fatalidad y el precio de la libertad


    Borja Hernández Máñez
    Los Ángeles |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: A Thousand and One. Dirección: A.V. Rockwell. Guion: A.V. Rockwell. Producción: Rachel Jacobs, Javian Asthon, Julia Lebedev, Leonid Levedeb, Rishi Rajani, Eddie Vaisman, Lena Waithe, Brad Weston. Dirección de fotografía: Eric Yue. Montaje: Sabine Hoffman. Música: Gary Gunn. Diseño de producción: Sharon Lomofsky. Decorados: Lauren Crawford. Duración: 120 mins.

    Mi primera reacción al salir del cine fue: «¿Qué les pasa a los de Sundance con el tema de la maternidad?». Después, mi intuición se fortaleció todavía más con Beau tiene miedo. Así como es evidente que estamos ante un renacer del thriller y del terror, también creo que el asunto de la maternidad y la familia se ha convertido en un sinónimo del género del drama y de lo que los ingleses llaman grounded movies. Y aún voy más allá. Parece que, si se quiere abordar una historia propia de Sundance, es preciso incorporar esa noción de la familia escogida o vicaria; esa que Koreeda exploró magistralmente en Un asunto de familia. Esta estrategia ha probado ser muy efectiva, pues para mostrar el objeto de deseo lo mejor que se puede hacer es distanciarlo del sujeto que desea. Así, por contraste, sale a relucir la lección de fondo que comparten muchas de estas películas: el concepto de la maternidad en el siglo XXI, el papel de la familia como camino de redención personal, o el «otro» como remiendo para las carencias individuales. Sin embargo, después de haber concluido todas estas cosas, me di cuenta de lo equivocado que estaba. Aunque A Thousand and One —última ganadora de Sundance— trata estos temas, no son sino un pretexto dramático para explorar otra cuestión más sutil: la conciencia de la necesidad como forma de libertad. Sin ánimo de pontificar, considero que esta es la cuestión que vertebra todos los demás temas, así como la que impone la fuente del conflicto: la fatalidad. En su opera prima, A.V Rockwell presenta la historia de unos personajes que ansían la libertad por encima de todo. La causa de su peculiar reclusión es fruto de sus propias decisiones; algo así como una esclavitud escogida. Son ellos los que se atan de pies y manos en esa pantomima de la familia manufacturada, pues piensan que con ella obtendrán lo que desean.

    Taylor Inez acaba de salir de la cárcel. No sabemos qué es lo que la metió entre rejas, pero, por el carácter violento que demuestra a lo largo de la película, resulta fácil imaginarlo. Con tan solo veintidós años, ha pasado buena parte de su juventud sin uno de sus elementos definitorios: la libertad. Por otro lado, también ha tenido tiempo de pensar en qué hará cuando salga; es decir, qué es lo que necesitará para recobrarla. Dicho y hecho. Inez vuelve a Brooklyn con la determinación de quien sabe lo que necesita: recuperar a su hijo Terry. El problema es que el pequeño lleva casi desde que nació en una familia de acogida —una foster house—, un sistema precario que pretende criar a los hijos de los maleantes en un ambiente muchas veces peor del que salieron. A fin de cuentas, estas familias solamente se prestan voluntarias para cobrar las ayudas del Estado. Esto Inez lo sabe de buena tinta, ya que ella misma creció en una foster house. Así pues, el siguiente paso resulta lógico. ¿Quién mejor para criar a un hijo que su propia madre? La protagonista se embarca en la peligrosa decisión de «secuestrar» a Terry, y criarlo bajo otra identidad con el fin de no levantar las sospechas de los servicios sociales. Así comienza el camino tortuoso de una familia empobrecida en el Harlem de los noventa, en la época de la gentrificación que tan brillantemente expuso Spike Lee en Haz lo que debas.

    Esta peripecia argumental, que da paso al segundo acto, sugiere un tono cercano al thriller. Sin embargo, a medida que avanza la progresión dramática, queda claro que Rockwell quiere contar otra historia muy distinta. Aunque el sentido de urgencia y fatalidad que impone el secreto que comparten los protagonistas no deja de estar presente, la trama se enfoca en el paulatino aprendizaje de Inez, que no tarda en darse cuenta de lo difícil que es ser madre. Este es precisamente uno de los destellos de brillantez que demuestra la directora, pues de manera sutil expone el crecimiento de la familia con pequeños episodios inconexos, bañados de una potente realidad que me hizo olvidar en varias ocasiones que estaba frente a una ficción. En gran medida, el mérito es de la impecable interpretación de Teyana Taylor, que resulta casi tan orgánica como la estructura de la narración. El guion está concebido en torno a tres saltos temporales acompasados con ese cambio que experimenta la ciudad; todo mientras la familia se esfuerza por sobrevivir en un Harlem que sienten ajeno.

    Casi llegando a mitad del metraje, Inez se casa con Lucky, un hombre querido en el barrio, que juega un papel apenas perceptible en la trama. Su función en el filme, más allá de representar la ausente figura paterna, sirve para reforzar la idea de la familia manufacturada. Salta a la vista que Rockwell no quería hacer demasiado hincapié en este personaje, pues el centro de la historia apunta exclusivamente a la relación materno filial y a ese secreto que no deja de bullir en el subtexto. Mientras que los demás niños se enfrentan a la violencia y a la brutalidad policial en el Harlem del momento, Terry debe sumar la constante incertidumbre que representa la decisión que tomó su madre. Ese fatal destino, el de la separación definitiva de la familia, se traduce en una exacerbación de las precauciones que toma Inez en todo momento. La protagonista condena a su propio hijo —incluso a ella misma— a otra reclusión; esta vez escogida. Ambos limitan sus salidas a la calle, su contacto con los demás niños, incluso las posibles oportunidades que Terry se labra con su trabajo en el instituto. Ya en el último salto temporal, cuando el muchacho está a punto de cumplir dieciocho años, su expediente académico le abre las puertas de las universidades más prestigiosas del país. A diferencia de lo que haría cualquier madre, Inez no duda en cerrarle esas puertas. En este punto, la fatalidad ya puede sentirse a flor de piel y, efectivamente, ocurre lo inevitable. Tras todo el esfuerzo y las adversidades sufridas durante años, Terry se va de la lengua. Es en este caso, es su deseo por un futuro próspero el que dilapida el deseo de su madre, ese mismo que los condenó a los grilletes del autoengaño.

    | Aviso: Los siguientes párrafos contienen revelaciones argumentales de la parte final de la película |

    Todas las decisiones tomadas durante el primer y el segundo acto desembocan en un giro esperado, pero no por ello menos sorprendente. Los servicios sociales le dan una terrible noticia a Terry: Inez no es su madre biológica. En el momento en el que escuché esto, me llevé las manos a la cabeza. Rockwell vira el rumbo de la historia a tan solo media hora del final. El aparente thriller, que se había convertido en un potente drama familiar en el segundo tercio del filme, acaba dejando un sabor de boca de melodrama lacrimógeno. Desde mi punto de vista, este cambio de tono repentino torpedea todo lo construido con anterioridad. El intento de los protagonistas por formar una familia —es decir, el objetivo que marca la progresión dramática— se desinfla en cuestión de minutos. El verdadero secreto de fondo no se apoya en el descubrimiento del «otro» como forma de redención personal, tal y como parecía apuntar todo lo desplegado por Rockwell hasta el momento. La sorpresa, fuera de contribuir, resulta contradictoria y antitética no solo con el tono, sino también con el tema. En un esfuerzo de originalidad, se sacrifica una narración realista y profundamente emocional en pro de una peripecia de guion. Precisamente por eso, considero que esta película no pretende reflexionar sobre la maternidad o la familia. A Thousand and One es la historia de un error de juicio, de una conciencia de necesidad errónea que acarrea consecuencias similares a las que ya se tenían. Sin saberlo, Terry crece en una familia de acogida. Sin saberlo, Inez nunca salió de la cárcel.

    Tras dieciocho años de malas decisiones, la última escena muestra lo que los personajes siempre debieron hacer: vivir su propia vida. Con la fatalidad ya consumada, Inez se despide en un mar de lágrimas de su «hijo», que por fin puede ser él mismo sin las zancadillas de su «madre». La protagonista se monta en un taxi, y esboza una sonrisa de oreja a oreja. En su rostro se puede entrever: «Por fin soy libre».


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