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    Artekino 2021 (II) | Críticas: «Petit Samedi», «When The Trees Fall», «Inner Wars» & «The Last to See Them»

    ARTEKINO 2021 (II)

    Segunda crónica de la 6ª edición del Artekino Festival.

    ▼ Críticas
    «Petit Samedi», Paloma Sermon-Daï (Bélgica).
    «When The Trees Fall», Marysia Nikitiuk (Ucrania).
    «Inner Wars», Masha Kondakova (Ucrania).
    «The Last to See Them», Sara Summa (Alemania).

    ▲ «Koly padayut dereva», Marysia Nikitiuk.
    ArteKino Festival 06.

    Como comentábamos en el artículo introductorio de la sexta edición del ArteKino Festival, la realidad europea es el motor de esta entrega de este certamen virtual. Por ello, resulta imprescindible abordar la contemporaneidad del viejo continente desde el formato documental. Dos de ellos ocupan nuestra segunda crónica. Uno de perspectiva minimalista, que ahonda en la decadencia de un hombre que solo eligió malas preguntas durante veinte años. Otro, de trazo mucho más amplio, que une el movimiento feminista con la situación político-social ucraniana. Un conflicto con Rusia, una vez más, blanqueado por Occidente; la neutralidad solo es una cuestión de números. Junto a estos trabajos, nos enfrentamos a dos ficciones que intentan trascender su naturaleza genérica: un coming-of-age que se acoge a las tendencias del cine panruso y un retrato sobre la levedad de vivir cuando la mafia propone destinos. Cuatro filmes disponibles hasta el 31 de diciembre en ArteKino.

    PETIT SAMEDI

    Crítica de «Petit Samedi», Paloma Sermon-Daï, Bélgica.

    ▼ Carlos Cruz Salido.
    Puntuación: ★★★☆☆ ½.

    Quizá sea por la forma de pestañear, abriendo los ojos hasta el límite de sus órbitas; o por el ansia invencible con la que se muerde las uñas; o simplemente por esa manera errática de girar las muñecas. Ya en su primera aparición sabemos que Damien Samedi, un hombre cuarentón de aspecto amable y descuidado, está mal, aunque no será hasta una reveladora conversación con su madre en el coche —el cine de este año nos ha brindado varias de estas— cuando descubrimos que es heroinómano desde su juventud. Damien Samedi está enfermo, pero quiere curarse. A priori, podría pensarse que esta es la historia de otro Mark Renton que promete reformarse para «ir por el buen camino y elegir la vida». Nada más lejos de la realidad, puesto que Damien y su madre se interpretan a sí mismos, y Paloma Sermon-Daï, directora de Petit Samedi (2020), es su hermana e hija, respectivamente. Sin embargo, ciertas situaciones resultan demasiado propicias para ser verosímiles. Hablamos, por ejemplo, de cuando Damien desaparece durante dos días y su madre lo busca desesperada por las calles de Sclayn, un pequeño pueblo valón a orillas del Mosa cuya apacibilidad contrasta con las batallas internas que libran los lugareños. La realizadora confesó que la escena estaba, de hecho, orquestada, si bien es cierto que Damien había desaparecido verdaderamente en otras ocasiones. Pese a que la estratagema mina el valor documental del que se inviste el filme, no por ello surte menos efecto.

    Intercalando recuerdos e incluso grabaciones de la infancia del protagonista con lo penoso de su estado actual, Petit Samedi se interroga sobre los momentos en los que el transcurso vital de una persona se tuerce, perdiéndose para siempre. ¿Pueden veinte años escurrirse sin más entre los dedos de una mano? Damien y su familia parecen haber aceptado que sí, no sin antes plantear la hipótesis de que ese proceso, absurdo y exterminador, puede revertirse. Cerca del final, la madre —escudera incansable de nuestro descarriado caballero de fe— atiende a una antigua entrevista televisada de Leonard Cohen donde el cantautor discute el significado de una letra de Édith Piaf (¿es el amor lo que hace que nos amemos?) al tiempo que hace un adelanto de su próxima canción, In My Secret Life. Los versos del montrealés, ducho en las cuitas y tribulaciones opiáceas que atraviesa Damien, encapsulan sucintamente el espíritu de la película: «Sonrío cuando me enfado / Engaño y miento / Hago lo que tengo que hacer para salir adelante / Pero sé lo que está mal y lo que está bien / Y moriría por la verdad / En mi vida secreta».

    Bélgica, 2020. Título original: «Petit Samedi» Dirección: Paloma Sermon-Daï. Guion: Paloma Sermon-Daï. Compañía productora: Michigan Films. Dirección de fotografía: Frédéric Noirhomme. Montaje: Lenka Fillnerova. Producción: Sébastien Andres, Alon Knoll, Gregory Zalcman. Intérpretes: Damien Samedi, Ysma Sermon-Daï. Duración: 75 minutos.

    WHEN THE TREES FALL

    Crítica de «Koly padayut dereva», Marysia Nikitiuk, Ucrania.

    ▼ Raúl Álvarez.
    Puntuación: ★★★☆☆.

    El nuevo cine ucraniano busca una identidad lejos de las coordenadas de la cinematografía rusa, pero es inevitable que se alimente puntualmente de un imaginario que podríamos denominar panruso, por ser este reconocible y asimilable en todos los territorios que formaron primero el antiguo imperio ruso y luego la URSS. Ocurre en el debut en el largo de Marysia Nikitiuk con respecto a las imágenes de Marc Chagall. El universo simbólico del pintor ruso de origen judío inspira de manera evidente las formas poéticas de una película que narra desde una óptica necesariamente femenina las dificultades de las mujeres que viven en el campo en Ucrania. Larysa (Anastasiya Pustovit) es una joven rebelde que solo disfruta de la vida en compañía de su pequeña prima Vitka (Sofia Halaimova) y de su novio Scar (Maksym Samchyk), un delincuente de poca monta. Los sueños románticos de Larysa, inseparables de su pasión sexual, pronto se ven truncados por la desgracia y un sentido del destino muy caro a las letras rusas: el pragmatismo que se impone al corazón para, al final, rebelarse como una traición a la moral (y a Dios).

    De lo carnal (los encuentros sexuales de Larysa) a lo folclórico (las costumbres gitanas, el banquete de boda, el rito de los fallecidos), pasando por lo onírico (las ensoñaciones de Vitka y Scar), Where the Trees Fall se despliega como un lienzo en movimiento de Chagall, colorido, fabuloso y sensual, que apela al presente de la Ucrania postsoviética desde la ética y la estética de los desheredados. Como entonces, como ahora, en pinturas o en fotogramas, la única salida-escape real para muchos individuos es la que se deposita en los sueños y las fantasías que aguardan una oportunidad. Fuera de ese marco de ficción, muy bien fotografiado por Michal Englert y Mateusz Wichlacz, ni los caballos vuelan, ni las nubes son rosas, ni los árboles son rojos, ni las personas son azules. Frente a la miseria, el hambre, la tradición y el patriarcado, Larysa opone la única resistencia que cabe ante el desconsuelo: un grito, un beso y una lágrima. Cuando todo eso se apague, en su memoria seguirán frescos los higos de Chagall.

    Ucrania, Polonia, Macedonia, 2020. Título original: «Koly padayut dereva». Direccción: Marysia Nikitiuk. Guion: Marysia Nikitiuk. Producción: Solar Media Entertainment, Directory Films, Fokus In. Fotografía: Michal Englert. Música: Mykyta Moiseev. Reparto: Alla Samoylenko, Maksym Samchik, Anastasiia Pustovit, Petro Pastuhov, Mariia Svizhynska, Eugen Grigoriev, Aelita Nazarenko, Sofia Halaimova, Vadym Kovaliov, Maria Trepikova. Duración: 88 minutos.

    INNER WARS

    Crítica de «Моя вiйна», Masha Kondakova, Ucrania.

    ▼ Miguel Martín Maestro.
    Puntuación: ★☆☆☆☆.

    El feminismo era pegar tiros. 60 años de feminismo, muchas más décadas previas de luchas y pioneras para que todo se reduzca a una de esas frases rotundas pero que contienen las boutades propias de un genio como Godard, «une femme et une pistolet», porque, y parece una constante de las no ficciones de la selección de Artekino para esta edición, que los propósitos de los cineastas se convierten en un boomerang de efectos paradójicos cuando no un verdadero contrasentido. Para denunciar un machismo inherente a cualquier cultura, incluso en tiempos de guerra y en el frente, la solución de la cineasta es mostrar cómo se desenvuelven las mujeres en el frente para vender la conclusión final del producto, como si fuera necesario, al menos no para los ojos que valoran estas realidades en este escrito, señalar que una mujer es igual de capaz que un hombre para disparar un fusil automático o un lanzacohetes. Demencial si no fuera triste.

    En su poco más de una hora la cineasta sigue a tres combatientes ucranianas «de las buenas». Subrayo la ironía porque el elemento panfletario y propagandístico no se pierde en ningún momento, algo bastante común desde que Loznitsa perdió su equlibrio en las imágenes y pretende siempre culpar a alguien de la realidad de su país. El discurso externo que trata de ofrecerse de la Ucrania antirrusa como paradigma de la libertad y los derechos individuales choca frontalmente con la historia, y, sin ir más lejos, con la estética parafascista de alguna de las combatientes que ahora se nos muestra. Si el relato no es objetivo, porque parte de la premisa de que sólo un bando tiene razón y tiene derecho a expresarse, y la reivindicación feminista se une a la capacidad de matar por parte de las mujeres y no de construir un futuro más dialogante, el propósito de la película es un auténtico mazazo para la esperanza.

    Fílmicamente la película se acerca más al reportaje periodístico de corresponsal en tiempo de guerra que al intento de construir cualquier tipo de diálogo visual atractivo. No hay intención de hacer una obra artística sino de reflejar una realidad con unas cartas muy marcadas de antemano, como si la no ficción tuviera que seguir un guión férreo del que no hay que salirse. Hasta cuando la mujer desobedece la injusta orden del mando masculino lo hace para presentarse en la primera línea del campo de batalla y huir de la retaguardia. La desobediencia al servicio de las armas es más justificable a ojos de la cineasta que, evidentemente, participa de manera activa en las razones de lo que filma, mejor una mujer en la trinchera que trabajando por, y desde, la paz.

    Ucrania, Francia, 2020. Titulo original: «Моя вiйна». Dirección: Masha Kondakova. Guion: Yana Ponomarenko, Masha Kondakova, Maxime Pozzi-García. Fotografía: Serhiy Stetsenko. Edición: Maxime Pozzi-García. Música: John Bautmans. Productores: Julien Berlan, Volodimir Filippov. Duracion: 68 minutos.

    THE LAST TO SEE THEM

    Crítica de «Gli ultimi a vederli vivere», Sara Summa, Italia.

    ▼ Ignacio Navarro Mejía.
    Puntuación: ★★☆☆☆.

    La ópera prima de la joven cineasta Sara Summa es esta historia minimalista sobre los cuatro miembros de la familia Durati, de tradición agrícola y residente en un paraje casi desértico del sur de Italia. El metraje abarca su último día de vida, ya que, como anuncian los rótulos introductorios, esa noche fueron todos ellos asesinados. El crimen queda fuera de campo y, más allá de ese anuncio, solo unas periódicas transiciones de la carretera que conduce a la casa familiar auguran la tragedia. Y es que estos contados planos se caracterizan por una música entre dramática y alertadora, con una ausencia de sonido ambiente, en contraste con la cotidianeidad plana del resto del metraje. No estamos por tanto ante un relato de terror, ni siquiera un thriller, aunque tampoco es un drama al uso, porque apenas se ofrece un esbozo de los conflictos de los personajes. Es verdad que los cuatro están bien definidos, si bien con elementos básicos, pero no se asiste a ningún tipo de evolución, ni apenas se suscita interés sobre lo que está aconteciendo. Se supone que ese interés, o esa tensión, ya vienen dados por el final fatal que conocemos, pero cuando se conoce a priori el desenlace de una historia, ya no importa tanto el qué sino el cómo, y aquí ese cómo es anodino. Tampoco la técnica enfatiza ningún aspecto adicional: por momentos el montaje juega con las perspectivas, repitiendo escenas desde distintos puntos de vista, lo cual podría interpretarse como una forma de desconexión entre personas que por sangre conviven juntas pero que poco tienen que ver entre sí. Sin embargo, ese montaje no es coherente, no solo por abandonar de repente esa intención, sino por pecar de defectos básicos, como un solitario y pronunciado salto de eje en una conversación determinada, que, al ocurrir solo en esa escena, no distinguible de ninguna otra, no obedecería a ningún tipo de desconexión metafórica. En fin, los diálogos carecen de espontaneidad, al igual que los personajes que los emiten, que parecen ir de un sitio a otro y decir una u otra cosa como marionetas. De nuevo, esto podría interpretarse como reflejo del aciago destino que se cierne sobre ellos, pero el problema es que no hay una armonía entre ese fin y lo que vemos realmente. Por todo ello, el desinterés del meollo dramático no queda compensado por un marco que, al fin y al cabo, parece ajeno a la historia que se nos cuenta.

    Alemania, Italia, 2019. Título original: «Gli ultimi a vederli vivere». Directora: Sara Summa. Guion: Sara Summa. Producción: Deutsche Film- und Fernsehakademie Berlin (DFFB). Presentación: Festival Internacional de Berlín 2019. Fotografía: Katharina Schelling. Montaje: Sara Summa. Música: Ben Rössler. Dirección artística: Camille Grangé. Vestuario: Gabriella Martino. Reparto: Canio Lancellotti, Barbara Verrastro, Pasquale Lioi, Donatella Viola. Duración: 79 minutos.

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