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    [Cannes 2022] Crítica | Godland

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★☆☆
    Godland
    Hlynur Pálmason
    De hombres y hombrecillos


    Mariona Borrull Zapata
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Dinamarca, Islandia, 2022. Título original: «Vanskabte Land». Dirección: Hlynur Pálmason. Guion: Hlynur Pálmason. Compañías productoras: Snowglobe Films, Join Motion Pictures, Maneki Films, Garagefilm International, Film I Väst. Dirección de fotografía: Maria von Hausswolff. Música: Alex Zhang Hungtai. Diseño de producción: Frosti Fridriksson. Montaje: Julius Krebs Damsbo. Intérpretes: Ingvar Eggert Sigurdsson, Elliott Crosset Hove, Vic Carmen Sonne, Jacob Lohmann, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Waage Sandø, Hilmar Guðjónsson. Duración: 143 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    Godland nace como el apretón de manos que Dinamarca e Islandia toman, desde el cine, para hacer las paces con su pasado colonial. Coproducida por ambos países y dirigida por el islandés Hlynur Pálmason (Un blanco, blanco día), institucional y avalada, Godland se desliza por los raíles pulidos del cine académico europeo, debidamente agitado por el ingenio del realizador. La propuesta discurre sobre la fina línea entre la fórmula calculada y los giros engrasados, propios de las obras de bienquedar, y una vía alternativa, que nos lleva a tierras lejos de una topografía narrativa y estética de sobras manoseada. Por momentos, parecería que el director y guionista islandés puede despegarse de lo que sabe que debería ser su propuesta, moviéndose en cambio solo guiado por la intuición. Sin embargo, las ideas que irrigan el suelo narrativo de esta fábula no se precipitan con la suficiente fuerza o constancia como para que de allí nazca una película excelente. Volvemos, frustrades, a una butaca gastada por los años.

    Asumimos que la de Pálmason se construye como cuento moral por el esquematismo de sus cabezas protagonistas, que encapsulan universos enteros y que chocan como si no tuvieran otro remedio. Por un lado está Lucas (Elliott Crosset Hove), un joven cura danés quien, a finales del siglo XIX, cuando aún Islandia era una colonia, partió hacia la isla para fundar una misión. Diplomático pero cobarde y arrogante, el padre va a colisionar con su guía Ragnar (Ingvar Sigurdsson, el padre de Un blanco, blanco día), un tajante símbolo de la entereza humana. Sus mundos van a aplicarse presión bajo forma de roce, revelándose a través de tics y comas que nunca pasarían a ninguna Historia oficial, pero que son los que nos dibujan y separan de forma irremediable. Con los cielos blanquecinos del norte por fondo, por ejemplo, los surcos en la expresión de Lucas se marcan, perfilan las muecas del padre con más intensidad, casi como si fuera un personaje de tebeo. El joven ya encarna su propia caricatura a base de vahídos, quejas y tropiezos, que lo convierten en una gaita irascible; un ser pequeño y irrisorio. Todo lo contrario a Ragnar, aquel que conoce, escucha y negocia con la isla, apadrina a sus habitantes y se sostiene más cercano a la nobleza de una naturaleza virgen. Especie de Jeff Bridges con perrito adorable por compañero, el viejo islandés se desvela muy pronto como el simple «bueno de la película» o, por lo menos, el favorito del patio de butacas.

    Mirándolo de frente está ese hombrecillo danés que encuentra a Dios en la inmensidad de los paisajes de la isla y sus lugares indómitos, mientras trata de ordenar a los pequeños seres que la pueblan, sobre quien sí se le ha otorgado poder. Profesor del bigger than life, Lucas se pasea por el mundo con una cámara bajo el brazo, sacando fotos a quienes le acompañan, con plena intención de salvar su alma del paso del tiempo (de hecho, el subtitulado inglés de la película emplea la expresión «encontrar una imagen» para «sacar una foto»). Conseguirá su cometido: la película explica en su inicio que quiere recrear la historia detrás de una caja con fotografías que se encontró abandonada en medio de un páramo y que se fechó como la primera captura de imágenes realizada en tierras islandesas. La realidad en crudo es indiferente al pastor, quien demanda el rigor de un cadáver a sus modelos y se sorprende porque niñes y otres vírgenes de la ciencia fotográfica (primitiva, pero estandarizada) quieran jugar con el invento. Una niña posa de formas imaginativas sobre su caballo, de pie, de espaldas o tumbada, tanteando traviesa la paciencia de un cura empecinado en que (por favor) «se siente de forma natural» o, lo que es lo mismo, recta y seria. Como en Blanco en blanco (Theo Court, 2018), aun en clave baja –pues recordemos que esto es un apretón de manos institucional–, Pálmason concluye que la Historia puede retratarse solo tras una violación.

    Concluimos que al colono danés le falta el brillo humanista de Flaherty, o del propio Pálmason, para poner bien en escena a sus personajes. Aunque tampoco el cineasta esconde el ánimo pictórico de sus imágenes, que respiran desde un juego preciosista con la escala y la profundidad del cuadro. El pictoricismo nos calma, como si los ritmos vinieran dibujados por intervención divina. También la película juega a capturar la realidad ante sí, si bien elevando su propio artificio estético a la vista y para reconstruirse como una forma de entender y negociar con el mundo que tiene por delante. Pálmason, por ejemplo, entiende que su historia trata sobre cómo un hombre estúpido quiere allanar el mundo rocoso bajo sus pies, labrado con el poder volcánico, solo para acabar advirtiendo lo fútil de su empresa y el destino que espera a quienes desafían al orden natural de la tierra y sus habitantes. Por ello, el gran trazo de la película será el seguimiento lateral de los personajes, en largos travellings por el paisaje en horizontal, hacia la izquierda o a la derecha. Del diálogo entre la cámara y los cuerpos que la movilizan surge una coreografía que, según la naturaleza del terreno, a veces resulta fluida, a veces imposible. Tensada entre su propio movimiento y el de sus sujetos, la conquista del norte pende de las piernas torpes de un hombrecito y, por tanto, se descubre antiépica, relativa, dudosa.

    Otro travelling marcará un punto de inflexión en esta película-bisagra: desde el cuerpo derrotado del pastor, tumbado en el suelo de la isla, peinamos los paisajes que lo rodean en un movimiento lateral perfecto, cerrado. La naturaleza está diseñada desde el cine para ser bellísima, apabullante en su riqueza de colores y sonidos. Cuando volvemos al punto de inicio, sabremos desde lo más profundo de nuestro estómago que nunca Islandia pudo ser conquistada, no realmente. Sin embargo, como si no le bastara con llegar este conocimiento silencioso e impenetrable, Pálmason sigue grabando. Como si imitara a aquel pastor que quiso controlar el desorden natural divino y poner paz en donde ya la había, el guionista y realizador islandés decide explicar al pie de la letra la caída de su títere. Quizás por medio a dejarnos a nosotres en las riendas de su particular cuento, la película se enroca en una segunda mitad que retrata la obvia caída progresiva de un fundamentalista, un niño que nació para ser hombre, pero ante el mundo volvió a replegarse en su condición de hombrecillo. Un enano que no supo ver que, con lo que había, ya bastaba. ⁜


    Vanskabte Land, Hlynur Pálmason
    Un Certain Regard del Festival de Cannes.

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