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El acusado Plumas
  • Cine Alemán Siglo XXI
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    Crítica | Clementina

    || Críticas | ★★★★☆
    Clementina
    Constanza Feldman, Agustín Mendilaharzu
    El año de la peste


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Argentina, 2022. Título original: «Clementina». Directores: Constanza Feldman, Agustín Mendilaharzu. Guión: Constanza Feldman, Agustín Mendilaharzu. Dirección de fotografía Agustín Mendilaharzu. Montaje: Miguel de Zuviría. Dirección de arte: Constanza Feldman, Agustín Mendilaharzu. Sonido: Federico Esquerro, Marcos Canosa. Música: Gabriel Chwojnik. Producción: Laura Citarella, Ingrid Pokropek. Producción ejecutiva: Laura Citarella. Compañía productora: El Pampero Cine. Con el apoyo de: Mecenazgo Cultural, Itaú Fundación, Fundación Andreani, Kabinett. Elenco: Constanza Feldman, Laura Paredes, Juan Barberini, William Prociuk, Bárbara Massó, Agustín Mendilaharzu, Horacio Marassi, Alejo Moguillansky, Francisco Benvenuti, Tulio Gómez Álzaga. Duración: 109 minutos.

    Las imágenes retienen momentos más allá del recuerdo. El tiempo incide sobre ellas y modifica su sentido. El significado de mirar por una ventana en abril de 2020 no es el mismo que hacerlo el verano de 2022, y, sin embargo, el recuerdo de aquellos días se mantiene, aunque bien adulterado por lo sucedido en este periodo de tiempo. El cine congela la imagen en el momento que el creador quiere situar su acción, pero la imagen es más poderosa que todo eso, la imagen pervive y se alimenta por sí misma y nada permanece ajeno a lo que ha sucedido a su alrededor. Seremos capaces de sobreponernos a la angustia de la incertidumbre, nos consideraremos a salvo, pero el gesto de mirar por una ventana o asomarse a un balcón ya no resulta tan intrascendente como pudo serlo en verano de 2019. De la noche a la mañana surgieron incógnitas, las certezas inamovibles se tambalearon, los ritmos y rutinas vitales quedaron suspendidos, los trabajos paralizados, los ingresos para muchos también. La mirada por la ventana se transformó en el respiradero del condenado, la única conexión con el mundo exterior y que permitía acercarnos a una naturaleza que seguía su curso, nuestro único contacto con la vida anterior, un gesto que anhelaba la libertad de desplazarse cuando se quisiera pero que, al mismo tiempo, aumentaba la sensación de cárcel y refugio de nuestros hogares.

    Los besos y los abrazos quedaron reducidos al ámbito del círculo más íntimo y conviviente; el extraño y casi hasta el amigo se convirtieron en un apestado al que no había que acercarse, las salidas a la calle a un acto de supervivencia para adquirir lo esencial, el ocio al refugio solitario del libro, la música o la multipantalla doméstica. El contacto se convirtió en digital y como digital que se hizo, desapareció enredado en píxeles y megas. No es de extrañar que nuestra mirada se convirtiera en miedo, inseguridad, ansiedad y desesperación. El espacio del hogar se convirtió en guarida frente al espacio exterior, pero sin espacio exterior no era posible sobrevivir. En el rostro de Clementina se concentran todas las sensaciones de aquellos meses, agravadas por la inclemencia de la soledad compartida, del acarrear con la pesada carga personal y la de sus seres más cercanos, la de estar en un lugar sin que nadie se dé cuenta de que también se necesita apoyo, ánimo, que alguien diga que el futuro será más venturoso. Clementina es una película que, vista ahora, saca nuestra sonrisa irónica recordando la serie de tonterías que nos sentimos obligados a hacer durante el encierro, cuando casi nadie sabía nada y cualquier consejo, orden o recomendación se asumía con una fe digna del Medievo, ese Medievo que, musicalmente, recuerda Gabriel Chwojnik con su banda sonora. El año de la peste contemporánea revive los ecos de las epidemias medievales europeas, y la mirada de Clementina mezcla resistencia con desespero mientras nada indicaba que el paso del tiempo nos permitiera seguir flotando.

    Marcadamente nostálgica, la película surge de la necesidad del creador de no parar, de mantener vivo el engranaje fílmico para cuando se recupere cierta normalidad. Ideada como una serie por capítulos, de los que dos llegaron a ser exhibidos junto con un avance del proyecto en forma de tráiler, que, en sí mismo, era todo un portento de creatividad, finalmente se rediseñó como largometraje con un principio y un final en el que al personaje principal no dejan de sucederle cosas de lo más variopintas en su ámbito doméstico, que se ve asediado por la fatalidad. Mirando hacia la realidad, hacia lo que sucede balcón afuera del domicilio o en el campo de visión de la propia mirilla de la escalera comunitaria, la anécdota del suceso alcanza visos surrealistas gracias al diseño de sonido y al control corporal y gestual de Constanza Feldman. Las relaciones humanas han desaparecido sustituidas por la convención de la distancia. Inasequibles al desaliento, para El Pampero fueron meses de actividad intelectual que, pese a la dispersión obligada del grupo por efecto del confinamiento, les permitió seguir avanzando en la originalidad de sus proyectos. Si el exterior estaba prohibido, había que aprovechar los interiores, y de ahí surgen dos de las películas más interesantes de este 2022.

    Como igualmente hicieron Moguillansky y Acuña en La edad media (curiosa conexión establecida también con el pasado de la peste, aquí en el título y en Clementina con la música y referencias literarias y visuales) el hogar se transforma en set de rodaje con los elementos mínimos para que la filmación cuente con la suficiente calidad técnica. La realidad que rodeaba a la pareja se adueña del relato para ser transformada y modificada, seccionada en cinco episodios que gozan de unidad interna y propósito dinámico, pero uniforme, la película se acerca al falso documental cuando no deja de ser una ficción sobresaliente. Cualquier acontecimiento exterior puede ser transformado en un elemento de ficción gracias al montaje y al sonido; la recogida de basuras, la sede del club Chacarita, una avería comunitaria, unas obras a medio terminar se convierten en un envoltorio tangible que el imaginario de Mendilaharzu y Feldman transforman, por momentos, en comedia de ritmo slapstick o en amago de melancólico retrato de soledad y miedo, en el que, en todo caso, la figura del personaje de Clementina, encarnado por Feldman, se apodera del relato de manera armoniosa y entrañable. Ese vacío repentino de Clementina, que asoló la resistencia de muchos durante los primeros meses de pandemia, se supera en la película mediante la aparición de personajes secundarios que cooperan extraordinariamente en que el relato no se estanque y entre en la comodidad del tiempo muerto innecesario para conseguir un metraje estándar.

    Gracias a esos personajes Clementina-Feldman consigue liberar esa incertidumbre y verse reflejada en la fortaleza mental y organizativa de una inesperada aparición, la de Laura Paredes como matriarca de una empresa de mudanzas rusa en Buenos Aires. A través de su ejemplo-reflejo, la fragilidad a punto del derrumbe que siempre acompaña la mirada de nuestra protagonista obtiene la reparadora solidaridad femenina mezcla de incansable poder organizativo y delicada nota de sensibilidad. Clementina es una película gozosamente triste y melancólicamente divertida, refleja la difícil vida de una pareja en sus primeros momentos de convivencia que se ve irremediablemente encerrada entre las paredes de su casa; una casa a medio colocar y hacer habitable, donde las colecciones de Agustín, de lo más variopintas y kitsch, acaparan el espacio haciendo aún más menudo el físico de Constanza. Estamos ante una crónica pandémica amable, como si aquel paréntesis resultara tan lejano que ya no podemos sino reírnos de él aunque su amenaza persista. Gracias al cine todo es posible. ⁜


    Clementina, Constanza Feldman, Agustín Mendilaharzu
    Otra joya de El Pampero.

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