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    Crítica | Incredible But True

    Una cuestión de (pérdida de) tiempo

    Crítica ★★★★☆ de «Incredible But True», de Quentin Dupieux.

    Francia, Bélgica, 2022. Título original: «Incroyable mais vrai». Dirección: Quentin Dupieux. Guion: Quentin Dupieux. Compañías productoras: Atelier de Production, arte France Cinéma, Versus Production. Dirección de fotografía: Quentin Dupieux. Música: Jon Santo. Intérpretes: Alain Chabat, Léa Drucker, Anaïs Demoustier, Benoît Magimel, Stéphane Pezerat, Marie-Christine Orry, Roxane Arnal, Lena Lapres, Gregoire Bonnet. Duración: 74 minutos.

    Esta casa en la que estás a punto de entrar viene con su propio manual de instrucciones. Pues como en cualquier otra, solo que aquí realmente hay que leer la letra pequeña. Una, dos, tres veces… las que haga falta, hasta que el cerebro crea haber captado lo que se plantea, que no es fácil. Porque lo que sucede entre estas cuatro paredes, no sucede en ningún otro lugar del mundo. Una rareza, un fenómeno paranormal, una «cosa» increíble pero cierta, y que por supuesto, y como se ha dicho, solo puede ser asimilada con un salto (¿de fe?) sin red de seguridad, y hacia no se sabe bien qué dirección. O hacia qué momento. De repente, arriba es abajo, y viceversa. Del mismo modo, mañana es ayer, ayer es mañana… y el ahora, claro, queda ahí en medio, con cara de tonto. Con ese semblante que Quentin Dupieux le arranca a Alain Chabat en sus colaboraciones, vaya. ¿Pero qué propone este nuevo pacto de convivencia? Básicamente, el extraño absurdo de una situación tan imposible, que nuestro instinto de supervivencia no sabe si abrazarla, si repelerla o si, como hace el actor citado, corresponderla poniendo los ojos como platos y sellando los labios con una mueca de desconcierto. Un neumático con poderes telequinéticos y con impulsos asesinos, una grabación desde el punto de vista de un excremento de perro, una chaqueta de piel de ciervo que es dueña de su supuesto dueño, una mosca gigante a la que, a lo mejor, se puede adiestrar para robar bancos… una casa donde las leyes que rigen el continuo espacio-tiempo actúan como las —ridículas— excepciones que las confirman. Y a todo esto, aún no hemos entrado en el meollo del asunto; en esa particularidad que distinguirá esta pieza del resto de rarezas del sello «Mr. Oizo». Ahí está parte de la gracia, y de hecho, así se ejecuta el primer gag (recurrente, por supuesto) de Incredible But True. Ahí está Alain Chabat, junto a Léa Drucker, su pareja en esta delirante ficción. Parece (porque la escena solo nos ofrece un único plano estático) que se encuentran en la consulta del médico, donde evidentemente van a exponer sus dolencias; aquello que les impide conciliar el sueño. Y allá van, ahora sí que sí, pero antes, nos ponen en situación, y contextualizan su caso, más aún, e inciden en esos detalles cruciales para que se pueda entender mejor lo que está pasando aquí… o sea, que no hay manera.

    Lo que en condiciones normales se podría resumir en apenas unos segundos, aquí toma la absurda carga de, a lo mejor, un cuarto de hora. Porque Quentin Dupieux no es normal. En Una cuestión de tiempo, por ejemplo, Richard Curtis resolvía el problema en un minuto mal contado: Bill Nighy agarraba a Domhnall Gleeson y le desvelaba el súper-poder que, generación tras generación, había corrido por la sangre de sus familiares. Esta comedia romántica tenía, por cierto, un metraje de dos horas, y casi siempre parecía que no tenía ni una milésima de segundo que perder. Con Incredible But True sucede exactamente lo contrario: en los 74 minutos que ocupa (esto es, ni hora y cuarto de duración) consigue el imposible-pero-cierto mérito de hacernos sentir que estamos perdiendo el tiempo. Por supuesto, esta conquista de lo inútil marca de la casa es una de las muchas bromas con las que se justifica el conjunto. La risa por la risa; para «echarse unas risas», claro. Incredible But True lo tiene todo para erigirse en nuevo y orgulloso monumento del cine-tontería, como sucede con prácticamente todas las películas de Dupieux. Pero, ahora en serio: ¿de qué va? Básicamente, de viajes en el tiempo, y también de penes electrónicos (literal)… y también de cómo se puede encajar tanta tontería. Léa Drucker descubre que, en el sótano de su nueva casa, hay una trampilla que lleva directamente al desván: unas escaleras que al bajarlas (o al subirlas, difícil saberlo) la llevan medio día adelante en el tiempo. Pero ojo, hay más. A todo esto, Benoît Magimel, jefe de Alain Chabat y emparejado con Anaïs Demoustier, luce orgulloso su miembro viril, ultimísima adquisición del mercado asiático; un prodigio tecnológico que ha convertido sus inseguridades masculinas en la herramienta de (auto-)placer más eficiente del mundo. Y, por supuesto, hay más: en el jardín trasero de la casa que desafía a la lógica del universo, hay un coche abandonado cuya procedencia (y ya puestos, su propósito) es un absoluto misterio. Y más: en el vecindario donde se acaban de mudar los protagonistas, un gato se escapa de su hogar con la puntualidad de un reloj suizo, a lo mejor para mandar mensajes en clave, a lo mejor para escapar de la fatalidad que se cierne sobre dicho barrio… ¿quién sabe? Dupieux se encoge de hombros.

    Por las reglas del juego propuestas (cuyo propósito parece reducirse a buscar el cortocircuito neuronal de la audiencia), Incredible But True podría ser leída en clave de respuesta temprana al último fenómeno del cine fantástico japonés: Más allá de los dos minutos infinitos, de Junta Yamaguchi, en el que el propietario de una cafetería descubría, con absoluto pasmo, que entre dicho local y su apartamento (ubicado en el piso de arriba), se podía concretar un salto de, en efecto, dos minutos. Pero si en el caso nipón había la firme voluntad de exprimir al máximo todos los elementos en escena, aquí sucede justo lo contrario. La implicación con los personajes, así como con lo que se esconde detrás de las puertas que estos van abriendo (véase el amplio repertorio de referencias que va apareciendo por el camino), es mínima. Esto podría ser una actualización de El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, o del Fausto de Goethe, o una continuación de las crónicas de la precariedad de Benoît Delépine y Gustave Kervern, o por qué no, una desviación de Button, Button, legendario episodio de aquella tardía The Twilight Zone que acabaría inspirando The Box, de momento, último largometraje que le han dejado hacer ha Richard Kelly. Pero en este sentido, y a fin de cuentas, Incredible But True no es más que el empalme de los reflejos pasajeros de cada una de estas obras pasajeras. Sucede lo mismo con los temas que Quentin Dupieux va abordando para la ocasión: el miedo a envejecer, las toxicidades de las viejas masculinidades, la obsesión, tan ilustrativa de nuestros tiempos, de reemplazar aquello que a lo mejor podría ser arreglado… y sobre todo, cómo encaja lo extraordinario en una vida gris, triste, vacía, ordinaria. El caso es que cada frente está igualmente resuelto con gags que más que corresponderse con ideas profundas, se atan a ocurrencias más o menos geniales, más o menos pueriles, más o menos olvidables.

    Puro capricho, tan irrelevante como ese coche, esa app o esa relación amorosa que tanto ansiamos… y de la que tan rápida y felizmente vamos a pasar página. Síntoma inequívoco del carácter efímero de un humor que en ningún momento oculta su condición. Incluso cuando claramente está mareando la perdiz, Dupieux lo hace con una honestidad irreprochable. Ahí está buena parte del encanto. Pocos meses después de que David Lowery llamara al gran portón de la Historia del cine con los últimos veinte minutos de El caballero verde, nos encontramos con una película que, de nuevo, decide resolver el lío en el que se ha metido prescindiendo, en el plano auditivo, de los diálogos y apoyándose en la banda sonora. Como sucedía con aquel acercamiento a la leyenda artúrica, el tiempo se acelera, pero si allí el silencio era apabullantemente grandilocuente, aquí no es más que la manera de desnudar el sinsentido por el que se ha movido (y sigue moviéndose) la función. Antes teníamos el vértigo existencial de la partitura de Daniel Hart, ahora la comicidad infantil (y por esto, pura) de la música clásica interpretada con tonos y tempos de sintetizador. Banda sonora perfecta para una película que, tal vez llevada por el desesperante frenesí de nuestra era, acepta la reproducción a velocidad x1,5 (o superior). Porque en un hilarante alarde de honestidad, admite que, en el fondo, no tiene mucho a contarnos. Porque así, el cine, consciente de cómo nos relacionamos con él ya bien entrados en el siglo XXI, se empapa del zeitgeist y se ríe de él; de nosotros: porque queriendo optimizar cada segundo de nuestra —patética— vida, estos se nos acaban escurriendo miserablemente de las manos: «Si pasas por aquí, ganarás 3 días… y perderás 12 horas»”. Qué idiota, qué brillante, ¡qué 2022! Es la tragedia de Alain Chabat, y de Léa Drucker, y de Benoît Magimel, y de Anaïs Demoustier, y de cualquier inquilino en la gran casa de Quentin Dupieux, maestro de la comedia que nos hace perder el tiempo.


    Víctor Esquirol Molinas |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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