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    Crítica | París, distrito 13

    Frío en el cuerpo

    Crítica ★★☆☆☆ de «París, distrito 13», de Jacques Audiard.

    Francia, 2021. Título original: «Les Olympiades». Director: Jacques Audiard. Guion: Jacques Audiard, Léa Mysius, Céline Sciamma, basado en una historia de Adrian Tomine. Producción: Page 114, Why Not Productions. Fotografía: Paul Guilhaume. Reparto: Noémie Merlant, Stephen Manas, Geneviève Doang, Lumina Wang, Camille Berthomier, Makita Samba, Line Phé, Lucie Zhang, Pol White, Lily Rubens, Anaïde Rozam, Rose Harlean. Duración: 106 minutos.

    Son unos cuerpos los que, cansados de mirar, trepan lentamente las escaleras. Cuerpos que contra el afilado hormigón se mueven a punto de romperse: a veces hay piedra en los huesos, un cansancio molido hasta convertirse en polvo de ser. Ser joven en un suburbio parisino es tanto un acto individual como resignación colectiva. Acto individual de vivir, pese a todo. Resignación colectiva de esperar la muerte, aunque venga en formas tan simbólicas como matar fotos de desnudos en una app. Si existe un dolor que conecte a toda una generación, es un tipo de dolor que es entraña, tripa y víscera: hondo, latente y sintiente. Piensen en la rutina de no saber acabar el mes, en la certeza de que mirar atrás siempre será un acto de envidia por el pasado: madurar es sentir una punzada enquistada en el estómago. Cuanto más se espera salir de ahí, más se clava.

    Claro, existe el amor o, mejor dicho, el afecto inmediato de desconocidos y desconocidas que juren conocer el cuerpo ajeno como el propio. Mentiras que crecen como musgo por dentro hasta endurecer un poco más el sentimiento: la necesidad de desear y follar hasta que las palabras no consuelen y sean una dentera, un escalofrío provocado por sentimientos que enfermaron muy hondo. El deseo y el afecto como placebos, pero los cuerpos siguen esperando, cansados de mirar. París, distrito 13 es una colección de todos esos instantes con los que Jacques Audiard, en estrecha colaboración con la colaboración de Céline Sciamma, intenta reconciliar el acto individual con la resignación colectiva. Un retrato generacional de tres personajes que hacen equilibrios con sus anatomías para no terminar de romperse del todo. También es una de esas películas en las que podrán reconocerse en un pequeño gesto, en una rutina que vieron a otra persona o se abismarán pensando en qué fue de aquella persona que una vez fue amiga de su vulnerabilidad y ahora es hostil, ajena a su intimidad. Son esos instantes los que Sciamma sublima simplificando la nebulosa de un sentimiento en el poso de un vaso de un vino en una fiesta cualquiera. Así, con un goteo de estampas generacionales tan reconocibles como irreconocibles, Audiard planea un dispositivo en el que la empatía y la fragilidad persiguen articular una narración que, cuando se aleja de la convalecencia de sus personajes —ya saben, esas cicatrices que nunca se abrirán y seguirán escociendo— y se acerca a la recuperación de los mismos —lo saben, todas esas heridas que nunca cerraron, pero que sanan—, encuentra una forma un tanto sutil, inocente e ingenua de acariciar el contorno roto de un ellos, un nosotros, un yo.

    Blanco y negro, un guiño al mumblecore como género que narra las miserias generacionales y las esperanzas atrapadas en susurros que tensan los músculos y bastante cariño son los instrumentos que tratan de construir este retrato de individuos colectivos. Sin embargo y, por desgracia, París, distrito 13 es una película de jóvenes que no le hacen sentir a uno viejo. Un afectuoso conservadurismo en el que pueden reconocerse todos los impulsos, estímulos y querencias de un presente que nadie recordará. Mejor formulado, Audiard y Sciamma crean un tipo de película reconocible y estandarizada en su vitalismo, en la que las expectativas de su discurso casan perfectamente con sus intenciones. Una estandarización expresiva en la que toda polisemia afectiva, analítica y receptiva queda reducida a un significado tan bien mimado como sumamente conservador: love conquers all, el amor nos salvará, aunque ustedes saben que no. Los cuerpos seguirán esperando a la oscuridad, temblando de frío dentro de los abrigos, con el agotamiento tras el amor que parecía eterno pegado al cuerpo. Sí, podemos sucumbir a los artificios expresivos de la película, pero siempre es más interesante cuando el esfuerzo de adivinarlos recae sobre el espectador. Todo cuanto se ve se abre, sincera y predeciblemente, a un conservadurismo emocional de cierta belleza, pero con un objeto fílmico que se siente como una huella de huellas: todas esas imágenes ya estaban ahí.

    Les Olympiades, Jacques Audiard.
    Película inaugural de la 18ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla | Sección oficial de Cannes.

    «París, distrito 13 es tan vitalista y esperanzadora, como ingenua y conservadora. Ese factor, en tiempos donde la tristeza y el fracaso empiezan a ser reconocidos como presencias necesarias, esconde un autoengaño que se filma, se expresa y se concreta en una película demasiado cerrada para sentirse joven».


    El espacio filmado no deja mucho hueco para que la identificación con esos retratos generacionales vaya más allá de aceptar la producción discursiva de la película. Muchos asentirán con la cabeza al ver esos cuerpos iluminados por el deseo, el amor, la autoestima, el recuerdo, pero ¿qué hay más allá de eso? Podrán estar de acuerdo en que la tristeza siempre viene después: un bulto al final del pasillo que trae recuerdos, repicando y destellando. No esperen ese gris, ese intersticio vital necesario para tener miedo a querer y tener que vencerlo. París, distrito 13 es tan vitalista y esperanzadora, como ingenua y conservadora. Ese factor, en tiempos donde la tristeza y el fracaso empiezan a ser reconocidos como presencias necesarias, esconde un autoengaño que se filma, se expresa y se concreta en una película demasiado cerrada para sentirse joven.

    ¿Qué queda? El rastro de esos buenos momentos. Tres historias de cuerpos heridos, ¿qué hay más allá? No parece interesar ni a Audiard ni a Sciamma, demasiado conservadores para atreverse a imaginar qué pasa cuando los jóvenes sí saben lo que quieren. Qué hay más allá de la confusión, la duda, la indeterminación; porque sí, ser joven también consiste en descubrir certezas, por dolorosas que sean. En darse cuenta de que los ojos de esa persona ahora miran a otra persona, que quienes fueron amados pueden existir más allá de las imágenes en las que los imaginamos. No esperen esa dolorosa certeza aquí, tan solo algo de indulgente belleza y los espasmos del cuerpo cuanto se represente ese sentimiento y vuelva a enredarse en su recuerdo.

    || Anexo: Crítica de París, distrito 13 desde el Festival de Cannes.


    Javier Acevedo Nieto |
    © Revista EAM / 18ª edición del Festival de Sevilla


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