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    Crítica | Las tierras del cielo

    || Críticas | ★★☆☆☆
    Las tierras del cielo
    Pablo García Canga
    Japón en la noche


    Alfonso Cañadas
    Madrid |

    ficha técnica:
    España. 2023. Título original: «Las tierras del cielo». Dirección: Pablo García Canga. Guion: Pablo García Canga. Compañía productora: Amateurfilms. Dirección de fotografía: Pablo García Canga. Intérpretes: Luis Moreno, Paula Ruiz, Lola Casamayor, Violeta Gil, Andrés Gertrudix, Carlos Troya, Itziar Manero, Gonzalo Herrero, Fernanda Orazi. Duración: 83 minutos.

    Resulta complejo sostener una película exclusivamente sobre sus diálogos. Pese a que el concepto audiovisual esté compuesto por ambos términos que refieren sonido e imagen, la historia del cine ha sido por excelencia, desde sus orígenes, una historia visual. Caemos, sin embargo, críticos y teóricos cinematográficos en el cliché de etiquetar como «experimental» o «innovadora» a toda aquella obra que sobrepone el sonido a la imagen, uniendo así el medio cinematográfico en mayor medida a otros como la radio, por ejemplo. Las tierras del cielo se inicia con una conversación telefónica. Un hombre describe, a otra persona, desde la soledad de su hogar, una vieja película japonesa que ha visto recientemente. Lo hace con mesura, con insistencia, con la necesidad de que su palabra sea tan potente como las imágenes que visionó. Así, Pablo García Canga muestra sus intenciones cinematográficas desde el principio: será la palabra, y no la imagen, la que construya esta historia. Como si de un relato literario se tratara, el director nos muestra cinco conversaciones, con ciertos puntos en común, donde sus personajes tratan de exorcizarse emocionalmente a través del diálogo. Y es que no nos encontramos ante conversaciones comunes en Las tierras del cielo, no son banales, no son relajadas y no están faltas de pretensiones. Desde la sensación que producen los poemas escritos por el protagonista de una antigua película japonesa, a una antigua relación de juventud o incluso el significado subjetivo del sentimiento de amar, los nueve personajes que protagonizan la película se toman sus disertaciones realmente en serio. Diálogos pausados, bañados por una fotografía en blanco y negro, planos estáticos y ciertamente rutinarios que recorren por igual los rostros de los protagonistas que las esquinas de sus hogares. La mayoría del tiempo no existe una conexión directa entre imagen y sonido, no encontraremos en Las tierras del cielo juegos que conecten la imagen con la palabra pronunciada.

    Y es que la película de Pablo García Canga tiene, dentro del panorama cinematográfico actual, muy poco de innovador u original. No estamos ante un ejercicio cinematográfico arriesgado en el que prevalezca la palabra como los que podemos encontrar en Deseret (1995) de James Benning o Blancanieves (2000) de João César Monteiro. El director tiene claros cuáles son sus referentes a la hora de construir las historias que componen Las tierras del cielo: el cine del japonés Yasujiro Ozu y el del contemporáneo coreano Hong Sang-soo. Ambos cineastas utilizan un estilo dialogado y pausado sobre el que construyen las tramas de sus obras, y en ambos es habitual encontrar la estética del blanco y negro. De hecho, en varias ocasiones, algunos de los planos de Las tierras del cielo parecen intentar emular los famosos «pillow shots» que vertebran la filmografía de Yasujiro Ozu, sin llegar a transmitir, sin embargo, la sensación de serenidad y unión con un presente permanente que este último consigue en sus películas.

    Dicho esto, por más que los dos principales referentes estéticos de Pablo García Canga sean cineastas asiáticos, Las tierras del cielo resulta a nivel de guion una película muy europea. Y cuando nos referimos a ello, hablamos a que esta bebe de la cultura cinematográfica de la modernidad surgida a finales de la década de los cincuenta en toda Europa, con especial fuerza en el cine francés. La necesidad de trabajar temas trascendentales desde la cotidianidad, con seriedad y sin concesiones a la vulgaridad, acerca Las tierras del cielo a las formas trabajadas por directores de la Nouvelle vague tales como Jean-Luc Godard, Jacques Rivette o Philippe Garrel, entre otros. ¿Cuáles son entonces las razones que separan Las tierras del cielo de las obras maestras dirigidas por los cineastas nombrados anteriormente? En primer lugar, sin duda, su contexto. La película dirigida por Pablo García Canga parece anclada en esas formas fílmicas propias de los años sesenta y setenta en la Europa central. De esta forma la cinta no va más allá de quedarse anquilosada en tales estrategias, resultando más un homenaje a tal concepción cinematográfica que una película original como tal. En segundo, sus interpretaciones, mucho más cercanas al intelectualismo derrochado por muchos de los personajes de obras de la Nouvelle vague, que a la franqueza y simplicidad en las palabras de los personajes del mentado Ozu. El problema parte, llegado este punto, de que las interpretaciones resultan totalmente antinaturales y relamidas, que unidas al complejo contenido de los diálogos, impiden una empatía mayor con los personajes. Por último cabe destacar el componente estético de la obra. Lejos de transmitir la serenidad y naturalidad a la que hacíamos mención anteriormente, los planos aleatorios utilizados por el director para rellenar la rutinaria trama resultan vacíos y carentes de ninguna relevancia visual. Así, tampoco encontramos estímulos visuales a lo largo de su metraje, haciendo su visionado un punto más tedioso. Sin duda Las tierras del cielo es un ejercicio anclado en el pasado que, pese a sus sinceras intenciones, no termina ni de funcionar como obra individual ni de escapar de la monotonía que produce el cine de arte y ensayo contemporáneo.


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