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    Crítica | El norte sobre el vacío

    Un mito discreto

    Crítica ★★★☆☆ de «El norte sobre el vacío», de Alejandra Márquez Abella.

    México, 2022. Título original: «El norte sobre el vacío». Dirección: Alejandra Márquez Abella. Guion: Gabriel Nuncio, Alejandra Márquez Abella. Producción: Adán Pérez, Gabriel Nuncio. Alejandro Durán. Compañía productora: Agencia Bengala. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Panorama). Música: Tomás Barreiro. Dirección de fotografía: Claudia Becerril Bulos. Montaje: Miguel Schverdfinger. Reparto: Gerardo Trejoluna, Paloma Petra, Juan Daniel Garcia, Mayra Hermosillo, Raúl Briones, Dolores Heredia, Fernando Bonilla, Francisco Barreiro, Mariana Villegas, Yahir Alday. Duración: 114 minutos.

    El norte sobre el vacío, tercer largometraje de la mexicana Alejandra Márquez Abella, pretende abordar lo totémico, los conceptos discursivos básicos en la sociedad mexicana y deconstruirlos, en clave de filme de género, para aportar una perspectiva crítica dentro del contexto cultural del país. Este ambicioso ejercicio resulta a priori tan interesante como renovador, y aporta algunos aciertos que merecen ser destacados dentro de un conjunto global que, sin embargo, no está carente de irregularidades y aspectos a medio construir.

    Esta es una película sobre los límites de lo mitológico como piedra estructural de una sociedad. En este caso, el espacio alegórico que se nos presenta como prácticamente escenario único es el rancho rural de la familia de Reynaldo, el patriarca, alias «Don Rey» (Gerardo Trejoluna). Y la historia de esta casa, como toda historia fundacional, apela a una pequeña serie de lugares comunes, muy cercanos, por cierto, tanto a la literatura clásica como al antiguo testamento: la búsqueda de un nuevo hogar, la fe ciega en la interpretación de los hechos inesperados como designios casi divinos, la lucha contra los elementos, la voluntad inquebrantable, etc. El abuelo, ancestro de don Rey, se encontraba deambulando en la inhóspita región en busca de algún terreno en el que comenzar una nueva vida y prosperar. De repente, la aparición de un puma lo forzó a defenderse con su carabina Winchester, y, con un disparo in extremis y una puntería casi sobrehumana, consiguió herir fatalmente al animal. Allá adonde el puma fue a morir, el hombre decidió construir su hogar, y sobre su tumba se plantó un árbol, un naranjo, como símbolo del renacimiento. Ya el propio título apela a este contenido mitológico de manera indefectible, con una cita bíblica («Él extiende el norte sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada» de Job, 26:7) que hace referencia, dentro del contexto del filme, a lo seminal, a la creación, pero también a lo salvaje, lo hostil de este territorio en el que se halla el rancho y sus peligros circundantes.

    Coincidiendo con el aniversario de la construcción de la casona, la familia está preparando una gran celebración, mientras el patriarca, Don Rey, se encuentra de cacería con su asistenta Rosa (Paloma Petra). En la fiesta, se nos presenta cuál es la microestructura social de cada uno de los miembros de esta familia: los hombres beben y cantan en corro a viva voz música nostálgica («No te preocupes por mí / aquí todo sigue igual / como cuando estabas tú») y comparten anécdotas sobre el coraje, mientras las mujeres, en segundo plano o directamente en la cocina, se dedican a cuidar a los niños y preparar la comida. Este es un entorno, un mundo, machista, en el que la capacidad para la violencia es una virtud, como lo demuestran las decenas de cabezas de ciervo, premios colgantes en las paredes de la casa. Y es en este contexto en el que se fragua la primera parte de esta deconstrucción del mito: durante la jornada de cacería, es la servicial Rosa, paria por partida doble en esta tierra, al ser mujer y además pobre, y no el patriarca, quien consigue dar caza al ciervo que posteriormente se presenta a los asistentes a la fiesta; situación que Don Rey guardar en secreto para conservar su «honor». Como es lógico, cuando la piedra angular de este mito es la mentira, el ocaso no tarda en llegar.

    El norte sobre el vacío, Alejandra Márquez Abella.
    Panorama Berlinale 2022.

    «A pesar obtener un resultado más bien irregular, desde luego es digno de mención el esfuerzo de Alejandra Márquez Abella por poner sobre la mesa esta complejidad discursiva, tratar el machismo estructural mexicano y la lucha de clase como motores de la desigualdad, y mostrar estos temas empleando los elementos recurrentes del Western».


    La decadencia del rancho se hace evidente primero en pequeños presagios, como el malfuncionamiento del castillo infantil hinchable preparado para la fiesta; o la tardía llegada del primogénito, quien no quiere tener nada que ver ni con su padre ni con el propio rancho; y más tarde con la aparición de un peligro tangible, que enseña el rostro menos amable de los conflictos de la región. A partir de este momento, la película realiza su segunda deconstrucción del mito: dos malhechores cruzan el portón de entrada en su todoterreno, e interrumpen la celebración, amenazando a Don Rey y exigiendo el pago de una tasa de «protección». Aquí se hace evidente que la acumulación de elementos del Western no ha sido producto de la coincidencia. Márquez Abella ha decidido también reinterpretar los tropos del género —tales como la conquista de lo salvaje, la presencia de un terrible peligro y la necesidad de la unión entre los diferentes para protegerse— para hablar sobre la identidad de género, y también sobre la compleja relación entre las distintas clases sociales, los sirvientes y los patrones. Ante la presencia de esta amenaza, que crece progresivamente y acaba alzándose como inevitable, el patriarca decide quedarse a proteger lo que es suyo y a hundirse con el barco. Lo que no sospecha es que será la humilde Rosa, víctima también de la violencia y los abusos de aquellos mismos maleantes, quien se unirá a esta lucha a última hora.

    El norte sobre el vacío se presenta, pues, a medio camino entre la crónica sociocultural y la aventura cercana al Western sin acabar de sedimentarse en ninguno de los dos espacios, provocando una indecisión que además afecta a la construcción de sus personajes, a medio camino entre el símbolo —vector y el puro cliché. Parece como si su directora, en un afán de centrarse especialmente en el aparato discursivo, en tomar esta mitología y desmontarla, hubiese descuidado accidentalmente el aspecto narrativo; lo cual es un fallo considerable, pues no nos encontramos ante una película abstracta, sino una historia tangible y lineal. A pesar de todo, obtiene un resultado suficientemente digno como para mantener el andamiaje sin derrumbarse. Una puesta en escena discreta en medios, así como la labor correcta de sus actores, acaban por darle al conjunto final la solidez mínima necesaria. Y es que, a pesar obtener un resultado más bien irregular, desde luego es digno de mención el esfuerzo de Alejandra Márquez Abella por poner sobre la mesa esta complejidad discursiva, tratar el machismo estructural mexicano y la lucha de clase como motores de la desigualdad, y mostrar estos temas empleando los elementos recurrentes del Western; una valentía que demuestra que su directora no tiene miedo a la ambición.


    Luis Enrique Forero Varela |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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