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    Crítica | La vida era eso

    En busca de la verdad ignorada

    Crítica ★★★★☆ de «La vida era eso», de David Martín de los Santos.

    España, 2020. Título original: «La vida era eso». Dirección: David Martín de los Santos. Guion: David Martín de los Santos. Producción: Lolita Films, Mediaevs, Canal Sur Televisión, ICAA, Smiz and Pixel. Fotografía: Santiago Racaj. Reparto: Petra Martínez, Anna Castillo, Ramón Barea, Florin Piersic Jr., Daniel Morilla, Pilar Gómez, María Isabel Díaz, Annick Weerts, Christophe Miraval, Maarten Dannenberg, Victoria Sáez, Alina Nastise, Verona Verbakel. Duración: 109 minutos.

    «Cuando no te mueves el tiempo pasa más lento. Pero luego lo recuerdas y te das cuenta de que pasa volando (…). Y en cambio, si te mueves y vas a muchos sitios, el tiempo te pasa rápido. Y luego cuando lo recuerdas te das cuenta de que en realidad pasó más lento», asegura el personaje de Anna Castillo en una reveladora secuencia de La vida era eso, la ópera prima de David Martín de los Santos —director con una interesante trayectoria en el cortometraje y el documental—, presentada en la última edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla y estrenada ahora en salas españolas. Se trata de una secuencia reveladora porque de eso va la película: de las relaciones contradictorias del tiempo, el deseo y la vida. Tanto en el fondo como en la forma, el tiempo es un elemento muy presente en toda ella, en la manera de narrar del director, en el carácter que imprime a los personajes, en sus puntos de vista y en sus historias vitales.

    Mediante un lenguaje basado en la sugestión y la contención, Martín de los Santos cuenta la historia de María y Verónica (interpretadas por unas magníficas Petra Martínez y Anna Castillo), dos mujeres españolas de distintas generaciones emigradas a Bélgica, cuyas enfermedades las hacen coincidir en una habitación de hospital del país extranjero. María es una anciana que lleva tiempo viviendo allí con su familia, con las rutinas, las ataduras y los espacios de sombra que a menudo una vida familiar estable termina implicando; y Verónica es una joven que se fue de su pueblo natal en las salinas del Cabo de Gata para ganarse la vida. En un primer momento, la anciana mira con desconfianza y desinterés a la joven, simplemente la ve como alguien de paso, un encuentro forzoso. Mientras convalecen, la televisión belga informa de los acontecimientos del 15-M. La joven le cuenta a su vecina lo que está sucediendo en su país, entiende y comparte ese hartazgo generalizado de las manifestaciones; la anciana la mira de reojo, como si esas historias ya no fueran con ella. Las distancias naturales entre ambas condicionan esa mirada, pero el azar y las cosas que de verdad importan ganarán terreno para unirlas en un vínculo tan inesperado como complejo.

    Pronto ambas mujeres irán más allá de esa lejanía primera entre ellas, dándose respuestas la una a la otra. Y ahí es donde reside la lucidez y la personalidad del director: en la manera de filmar ese acercamiento, con sencillez y sutileza, sin florituras ni golpes de efecto innecesarios, pero con sensibilidad y profundidad, llegando al fondo de los asuntos que pretende narrar. En la parte introductoria de la película ya se anticipa esa ambigüedad que hay entre las dos protagonistas, las soledades y los vacíos que por distintos motivos hay en sus historias personales. Pero como sucede con casi todas las cosas que cambian una vida, será un acontecimiento imprevisto el que pondrá en encrucijada a la anciana. Con una misión que aquí no quiero desvelar, emprenderá un viaje a las raíces de la joven, al sur del país común, una búsqueda de los orígenes del otro que terminará revelándose como propia, de la educación emocional que nunca tuvo, como un descubrimiento de la verdad ignorada sobre sí misma, de ese deseo que fue negado a las mujeres de su generación.

    La vida era eso, David Martín de los Santos.
    Una de las revelaciones del cine español.

    «Con delicadeza y belleza, el director pone la cámara en la mirada de Petra Martínez, en todo lo que dice sin decir mucho. Pero también en la presencia ausente del personaje de Anna Castillo. De ahí procede la gran virtud de La vida era eso: de la decisión de sugerir más allá de mostrar, de contar a través de los ojos, los gestos, las emociones y las palabras contenidas de las actrices protagonistas».


    A través del encuentro fortuito entre ambos personajes, Martín de los Santos plantea un interesante diálogo entre generaciones, sobre de lo que supuestamente corresponde a cada edad, lo que en realidad se desea y lo que al final la vida acaba imponiendo. Y con ello, entre el pasado y el presente, sobre el sentido de la identidad, el peso de la herencia, el recuerdo y las circunstancias vitales en ella. En su viaje por las tierras del sur, la anciana encontrará un país distinto al que tuvo que dejar atrás, al que ya solo existe en su memoria íntima, observará con extrañeza los cambios en las formas de entender la vida, las huellas que el paso del tiempo deja en los lugares y en la gente. Pero lejos de anclarse en un discurso nostálgico y facilón, con acierto, el director optará por otros derroteros menos simplistas. El pasado, los miedos y las ataduras de la anciana no desaparecerán, no se esfumarán de un día para otro eclipsados por lo nuevo (como sí sucede en muchas películas), pero ello no estará reñido con la importancia y la necesidad del presente, con la voluntad de explorar el propio deseo, más allá de moralismos edificantes. Hábilmente, con delicadeza y belleza, el director pone la cámara en la mirada de Petra Martínez, en todo lo que dice sin decir mucho. Pero también en la presencia ausente del personaje de Anna Castillo. De ahí procede la gran virtud de La vida era eso: de la decisión de sugerir más allá de mostrar, de contar a través de los ojos, los gestos, las emociones y las palabras contenidas de las actrices protagonistas. También a través de las posibilidades expresivas del espacio, del universo íntimo que evocan los lugares y los paisajes en que transcurre la acción. Con ello, se revelará así lo que, de manera velada, y en un sentido amplio, recorre toda la película: la presencia perenne de la muerte en la vida.


    Júlia Olmo |
    © Revista EAM / Madrid


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