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    Parábola de un gesto o cartografiando el poder en «Fundación» (Apple Tv+, 2021)

    Parábola de un gesto

    o cartografiando el poder en «Fundación» (Apple Tv+, 2021)​.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Foundation». Frontrunners: Josh Friedman, David S. Goyer. Dirección: Rupert Sanders, Alex Graves, Roxann Dawson, Jennifer Phang. Guion: Josh Friedman, David S. Goyer, Saladin Ahmed, Victoria Morrow, Leigh Dana Jackson, Lauren Bello, Marcus Gardley, Sarah Nolen, Caitlin Saunders, basado en las novelas de Isaac Asimov. Compañías: Skydance Television, Wild Atlantic Pictures, Latina Pictures. Distribución: AppleTV+. Producción: Macdara Kelleher, David Kob, Michael J. Malone. Música: Bear McCreary. Fotografía: Danny Ruhlmann, Darran Tiernan, Tico Poulakakis, Owen McPolin, Cathal Watters, Steve Annis. Montaje: Paul Trejo, Miklos Wright, Emily Greene, Skip Macdonald. Reparto: Jared Harris, Lee Pace, Cassian Bilton, Laura Birn, Leah Ferguson, Lou Llobell, Terrence Mann, Isaiah Joshua Chambers, Nikhil Dubey, Brian F. Mulvey, Daniel MacPherson, T'Nia Miller, Pravessh Rana, Kubbra Sait, Teyarnie Galea, Nikhil Parmar, Clarke Peters, Buddy Skelton, Mido Hamada, Amy Costelloe, Johanna O'Brien, Alicia Gerrard, Nikol Kollars, Jade Harrison, Geoffrey Cantor. Duración por episodio: 60 minutos.

    El hecho parte circunstancial para devenir en sustancia misma en la primera temporada de Fundación (Foundation, David S. Goyer y Josh Freidman). El gesto se sitúa al final del capítulo segundo, Preparados para vivir (Preparing to Live, Andrew Bernstein), emergiendo de la diégesis contundente, solícito de una audiencia sedienta de sangre, como si por unos instantes no estuviésemos en una fábula futurista, sino más bien anclados a una pretérita, concretamente situados en una especie de circo romano cuyo público está disfrutando de su panen et cirquense.

    El emperador de Trántor, o uno de ellos porque el poder está sustentado bajo un triunvirato clónico de Cleones, Hermano Día (Lee Pace), se erige en faro de su pueblo y vengador irrefrenable orquestando la pena máxima del espectáculo. Víctimas y verdugos se intercalan en los sucesivos planos para ser testigos directos o indirectos del efecto. El miedo y la rabia parecen sedimentados en esos instantes atroces, transformando a sus habitantes en seres pasivos, los que reciben, y en activos, los que reaccionan, produciéndose una espeluznante sinergia entre el ejecutor y los condenados, entre el poderoso y los débiles. Hermano Día es el maestro de ceremonias frente a su público, y como si se tratase del gran hermano orwelliano, organiza el show a su antojo: sobre la atmosfera de su urbe ubica los planetas, que cree culpables de un ataque terrorista, visualizándolos en suspensión, como si representasen pantallas gigantescas cuyas imágenes, tan grandiosas, son incapaces de cohabitar en el interior de un marco y expandiéndose sobre el cielo de su metrópolis, lo desbordan.

    El juicio ha comenzado, el juez dicta sentencia. El Emperador, desde Trántor, ubica a sus naves en las estratosferas de aquellos planetas y solamente tiene que realizar un sutil gesto, percutiente, transformando el giro de su muñeca derecha en un movimiento destructor, cual César otorgando la vida o erradicándola. A cada giro danzarín, su dedo índice y corazón parecen alimentar su odio y al del vulgo. El movimiento sutil alcanza su mayor proyección cuando sincroniza los rostros petrificados de los sacrificados con las risas deformantes de los testigos, como si se tratase de un auto de fe medieval, los espectadores alardean, chillan excitados con cada elemento destruido, berrean con cada muerte que ellos creen, o les han hecho creer, culpables de lo ocurrido en su apacible, ¡ilusos!, Trántor. El drama expuesto como un artificio para entretener a las masas, donde ya no importa su propia lógica ni razón, sino simplemente su finalidad misma concentrada en el visionado del espectáculo, en la manipulación de lo visto y no visto.

    Preparados para vivir termina con toda una declaración de intenciones: un código, como si fuese esa bóveda misteriosa de Términus a la que los diferentes actantes implicados intentan dar un sentido a su existencia, impeliéndonos a ir más allá de las propias imágenes partiendo de una simple señal. Ese gesto no es más que una baliza para adentrarnos en la nervadura misma de la serie, una parábola de cuyos dos puntos equidistantes uno ya ha sido establecido: el giro de muñeca del emperador de Trántor, pero ¿y el otro? Se irá refrendando, configurándose como móvil, desplazándose a la misma velocidad con la que se administra la información de la historia, es decir, paralela a la narración de Fundación. Un simple eco amplificándose a lo largo y ancho de los diez capítulos que la conforman.

    Volvemos a localizarlo en el capítulo cuarto, Barbaros a las puertas (Barbarians at the Gate, Alex Graves), cuando el Hermano Despunte (Cassian Bilton) escenifique la diferencia sustancial entre sus otros dos clones, dude de su propio ser desafiándolos, de alguna manera con algo tan puerilmente humano como el recelo, «una reacción impulsiva» como diría Demerzel (Laura Birn). El momento se refrenda con la voz en off de Gaal Dornick (Lou Llobell), la auténtica narradora de Fundación y que bien podría personificar uno de los dos puntos equidistantes de la parábola que hemos mencionado, mientras que el otro sería el de Salvor Hardin (Leah Harvey), su narratario: «Hubo una vez un hombre que acudió a Hari Seldon preguntando por su destino. Quería saber si los modelos predictivos podían reflejar el significado de su vida. Pero Hari le dijo que solo podía predecir los movimientos de masas, el destino de un solo individuo siempre será un misterio». Frente al poder omnívoro, la individualidad; frente a la masa, una persona. Hari Seldon (Jared Harris) llegará a decir que «el cambio es aterrador sobre todo para el poder».

    Hermano Despunte se encuentra en su jaula de oro, desde su balcón mira su universo en la lejanía, desde la seguridad de la distancia, parapetado en la altura, observa a sus habitantes pululando caóticamente y en ese momento vacila. Realiza un gesto similar al de Hermano Día, pero con otro sentido, los dedos de su mano izquierda están apuntando hacia abajo y sólo su dedo índice parece atreverse a sobresalir señalando, tímidamente hacia el suelo. La voz en off que oímos se solapa con ese gesto amplificando su sentido y direccionándolo, provocando un vértigo que desembocará en otro momento haciéndonos recordar ese gesto primigenio de mover la muñeca y destruir medio mundo, algo por otra parte que nos puede recordar a la teoría del caos (Edward Lorenz) y a ese aleteo de las alas de una mariposa, que produciéndose en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York. Otra variación, como si se tratase de las de Chris Marker, el momento es aterrador en el capítulo final, El salto (The Leap, David S. Goyer), cuando Hermano Día se confronta con la que cree culpable de la transformación de Hermano Despunte, Azura (Amy Tyger), y sentado frente a ella fríamente y repitiendo el mismo gesto, la dirá que todo su linaje, desde el más cercano hasta el más marginal, quedará barrido con ese giro de muñeca.

    El poder representado sin tapujos, obscenamente ubicado en esa mano, con esos dedos a punto de movilizarse, sostenido por un cruce de rostros montados en primeros planos que nos remite al resto de gestos clonados que irremediablemente nos puede hacer pensar en otro tipo de imágenes, perteneciente a otras disciplinas artísticas, a otro tipo de representaciones, a otras sensibilidades como la que suscita La creación de Adán (Fresco, 1511) de Miguel Ángel.

    Decorada sobre la bóveda de la Capilla Sixtina, el inexistente roce de manos entre padre e hijo bien podría representar otros dos puntos equidistantes; nunca se tocarán, entre la idea de paternidad (la creencia de Hermano Día sobre Hermano Despunte como figura paterna) y la de humanidad (la posibilidad del consuelo al otro). Pero si existe una manera mejor de poder escenificar ese parábola que va imbricando cada capítulo es, sin duda alguna, a través de los objetos y en concreto, a la presencia de un arco anacreonte. No tenemos que olvidar un pequeño diálogo entre Hermano Día y Hermano Despunte, contemplando El Mural de las Almas, llegando a decir el primero al segundo que «la atención en los detalles nos ayudan a mantener la paz». Lo nimio como garante de seguridad, o mejor dicho, lo sutil como guardián conservador de lo establecido.

    Aparecido en el primer capítulo, La paz del emperador (Rupert Sanders) y prácticamente finiquitando la temporada con el último, El salto, el arco se erige como figura de rocambolesca resiliencia, cuyas puntas, auténticas Alfa y Omega narrativas, hacen tensar una cuerda por donde se ha ido forjando el Pathos, como si llegasen a dibujar ese movimiento geométrico de una parábola, donde atreverse a viajar por ella o llegar a utilizar sus flechas, significaría, independientemente de su logro, la existencia de una red, de un organigrama, de poder.


    José Amador Pérez Andújar |
    © Revista EAM / Madrid


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