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    Crítica | Mudos testigos

    || Críticas | Las Palmas 2023 | ★★★☆☆
    Mudos testigos
    Luis Ospina y Jerónimo Atehortúa Arteaga
    Melodrama selvático


    Yago Paris
    Las Palmas |

    ficha técnica:
    Colombia-Francia. 2023. Título original: Mudos testigos. Director: Luis Ospina y Jerónimo Atehortúa Arteaga. Guion: Jerónimo Atehortúa Arteaga, Juan Sebastián Mora, Luis Ospina. Productores: Jerónimo Atehortúa Arteaga, Eva Chillón, Lina González, Juan Sebastián Mora Baquero. Productoras: Invasión Cine, Pomme Hurlante Films. Fotografía: -. Música: Carlos Quebrada. Montaje: Juan Sebastián Mora, Federico Atehortúa Arteaga. Reparto: Roberto Estrada Vergara, Mara Meva, Rafael Burgos.

    El melodrama es un género que, al menos en el ámbito cinematográfico, consiste en la lucha, habitualmente infructuosa, de una pareja por sacar adelante su amor. Quien lo impide suelen ser los valores y tabúes sociales, que ponen palos en las ruedas de unas relaciones adelantadas a su tiempo. Dentro de este género, a la hora de distinguir diferentes modalidades del melodrama, se suele distinguir entre el melodrama victoriano y el clásico. El primero acostumbra a representar este rechazo social en un personaje, que es el villano de la función; de hecho, no siempre tiene por qué ser una representación de los valores sociales, sino que puede tratarse enteramente de un ser vil y mezquino —por ejemplo, el juez Turpin (Alan Rickman) en Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)—, pero este tipo de melodrama suele asemejarse más a filmes como Lirios rotos (Broken Blossoms, D.W. Griffith, 1919), donde el antagonista, el padre de la protagonista, condensa en su figura una realidad más amplia, que es el rechazo social a una relación interracial. En contraposición, el melodrama clásico ya sí deja atrás la figura del villano claramente localizable, probablemente en un intento por reflejar con mayor gravedad la realidad que se representa, que no es otra que el hecho de que el rechazo no es una cuestión de una o dos manzanas podridas, sino del cesto entero. Las películas más emblemáticas de Douglas Sirk, sin ir más lejos —Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Allows, 1955), por poner un ejemplo—, representan esta otra corriente del melodrama, en realidad más habitual en la expresión cinematográfica.

    Atendiendo a esta clasificación, Mudos testigos (Luis Ospina, Jerónimo Atehortúa Arteaga, 2023), programada en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, encajaría dentro del primer tipo. La película narra la historia de Efraín, un joven colombiano que, a principios del siglo XX, se enamora de Alicia. El sentimiento es mutuo, pero la joven está prometida al poderoso Uribe, quien no dudará en ordenar la muerte del amante de su futura esposa tras enterarse del affair. El amor imposible entre los dos protagonistas será torpedeado, por tanto, por la figura específica del antagonista, lo que sitúa el filme dentro del melodrama victoriano. Sin embargo, algunas escenas del filme parecen querer jugar a dos bandas, como se refleja en aquella donde unos jóvenes provocan a Efraín por estar pasando tiempo con la prometida de otro hombre, en un intento de convertir el conflicto concreto en uno de ámbito social. La más paradigmática y desconcertante en este sentido es la que tiene lugar en el teatro, donde Efraín y el resto de asistentes observan el noticiario cinematográfico que informa a la audiencia de la actualidad del país, donde se narra la separación de Panamá de Colombia o el auge del movimiento insurgente campesino armado en las selvas de la nación. Esta escena podría interpretarse como la inserción aparentemente casual de un contexto histórico que más adelante acabaría imposibilitando la relación, es decir, colocando al melodrama en la frontera de la tragedia.

    Esto finalmente no sucede, pero, aun con todo, esta es una de las escenas clave del filme, porque el aspecto en realidad más importante de Mudos testigos es el hecho de que se trata de una película de found footage. El proyecto corre a cargo de Luis Ospina y Jerónimo Atehortúa Arteaga, quienes tomaron el material cinematográfico del cine mudo colombiano que ha sobrevivido al paso del tiempo para crear una nueva obra en base a los fragmentos encontrados. La muerte acudió a Ospina antes de que pudiera terminar el proyecto, por lo que Atehortúa Arteaga lo ha tenido que finalizar en solitario. La escena del teatro es, por tanto, fundamental, porque ahí es donde comienza a fraguarse la naturaleza mestiza del filme. Mediante un efecto visual, el newsreel se inserta dentro de la imagen de ficción melodramática para fraguar la mezcla de filmes.

    Es esa idea, la del mestizaje transformador, la que guía la segunda parte del relato, elevando el conjunto. Si hasta entonces, y también posteriormente, a lo que se asiste es a una cinta de ficción en realidad menor, sin brío en el lenguaje cinematográfico ni la puesta en escena, es lo que sucede con los diferentes fragmentos lo que permite que Mudos testigos se convierta en una cinta con interés. A la citada escena en el teatro le sigue la posterior escena del incendio, donde el realismo representativo —ese realismo romántico al que se refiere Mark Cousins en La historia del cine: Una odisea (The Story of Film: An Odyssey, 2011) a la hora de hablar del estilo clásico hollywoodiense— torna en abstracción experimental. El historiador Hayden White defiende que, a la hora de representar el pasado en el cine, el modo realista no es el mejor para poner en imágenes la catástrofe y la barbarie del pasado, que define como «eventos holocaustales» («holocaustal events», en inglés). White, en cambio, defiende precisamente el uso de la abstracción experimental como un modo más certero de representarlo, puesto que, ya que será imposible ni tan siquiera aproximarse a la realidad y la gravedad de lo que sucedió, más vale adoptar expresiones que hablen de manera simbólica sobre el pasado, más apoyadas en sensaciones que en hechos. Estas ideas se podrían aplicar a la escena del incendio —utilizada como giro narrativo de la ficción, pero a partir de un material documental—, donde el fotograma se tiñe de rojo para exponer un evento que parece estar teniendo lugar en el mismo infierno.

    Por si fuera poca la experimentación, los cineastas toman una segunda decisión en esta escena, que transmuta la película en otra de corte bien diferente. Mediante un juego de sobreexposiciones, superposiciones de diferentes fotogramas, quemaduras y rupturas de película, la narrativa parece toparse con un evento tan atroz que el propio material físico está a punto de resquebrajarse, algo que con facilidad puede llevarnos a pensar en Persona (Ingmar Bergman, 1966). La cinta no se rompe, pero en cambio muta, convirtiéndose en una especie de aventura cuasi-documental, una expedición por la jungla que permite exponer otras realidades de la Colombia de la época. La película pierde su aura romántica, de cuento de otra época, para sumergirse, a través del trauma —un incendio que deja centenares de muertos, según nos cuentan los intertítulos—, en la realidad de las duras condiciones de vida en la selva y sus futuras consecuencias como conflicto armado entre las FARC y el gobierno colombiano. La manera en que se justifica la desaparición de los personajes de las imágenes adopta tintes poético-trágicos, al impedirse un amor debido a la desaparición de sus integrantes en las profundidades de la naturaleza, pasando a formar parte de algo mayor que ellos, y se convierte en otra inteligente decisión que permite una estimulante conjugación de formatos, estilos y narrativas, que acaba siendo el verdadero interés del juego experimental en que se convierte Mudos testigos.


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