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    Crítica | Blue Jean

    || Críticas | D'A FILM FESTIVAL 2023 | ★★★★☆
    Blue Jean
    Georgia Oakley
    Banderas a media asta


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Reino Unido. 2022. Título original: Blue Jean. Dirección: Georgia Oakley. Guion: Georgia Oakley. Producción: Marie-Elena Dyche, Jim Reeve, Hélène Sifre, Eva Yates. Fotografía: Victor Seguin. Montaje: Izabella Curry. Música: Chris Roe. Reparto: Rosy McEwen, Kerrie Hayes, Lydia Page, Lucy Halliday, Stacy Abalogun, Deka Walmsley, Gavin Kitchen, Farrah Cave, Amy Booth-Steel, Lainey Shaw, Aoife Kennan, Scott Turnbull.

    Finales de la década de los 80. Noreste de Inglaterra. En una de las últimas coletadas furiosas y agónicas del gobierno de la mismísima Dama de Hierro, Margaret Thatcher, se aprueba el artículo 28 de la Ley de Gobierno Local. Dicha sección, que surge en un contexto de reaccionario rechazo social a la homosexualidad (recordemos que la crisis del VIH estaba en pleno auge), es el motor mismo que da fuelle a Blue Jean. El artículo prohíbe la «promoción de la homosexualidad en escuelas e instituciones locales», la que da marcha al filme debut de Georgia Oakley, sí, pero también a la blue (una de las formas más bellas de decir «triste», en inglés) Jean, figura central en este drama, que es el suyo pero también el de tantas otras. La lesbiana protagónica, interpretada hermética y magistralmente por Rosy McEwen, entregada profesora de Educación Física en un instituto de Newcastle, compartimenta con extremada precaución las distintas partes de su vida. Por un lado, está la docente, responsable y aplicada, que entrena a un grupo femenino de netball. Se mantiene a una distancia prudente del grupo de profesores que le rodean, evitando una excesiva interacción fuera del horario laboral. Esta es la Jean pública. En su tiempo libre, en las sombras, frecuenta un bar lésbico donde se encuentra con su novia Viv (Kerrie Hayes) y sus amigas. Sin embargo, a diferencia de Jean, ellas enarbolan públicamente su sexualidad como motivo de orgullo y reivindicación. Entendiendo el artículo 28 como un ataque abiertamente homofóbico, reaccionan con indignación. Para la protagonista de Blue Jean, es sólo un motivo más para encerrarse en el armario.

    Oakley construye su primer largometraje alrededor de todas las tensiones que se amontonan en torno a Jean. Al extremar precauciones, queda desconectada de las necesidades emocionales de su pareja, de las de su comunidad y de las suyas propias. Con la suma de la familia a esta ecuación, se siente como si andara por la cuerda floja. En ese contexto de miedo y recelos solo sería necesario un paso en falso y… Entonces, aparece Lois (Lucy Halliday), una nueva alumna que se presenta como una especie de «patito feo» y en la que Jean se fijará especialmente, objeto de una cierta ternura formativa. Eso es, hasta que coinciden en su bar secreto y predilecto, momento en el cual la protagonista se desborda. Blue Jean abraza sin miedo su condición de drama indie, aprovechando los lugares familiares del género para pararse y ahondar en matices. Destaca en él la interpretación de McEwen que, por momentos, queda minimizada a una mirada que reta a las espectadoras a adivinar qué es lo que esconde su rostro impenetrable. También para ellas, justamente, esa Jean pública es un enigma. Pero es que incluso en circunstancias en las que podría mostrarse más distendida, no parece relajada, siempre con la máscara puesta. Las tensiones le estrujan por todos lados. Las que hay entre el Gobierno y el colectivo LGTB, claro, o entre este y una sociedad más bien conservadora. Entre la escuela, institución local, y ella, y con sus compañeros de trabajo, familia, alumnas… Pero también las tensiones que crecen entre esa sexualidad vivida hacia fuera, la que sienten su novia y amistades, y la suya. Viéndose forzada a escoger un camino (salir públicamente del armario, y entrar en conflicto con todo su entorno, o vivir una medio verdad), Jean no puede moverse. Será la sexualidad incipiente y rebelde de Lois, que está aprendiendo a relacionarse con esas mismas tensiones, tanteando opciones, será lo que pondrá a Jean finalmente entre las cuerdas.

    La película, nominada a varios Premios BAFTA, galardonada en el Festival de Sevilla y Premio del Público en las Giornate degli Autori, lleva a la actualidad un contexto que podría parecer ya lejano. Una serie de situaciones extremadamente violentas e injustificadas dirigidas a la tranquilidad, la naturalidad, el derecho a la celebración o a la intimidad de infinitas vidas. Georgia Oakley pone el punto de mira en esta caza de brujas que, sí, con su ambiente ochentero (a lo que ayuda una remarcable selección musical), parece quedar lejos, pero que, si pensamos un poco, veremos que por desgracia no es así. No hay que ir tan atrás para encontrar, por ejemplo, peticiones escalofriantemente populares en EE.UU. para prohibir la asistencia de niños en shows de drag. E incluso sin desviarse del mismo artículo 28 que abre Blue Jean, un dato más: la sección no fue retirada definitivamente de la Ley hasta bien entrado el siglo XXI. Oakley nos muestra con su debut cómo las libertades (de sexualidad, de identidad, de expresión…) pueden retirarse con un chasquido de dedos, con un anuncio en la radio local. Pero reclamarlas para una misma, y para las demás, al final está en las manos de cada una.


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