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    Crítica | The Mountain (La Montagne) de Thomas Salvador

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★★☆
    The Mountain
    Thomas Salvador
    En las montañas de la sanación


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «La montagne». Dirección: Thomas Salvador. Guion: Naïla Guiguet, Thomas Salvador. Compañía: Christmas In July. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Reparto: Thomas Salvador, Louise Bourgoin, Martine Chevallier, Laurent Poitrenaux, Andranic Manet, Thomas Agathocleous, Katia Crivellari, Hassan Jouhari. Presentación oficial: Selección oficial Festival de Cannes. Duración: 115 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    Recuerdo, todavía emocionado, el descubrimiento de Thomas Salvador en la sección New Directors (en aquel entonces, Nuev@s Director@s), del Festival de Cine de San Sebastián. El año era 2014, y como de la nada, apareció un artista con su primer largometraje; una película titulada Vincent (en original, Vincent n’a pas d’écailles, o sea Vincent no tiene escamas), la que a día de hoy sigo considerando como una de las mejores superhero movies de todos los tiempos. El subgénero, ya lo sabemos, últimamente ha dado una ingente cantidad de títulos con la que proponer una comparativa sólida, y allí, en la cada vez más complicada empresa de destacar por encima de la multitud, este hombre consiguió lo casi-imposible con la discreción, sencillez y honestidad de quien, precisamente, no buscaba entrar en conflicto con nadie.

    Ahí estaba, la historia mínima (para una película prácticamente imperceptible, ahí quedaba un metraje «anti-épico» que apenas llegaba a una hora y cuarto de duración) sobre un joven con habilidades extraordinarias (cada vez que su cuerpo entraba en contacto con el agua), pero que por todos los medios intentaba que estas no llegaran al conocimiento de los demás. Hasta que, cómo no, el amor (encarnado allí en la siempre fascinante figura de Vimala Pons) descuadraba todos los planes iniciales. Y claro, ahí se presentaba el conflicto, y por supuesto, el cumplimiento obligatorio con las escenas de acción, un peaje, esto sí, resuelto con un oficio y un amor artesanal capaz de reencontrarnos con los placeres olvidados de alcanzar imágenes imposibles (para esto esta también el cine, ¿no?) sin tener que apoyarse en la parafernalia digital. Porque donde todos los demás se cubrirían con pantallas verdes, Monsieur Salvador saltaba y volaba (literalmente) gracias a la propulsión que le conferían plataformas hábilmente ocultas en un líquido elemento que, efectivamente, era su mejor aliado.

    Y el hombre nadó como un pez, y dio esquinazo a sus perseguidores, y se fue con el mismo sigilo con el que llegó a nosotros. Y desde entonces, prácticamente nada. Una ausencia y un silencio de casi una década, tiempo suficiente como para que ese extraño objeto de culto fuera creciendo para acercarse, poco a poco, a esa categoría mitológica que solo pueden conquistar las criaturas más esquivas. «Yo vi la película de Thomas Salvador» ; «Yo le escuché hablar, apasionadamente, sobre cómo se construyeron los efectos especiales de Vincent». Esos pequeños-grandes logros que también definen el sentimiento cinéfilo. Esto es, el sabor agridulce de un privilegio muy frágil, destinado a derretirse de forma prematura, y a dejarnos con un recuerdo que tiene mucho de anhelo inquieto. «¿Te acuerdas?» ; «¿Qué fue de él?» ; «¿Qué habría hecho si hubiera seguido en activo?».

    Hasta que esta última pregunta encuentra respuesta. Ocho años después, vuelve Thomas Salvador con un proyecto completamente definido por su presencia, por su personalidad, por su visión y su manera de entender (y relacionarse-con) el mundo. Como sucedió con Vincent, vemos su nombre en la posición de director, de guionista (ahora, junto a Naïla Guiguet) y, por supuesto, de actor protagonista. La narración de La montagne es, a estos efectos, «thomassalvador-céntrica» con un grado de pureza que se acerca al cien por cien. La cámara toma pues como punto de referencia a un hombre cuyo rostro y cuya actitud ante la vida le sitúan en la finísima línea que separa el hermetismo de la nitidez total. La parquedad en palabras y el pétreo semblante facial contrastan con la elocuencia con la que se expresan unos actos que difícilmente pueden ser malinterpretados… por mucho que un fuerte halo de misterio impregne toda la historia.

    Entonces, ahí está Thomas Salvador, de nuevo, y por fin. Esto sí, ocho años después, como no podía ser de otra manera, ha cambiado. Las canas surcan su cabeza, y la extraña energía que desprendían sus pasos se ha convertido en una aura mustia. Factores que nos hablan del implacable paso del tiempo, claro, pero también (y sobre todo) de la derrota vital a la que nos destina un mundo empeñado en negar cualquier atisbo de magia. El antaño superhéroe es ahora un ingeniero (¡claro!) que surca su país para vender las bondades de un brazo robótico. Un prodigio de la ciencia que pretende imitar los movimientos humanos, pero que en ningún momento consigue salir de ese valle inquietante que nos recuerda, sin querer, las distancias de momento insalvables entre lo real y aquello que, por mucho que lo intente, no lo es.


    En esa recta final donde las fuerzas flaquean, Thomas Salvador sigue ofreciendo argumentos para fortalecer el culto que ha despertado su figura, tanto en sus apariciones como en sus ausencias. Ahí, su nuevo trabajo da con un estallido fantástico memorable, en el que la inventiva visual ya marca de la casa, dinamita ese valle inquietante a partir de imágenes que no se sabe si surgen o no del trabajo con efectos digitales.


    Hasta que el cine de Thomas Salvador consigue volver a juntar un extremo con el otro. El brazo sintético (y muerto) se mueve, y alcanza un objeto, y después de encallarse torpemente con la nada, retoma sus desangeladas rutinas… y en cada etapa de tan triste itinerario, la mirada de su diseñador se pierde, una y otra vez, en un horizonte que no existe, un colosal bloque rocoso de casi dos kilómetros de altura, que impide que la vista se escape; que la fija hacia un punto: una cima aparentemente inalcanzable. La montagne es exactamente esto, la llamada —silente— de unos elementos que alimentan una obsesión; una idea que eclipsa a todas las demás: «Tengo que coronar esta cumbre». Y cómo no, estas palabras nunca salen de la boca del protagonista, pero resuenan como un eco atronador en cada uno de sus actos.

    En este sentido, las prácticamente dos horas de metraje de la película transcurren a partir de la observación de los procesos (ejecutados todos ellos con el cuidado y las fijaciones que rigen la vida de los espíritus más metódicos) que llevan a un hombre de la base del punto A, en Chamonix, a las alturas vertiginosas del punto B. Un ascenso que, como sucedía en Celeste (traumático videojuego indie de Maddy Thorson y Noel Berry), va en busca de efectos terapéuticos, es decir, de dejar atrás, a nivel del mar, los desencantos, nervios y sinsabores de una existencia que asfixia, oprime y deprime. Así, lo que sobre el papel podría ser una aventura herzogiana, en la que un hombre decidiría enfrentarse a la naturaleza para una «conquista de lo inútil», aquí se comporta más bien como una reconquista de lo sublime con alma frammartinesca, o sea, como una emocionante pieza de cine tan educado y calmado, que no permite que la curiosidad que le mueve, perturbe los ecosistemas explorados.

    Para muestra, una banda sonora minimalista (casi imperceptible) que casa a la perfección con la belleza de unas tomas paisajísticas que piden respirar para, precisamente, cortarnos la respiración. Perdido en un mar de hielo interminable (pero al mismo tiempo menguante, como su conciencia ecologista se encarga de recordarnos), el cineasta que opina que no se entiende lo heroico sin humildad, nos habla de la soledad (de una sensación apuntillada aquí con elipsis y silencios sostenidos), pero no desde la amargura de quien ha perdido la fe en los demás, sino desde la serenidad de quien entiende que necesita darse un tiempo a sí mismo para reconectar con el mundo. De Vincent a La montagne: irse para volver; aislarse para aprender a abrirse. Llegar allí donde nilos tentáculos de Google han conseguido seguir alimentando el inabarcable banco de imágenes de internet. La montaña se lo llevó… y nos lo devolvió.

    Parecía que era una empresa delirante, pero en realidad es una expedición sanadora. La montagne va siempre en busca de esa experiencia que te cambia (para bien, se entiende), y como en las mejores aventuras, acaba dando con una recompensa que compensa cualquier percance que hubiera podido surgir durante el camino. En esa recta final donde las fuerzas flaquean, Thomas Salvador sigue ofreciendo argumentos para fortalecer el culto que ha despertado su figura, tanto en sus apariciones como en sus ausencias. Ahí, su nuevo trabajo da con un estallido fantástico memorable, en el que la inventiva visual ya marca de la casa, dinamita ese valle inquietante a partir de imágenes que no se sabe si surgen o no del trabajo con efectos digitales. Muy cerca de fundirse literalmente con las dimensiones imposibles de Jonathan Glazer en Under the Skin, este escalador descubre el igualmente imposible reverso de un Lovecraft bondadoso. Algo que no cabe en la mente, que no puede ser plasmado con palabras… una luz interior que, una vez alejados de la lucha angustiosa de intentar entenderlo todo, aprendemos a aceptar, y a dejar invadirnos por su calor humano. ⁜


    La montagne, Thomas Salvador
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