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    Crítica | Return to Dust / 隐入尘烟

    Y en tierra te convertirás

    Crítica ★★★☆☆ de «Return to Dust», de Li Riujin.

    China, 2022. Título original: «隐入尘烟/Yin ru chen yan». Dirección: Li Riujin. Guion: Li Riujin. Compañías productoras: Qizi Films, Beijing J.Q. Spring Pictures Company, Such a Good Film, Beijing Alibaba Pictures Culture Company, Dream Media, Hucheng No. 7 Films, Aranya Pictures, Hangzhou Qin Zi Zai, Beijing Showcase Culture Media. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Competición). Música: Peyman Yazdanian. Dirección de fotografía: Wang Weihua. Intérpretes: Wu Renlin, Christina Hai. Duración: 131 minutos.

    La cámara se mueve sigilosamente por las casas, callejones y patios traseros de un pueblo perdido en la inmensidad de la China rural. Entre interiores y exteriores igualmente humildes, captamos retazos de conversaciones; vemos a gente ir y venir de un punto al otro. Señales de vida emitidas con tanta discreción, que parece que nadie quiera llamar demasiado la atención, o también podría ser que cada persona esté intentando economizar al máximo sus fuerzas. Ir deprisa o alzar la voz, ya se sabe, es un dispendio de energía que, en épocas de vacas flacas, se puede lamentar. Y en efecto, está claro que este punto indeterminado donde hemos aterrizado, no pasa por su mejor momento. Porque si la geografía contempla el concepto de la «China vaciada», este debe estar exactamente aquí mismo. Esto sí, dicha aldea en ningún momento da pistas sobre el momento en que transcurre la acción que en ella transcurre. Las vestimentas de sus habitantes, el tipo de construcciones en las que viven, las herramientas que usan para sus quehaceres diarios… cada uno de estos elementos podría ser la reliquia viviente de un pasado ya olvidado. De hecho, incluso el digital con el que Li Riujin y su director de fotografía, Wang Weihua, se relacionan con el entorno, parece querer imitar el grano, las texturas y el sentido de la profundidad del celuloide: imágenes de ahora añoran las de antaño.

    Todo cuanto vemos y oímos se comporta como un recuerdo preservado de una vida que, a estas alturas, se da por muerta. Hasta que de repente, entra en escena un elemento que lo distorsiona todo, y que rápidamente nos devuelve a la triste realidad. Return to Dust, ahora lo sabemos, no es una recreación histórica, sino una exploración de esas comunidades que, queriéndolo o no, han quedado rezagadas con respecto a un presente que, está claro, no espera a nadie. Pero a lo mejor sí se pasa por allí para pedir un favor. Del interior de un coche que rompe el paisaje cual paradoja temporal, emerge un hombre que destaca por su arrogancia y su mal gusto en la forma de vestir. El tipo tiene que haber salido de la gran ciudad, solo puede existir allí, y sí, así es. De ahí viene y ahí lleva a uno de los dos protagonistas de esta historia, quien tiene la suerte (a lo mejor buena, a lo mejor mala) de ser el único donante de sangre compatible con un cacique instalado allí donde el —aceleradísimo— progreso ha levantado grandes rascacielos. Estas escapadas en las que literalmente se sangra al pobre campesino, marcan el cambio de capítulos de una historia que, al igual que el trabajo de la tierra, sigue los ritmos que marca la naturaleza, y que por supuesto, echa raíces donde el pasado es presente. Allí, por cierto, la comunidad se ha manifestado con una sola voz, y ha decretado que casará a dos de sus miembros desemparejados.

    Un hombre (el del grupo sanguíneo tan cotizado) y una mujer (marcada por una fuerte discapacidad física, y por la imposibilidad de quedarse embarazada) son empujados a dejar la vida solitaria a la que se habían acostumbrado, y deben aprender a vivir bajo el mismo techo. En un hogar que, para complicar aún más las cosas, todavía no existe. Return to Dust se mueve inicialmente en un contexto de pobreza extrema y de tensiones entre individuos y sociedad; una mezcla de ingredientes que muy fácilmente puede degenerar en esa sopa primordial que tanto gusta al cine de la porno-miseria. Y sí, por desgracia, en los primeros compases, Li Riujun pone la cámara allí mismo: en la mancha de orina humillante, en la cojera indisimulable… en los malos tratos con los que nos golpea la vida.

    隐入尘烟, Li Riujin.
    Competición de la Berlinale 2022.

    «El regreso pregonado en el título, se concreta no en un período, sino más bien en un lugar: una arcadia rural donde tendremos la ocasión de experimentar el descomunal estallido de júbilo que puede despertar el apenas perceptible canto de las golondrinas, o el descubrimiento de un brote verde minúsculo. Una alegría tan sencilla, tan discreta, que ninguna tempestad puede ahogarla, pues ni las lluvias torrenciales, ni los vientos huracanados ni mucho menos los bulldozers más aterradores, reparan en ella».


    Pero afortunadamente, esto no marca la tónica del relato. Al contrario, no es más que la excepción que confirma la regla. Return to Dust es, al fin y al cabo, un retrato de pareja en el que la adversidad casi siempre está presente, sí, pero donde por encima de todo, se incide en las alegrías que, de forma natural, pueden surgir en cada respiro. Motivos para sonreír que se consolidan cuando son compartidos con esa otra persona con la que, contra todo pronóstico, has logrado cultivar una complicidad sincera: un cariño sanador. Consciente de que estos buenos sentimientos solo adquieren auténtico sentido si antes han ido sedimentando en el tiempo, el director y guionista pone especial mimo en la filmación de esos procesos y liturgias que marcan su paso, de forma más o menos latente. Hasta el punto en que la ficción se asienta en las formas y, por supuesto, los tempos de cierto cine documental. El tratamiento de la imagen y el trabajo con los actores (en ocasiones demasiado inclinado al patetismo) mantiene siempre el producto en la condición de agridulce fantasía realista, pero este echa a volar irónicamente en los lapsos donde la historia queda suspendida en la observación naturalista de los rituales que nos relacionan (o devuelven-a) la tierra. Arar un campo, inundarlo, plantar semillas, solidificar y remover barro para formar, uno a uno, los bloques con los que levantar una casa donde hombre, mujer y animales vivan en calmada armonía. Trabajos que ahondan en una dimensión física infalseable, y que dignifican, pues mientras se ejecutan, nos aíslan de los males acechantes de un presente que hace tiempo que olvidó los saludables equilibrios de antes. El regreso pregonado en el título, se concreta no en un período, sino más bien en un lugar: una arcadia rural donde tendremos la ocasión de experimentar el descomunal estallido de júbilo que puede despertar el apenas perceptible canto de las golondrinas, o el descubrimiento de un brote verde minúsculo. Una alegría tan sencilla, tan discreta, que ninguna tempestad puede ahogarla, pues ni las lluvias torrenciales, ni los vientos huracanados ni mucho menos los bulldozers más aterradores, reparan en ella. Vivir al margen es vivir en paz, lejos de quienes no entienden la única verdad inamovible en este mundo; la que más importa: polvo somos y en tierra nos convertiremos.


    Víctor Esquirol Molinas |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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