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    Crítica | Întregalde

    Prohibido el paso

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Întregalde», de Radu Muntean.

    Rumanía, 2021. Dirección: Radu Muntean. Guion: Alex Baciu, Radu Muntean, Razvan Radulescu. Compañía productora: Multimedia Est, The East Company Productions. Dirección de fotografía: Tudor Vladimir Panduru. Música: André Rigaut, Victor Miu, Julien Perez. Montaje: Andu Radu. Producción: Dragos Vilcu, Oana Iancu. Intérpretes: Maria Popistasu, Ilona Brezoianu, Alex Bogdan, Luca Sabin, Toma Cuzin, Gabor Bondi, Radu Muntean, Carmen Lopazan, Luca Elena, Luca Maria, Vlad Oancea, Victor Neagoe. Duración: 104 minutos.

    Es otoño tardío en el extremo occidental de Transilvania. Algunos robles todavía resisten el envite de las primeras nevadas, mientras que aquellos encajados en la umbría ya se han desprendido de su hoja caduca. Es un paisaje al abrigo de los apetitos civilizadores y amenazante en su belleza. Contemplando los mares de niebla que cabalgan sus valles resulta fácil imaginar el origen de las leyendas que alimentaron los cuentos de Ispirescu y los vampiros de Stoker. El todoterreno que persiguen los primeros planos aéreos de Întregalde nos advierte, no obstante, de que la vida humana también consiguió usurpar esos rincones arcanos. Es una escena cercana al ruralismo de Kiarostami, con vehículos serpenteando los caminos sinuosos de las colinas y largas conversaciones en el trayecto. El séptimo largometraje de Radu Muntean trata precisamente de eso: la incursión en territorio desconocido, donde monstruos y sombras acechan al extraño.

    Dice el proverbio que el infierno está empedrado de buenas intenciones. A menudo sucede que pequeños fenómenos con alcance —creemos— limitado son susceptibles de desencadenar importantes consecuencias. No se necesita mucho: una palabra a destiempo, una decisión mal sopesada, un gesto intempestivo. Cierto es que los accidentes son, por definición, azarosos. Sin embargo, cuando todos estos factores confluyen en espacio y tiempo, la probabilidad de que ocurran se multiplica. En Întregalde, la inmensa bondad de un grupo de voluntarios conduce a su todoterreno hasta una zanja. De no ser el preludio del invierno en lo más agreste de la sierra rumana se trataría, sin duda, de un incidente menor, pero la noche se espera especialmente gélida y es bien sabido que osos, lobos y otras criaturas cazan en esos bosques. Como en cualquier historia de terror que se precie, un buen samaritano llega para arrojar algo de luz, un ápice de esperanza que pronto se desvanece. Al igual que el personaje bíblico, considerado hereje por los judíos, el del filme no es más que un paria entre sus compatriotas. Así es que cuando un hombre gitano y su hijo se apostan junto al siniestro, el miedo no tarda en abatirse sobre los protagonistas. Perdidos en la traducción de una lengua (el romaní) que no es la suya, se preparan para lo peor. Muntean plantea, con pretensión sociológica, el clivaje campo-ciudad que atraviesa todos los costados de Rumanía. Las idiosincrasias locales, las diferencias idiomáticas y las supersticiones se esconden en las profundidades del país, lugares donde a nuestra tropa de Bucarest aún se la refiere como «forastera». Aunque la escisión va más allá de lo cultural. Un portal hacia el pasado parece haberse abierto en la Transilvania de Întregalde, la cual escrutamos con un sesgo etnológico próximo al de Buñuel en Las Hurdes, tierra sin pan (1933): son enclaves deprimidos, estancados en algún punto del último siglo. Dado que el Estado funciona a la manera de la cobertura telefónica, la cual no llega si el área es demasiado remota, sus funciones son suplidas por los cuerpos de voluntarios que salen en convoyes desde la capital —o eso intentan.

    Întregalde, Radu Muntean
    Sección Albar del Festival de Gijón.

    «La principal destreza del director rumano consiste en disuadirnos de empatizar con los problemas de un grupo de personas que están actuando exactamente de la misma forma que lo haríamos nosotros (puede que incluso el mismo Muntean) en una situación similar».


    La película, que tiene tanto de estudio etnológico como lo tiene de etológico, nos demuestra que el ser humano no difiere del resto de la taxonomía animal bajo ciertas condiciones. Toda bestia tiene su propio hábitat; el nuestro lo hemos llamado «zona de confort». Una vez nos alejamos lo suficiente de ella, incluso el individuo más ejemplar comienza a dudar de sus principios, de sus convicciones y hasta de sus dioses, si tiene la suerte de conocerlos. Cuando el 4x4 se precipita en la zanja, el dueño desespera. Al fin y al cabo, el buen hombre tiene familia en casa y una hipoteca por pagar, y los lugareños a los que había prometido un cesto de alimentos le importan un bledo en ese momento. La principal destreza del director rumano consiste en disuadirnos de empatizar con los problemas de un grupo de personas que están actuando exactamente de la misma forma que lo haríamos nosotros (puede que incluso el mismo Muntean) en una situación similar. El foco de Întregalde apunta directamente a los campesinos y labradores que la patrulla encuentra en su camino. Entre ellos está una anciana recluida en su cabaña de los Cárpatos, condenada a un gerontocidio lento y silencioso. La miseria en que vive es tal que, al verla postrada en la cama, el equipo la da por muerta. Mayor interés despierta aún el personaje de Kente, un aldeano que perdió el juicio hará años y que, sin llegar a formar parte del elenco protagonista, es el detonante del punto de giro al pedir a los voluntarios que lo acerquen a su aserradero en las montañas. Aparte de ser la fuente del dilema moral, Kente se erige como símbolo de la Rumanía rural: una reliquia olvidada y en mal estado que, como el aserradero, fue engullido por la foresta. Desde una óptica marcadamente pesimista, Radu Muntean construye un híbrido entre el drama y el thriller de terror que mantiene su efectividad hasta un tercer acto más reposado, si bien algo insípido. La estructura circular de la narrativa no hace sino reforzar la idea de un anquilosamiento nacional que el realizador atina a diagnosticar aun sin atreverse a prescribir el antídoto. Fiel a la Nueva ola de cine rumano en la que se inserta, Întregalde constituye un ejercicio notable con vocación social sobre la ausencia de una supuesta naturaleza humana y la necesidad de aliviar nuestra delicada conciencia recurriendo a un altruismo que tampoco existe.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / 59ª edición del FICX


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