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    Crítica | Atlantide

    || Críticas | D'A FILM FESTIVAL 2022 | ★★★★☆ |
    Atlantide
    Yuri Ancarani
    Aguas sin ley


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Italia, 2021. Dirección: Yuri Ancarani. Guion: Yuri Ancarani. Producción: Marco Alessi, Rafael Minasbekyan; Coproducción Italia-Francia-Estados Unidos-Qatar. Fotografía: Yuri Ancarani. Montaje: Yuri Ancarani, Yves Beloniak. Música: Francesco Fantini, Lorenzo Senni. Reparto: Daniele Barison, Bianka Berényi, Maila Dabalà, Alberto Tedesco, Jacopo Torcellan. Duración: 104 minutos.

    A todo gas. Así cruzan la laguna de Sant’Erasmo el grupo de adolescentes en el que Yuri Ancarani pone el foco en Atlantide. A bordo de sus lanchas motoras, objeto máximo de adoración, los jóvenes pasan todo el día en el agua. Ya sea adquiriendo componentes para mejorar el rendimiento de sus vehículos, tuneándolos, poniéndose a prueba en carreras temerarias o simplemente reuniéndose en una u otra isleta circundante, la laguna veneciana es el escenario central. En su tercer largometraje, el cineasta y artista visual italiano diluye las barreras entre el documental, la ficción y el videoarte, tres condiciones de un todo que son perfectamente distinguibles a lo largo de la cinta. Por un lado, está esa cultura concreta y particular de las inmediaciones de Venecia. Suficientemente cerca del ajetreo megaturístico que asola la «reina del Adriático» para verse enfrentados a los cruceros masivos que sirven de telones de fondo, pero suficientemente lejos como para que sus historias sean las de un extrarradio dejado de la mano de Dios. Jóvenes (desde la preadolescencia hasta una recién adquirida juventud) sin educación, sin futuro, esperanzas o ilusiones. En este contexto, entra en juego la historia de Daniele (Daniele Barison) que, solitario, se aísla de esa comunidad competitiva de gondolieri del s. XXI aunque, como ellos, vive para y por su lancha. Esta, como parece ser tradición de la escena local, recibe el nombre de la novieta correspondiente. En el caso de Daniele, es el de Maila (Maila Dabalà), que le acompaña en todo momento con una devoción absoluta. Esta pareja será el único ápice de narración concreta, en lo que, por lo demás, se erige como una experiencia estético-sensorial.

    En Atlantide conviven muchas referencias contemporáneas, desde la naturalidad de los retratos sociales en Sean Baker (Tangerine, The Florida Project), lo frontal de la violencia entre neones en Harmony Korine (Spring Breakers, The Beach Bum), la filia videoclipera, estroboscópica y trippy de Gaspar Noé (Enter the Void, Clímax) o incluso las carreras de la saga A todo gas. Sin embargo, aun con todo ello bien presente en la propuesta de Yuri Ancarani, consigue superarlo para ofrecer algo totalmente nuevo, fresco. A eso contribuye, sin duda, el hecho de que el director sea también el encargado de gran parte de los aspectos técnicos y artísticos principales de la película: hablamos del guion, la fotografía y el montaje, realizado a cuatro manos junto a Yves Beloniak (montador, entre otras, de la France de Bruno Dumont). Su destreza en el ámbito del arte visual sale a relucir especialmente en esas impresionantes secuencias en las que la velocidad, el juego de reflejos y luces son los protagonistas. Estas no se encuentran supeditadas a la vertiente más narrativa de la película, como si de un acompañamiento se tratara, sino que reclaman un lugar equivalente, cuando no privilegiado, y Ancarani les dedica gran parte del metraje. En estas cápsulas que abren una brecha en el transcurso temporal de la película, brilla con luz propia la música de Lorenzi Senni, en colaboración con el también músico Francesco Fantini. Senni, productor y artista sonoro italiano, es reconocido internacionalmente por su particular acercamiento, grandilocuente y cinematográfico, al techno-trance. Los sintetizadores agresivos retumban en los motores de las lanchas de los jóvenes, estimulándoles e insuflándoles energía.

    Es cierto que puede pecar de repetitivo, en ocasiones, recreándose en lo epatante de dichas secuencias, lo hipnótico del vaivén de las embarcaciones, lo paradisíaco (con su correspondiente matiz de precario) del ambiente veraniego… La primera vez que lo vemos, resulta muy impactante. La segunda, cautivador. A la tercera, cuarta, quinta vez, va perdiendo efectividad. Aun así, es recomendable dejarse llevar por las sensaciones. La forma en que esos instantes se entremezclan con incursiones a la psique de Daniele, a su filosofía de vida, es muy sugerente y contribuye a introducirnos en otro universo. Quizás a esa mítica Atlántida a la que hace referencia su título, de calles sumergidas y adoración a lo acuático. En el tramo final, el filme coquetea con una cierta sobreexplicación que amenaza con hacer flaquear la abstracción moral y política que, hasta entonces, imperaba en Atlantide. Sin embargo, recupera rápidamente su embelesamiento. Los canales de Sant’Erasmo se elevan al son de la música de Senni y Fantini, ofreciendo una última secuencia de tinte caleidoscópico para el recuerdo. ⁜


    Atlantide, Yuri Ancarani
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