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    Crítica | Vaca

    || CRÍTICAS | ★★★☆☆
    Vaca
    Andrea Arnold
    Disney no enseña estas cosas


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    Reino Unido, 2021. Título original: «Cow». Dirección: Andrea Arnold. Guion: Andrea Arnold. Fotografía: Magda Kowalczyk. Montaje: Nicolas Chauderge, Rebecca Lloyd, Jacob Secher. Sonido: María Carolina Santana, Raphael Sohier. Música: Simon Astall. Productor: Kat Mansoor. Producción ejecutiva: Maxyne Franklin, Rose Garnett. Compañías productoras: BBC Films, Halcyon Pictures. Presentación oficial: Festival de Cannes 2021 (Cannes Premières). Duración: 94 minutos.

    Cómo coloquemos dos imágenes sucesivas marca el sentido del relato. Si vemos a un ternero que es separado de la madre y, a continuación, el siguiente plano enfoca a esa vaca recién parida comportándose de manera nerviosa, mugiendo, o moviéndose de un lado a otro del recinto donde está estabulada nuestra mente va a asociar rápidamente el mensaje y va a caer en las redes del montaje. Lo sabía Kuleshov; también cualquier cineasta. El medio es el mensaje, decía MacLuhan, pero tengamos cuidado en no caer en el mensaje como medio. Cow de Andrea Arnold es una película que hay que acoger con distancia para no dar por buenas todas las interpretaciones intuitivas que obtengamos simplemente como consecuencia del orden de las secuencias. Si el proceso de rodaje ha durado cuatro años, por el camino ha quedado mucho material descartado, pero seguro que también se ha descolocado mucho del utilizado para conseguir la historia deseada. El fin que se pretende está claro, desde el primer minuto hasta su brutal, y real, conclusión. La eficacia es más cuestionable salvo si lo que se pretende es reflejar a los animales, las vacas en concreto, como animales con capacidad de sentir. Ahí sí acierta plenamente, lo demás lo sabemos, lo conocemos, pero no queremos combatirlo porque es economía de mercado.

    No entiendo la película como un alegato vegetariano (palabra que ahora hay que sustituir por vegano parece ser), sino que el remolino y mal cuerpo que termina generando a fuerza de acumulación busca la empatía con esos animales tratados como meras piezas de una fábrica y que sirven mientras producen, ya sea leche o terneros. Acabado el ciclo vital útil pasan al sector de los consumibles empresariales y se sustituyen por otros nuevos que entrar a formar parte de la cadena de montaje sin formar parte del inmovilizado empresarial. El uso de la cámara que plantea Arnold no difiere en gran medida de cómo se maneja la directora en el cine de ficción. La directora británica siempre ha buscado la mirada de sus personajes, sobre todo y por encima de todo, mujeres, y ha colocado la cámara a la altura de sus vivencias. Aquí también lo hace y eso obliga a bajar el punto de vista desde el que observamos el mundo rutinario, y hasta esclavizado, de una vaca, y descendiendo aún más cuando la filmación se dirige hacia el mundo de los más jóvenes ejemplares de la granja. Seguir el día a día se acerca más a la metáfora de «vaca mirando pasar un tren» que a una película de acción, pero en el simple paseo de una vaca desde su cajón hasta el recinto de ordeño bajo el ritmo de un vals hay mucha más crítica que en cualquier discurso político contra las macrogranjas. Para producir más también los nazis recibían y despedían a los presos a los sones de las improvisadas orquestinas judías.

    Si Gunda era el lado amable, divertido y hasta simpático del mundo de una granja modesta, Cow es una mirada hacia el mundo industrial de la cabaña ganadera que se permite espacios de ensoñación e impresionismo cuando los animales alcanzan un momento de semilibertad abandonando el establo de reducido espacio por una noche en el prado. Es como el permiso carcelario del condenado a muchos años de prisión, probar la hierba fresca en vez de la alfalfa seca o cosas peores. Como la última cena anticipada del condenado a muerte. No conviene engañarse ni con una visión ni con otra, más digerible la de Kossakovsky y más brutal y sucia la de Arnold, pero ambas conducen al mismo fin, que nadie cría animales para mantenerlos con vida más allá de su periodo productivo, y nadie quiere terneros o lechones si hay excedente. Los procesos mecanizados y de estándares de salud, reproducción, alimentación, sacrificio de las vacas de Arnold hacen daño a cualquier espectador con un mínimo de sensibilidad. Si la película empieza con un parto en primer plano ya sabemos que el estómago ha de prepararse para lo que tenga que venir a continuación. No conviene bajar la guardia, las miradas de estos animales a cámara, incluso sus acometidas más que justificadas, revelan esa condición sintiente de los mamíferos. Nuestro grado de empatía puede chocar con nuestro compromiso alimentario. Si siempre se comió carne pero nunca hubo un consumo como el presente, un grado de contaminación procedente de esta industria como el de ahora ni un volumen de la cabaña ganadera como el que existe hoy, el debate no tendría que ser carne sí o carne no, sino qué carne y cuánta puede producirse respetando un mínimo confort para los animales y pensando en la salud global del planeta. ⁜


    Cow, Andrea Arnold
    Presentada en el Festival de Cannes 2021.

    Miguel Ángel Onoda
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