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    Crítica | The Taking

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    Crítica ★★★☆☆ de «The Taking», de Alexandre O. Philippe.

    EE.UU., 2021. Título original: The Taking. Director: Alexandre O. Philippe. Guion: Alexandre O. Philippe. Productores: Felix Gill, Robert Muratore, Kerry Deignan Roy y Cathy Trekloff. Productora: Exhibit A Pictures. Fotografía: Robert Muratore. Música: Jon Hegel. Montaje: Dave Krahling.

    Después de indagar en la mitología que rodea la figura de George Lucas, el cine zombi y los orígenes de Alien (Alien, Ridley Scott, 1979) y El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973), el director y guionista Alexandre O. Philippe dirige su atención hacia otro mito cinematográfico, Monument Valley. El emblemático paisaje de Utah que en el imaginario cinéfilo se asocia al western y, en concreto, al cine de John Ford, inspira un trabajo documental que estudia cómo ha sido representado en el cine y la publicidad este lugar y qué significado tiene para los norteamericanos. La pregunta que surge a priori en el contexto de Sitges es qué hace una obra de estas características en un festival dedicado al fantástico. La respuesta es evidente a los pocos minutos de metraje; se trata de una película de fantasmas, magnífica además por controvertida. El mitólogo John Bucher, uno de los especialistas que participa en el filme, verbaliza el subtexto espectral de The Taking cuando, al referirse al Oeste, afirma con sarcasmo: «El público está acostumbrado a no querer la verdad, no quiere la verdad. No quiere que se le despierte de ese mito».

    Sobre esta tesis que entiende los mitos como dulces mentiras protagonizadas por fantasmas del pasado levanta Philippe una cinta habitada por voces e imágenes de otros tiempos y otros espacios. Hasta tres dimensiones fantasmagóricas coinciden en The Taking. En primer lugar, la del propio Philippe y sus colaboradores, expertos en historia cultural de Estados Unidos, antropología, comunicación y cine que reverberan en off sobre la película como un eco ambiguo e incesante. Perturba no ver a quienes nos hablan ni saber qué autoridad se arrogan. Solo en los títulos de crédito finales les ponemos cara gracias a unas fotografías en blanco y negro, recurso que no hace sino aumentar su condición de presencias ausentes. En segundo lugar, la del western como género que romantizó la conquista del Oeste, y cuyo espíritu se invoca principalmente mediante las películas de John Ford. Y, en tercer lugar, la del pasado ancestral de Monument Valley, en cuyas rocas son aún visibles las huellas de los hombres y mujeres que vivieron allí hace miles de años.

    Cada uno de estos planos espaciotemporales funciona como vector de pensamiento en torno al pasado y al modo en que este se recrea en imágenes, ya sean de películas, anuncios publicitarios, fotografías de turistas o vídeos en redes sociales. En síntesis, el mundo y su representación, cuestión antigua en la teoría de la imagen. Philippe se centra en Monument Valley, pero su discurso valdría también para cualquier otro lugar icónico, dentro o fuera de Estados Unidos, cuya interpretación visual privilegia una significación, un sentido, un punto de vista, y, por tanto, es más valioso por lo que oculta que por lo que muestra. Conmueve, por ejemplo, el contraste entre la grandiosidad que le confiere John Ford al valle como escenario de supuestas hazañas del hombre blanco contra los indios, y las míseras condiciones de vida que sufrían los navajos que trabajaban en las minas locales o como extras en westerns; muchos de ellos asalariados en la productora de Ford. Lo apuntan las críticas vehementes de Liza Black y Jennifer Nez Denetdale, dos historiadoras de origen indio cuyos comentarios invitan a repensar el simbolismo de Monument Valley desde la perspectiva de su pueblo, hoy todavía encerrado y sometido en sórdidas reservas.

    The Taking (2005), Alexandre O. Philippe.
    Sitges Documenta.

    «Sobre esta tesis que entiende los mitos como dulces mentiras protagonizadas por fantasmas del pasado levanta Philippe una cinta habitada por voces e imágenes de otros tiempos y otros espacios. Hasta tres dimensiones fantasmagóricas coinciden en The Taking».


    Pero también, cuidado, la aparición de John Ford en una serie de imágenes de archivo rescatadas de la conocida entrevista que le hizo Peter Bogdanovich en el set de rodaje de El gran combate (Cheyene Autumn, 1964). Los extractos elegidos de este encuentro, en los que el director contesta con monosílabos cada cuestión que se le plantea —«No», «Quizás», «Posiblemente»—, pretenden desmitificar la figura de este creador de mitos, quizá el más importante del cine clásico norteamericano, para poner en evidencia la distancia entre la realidad de unos hechos y un lugar —la conquista del Oeste y Monument Valley— y la problemática de su representación en el cine. Esta es una de las líneas maestras de The Taking y, en un marco más amplio, de la trayectoria como cineasta de Philippe, que en cada uno de sus trabajos se esfuerza por enfrentar mito y verdad, en la convicción errónea de que ambos tipos de narración, pues eso son, en definitiva, están enfrentados.

    La jugada le sale mal porque cualquier cinéfilo que conozca esa entrevista sabe que fue una de las pocas ocasiones en que Ford se abrió a hablar de sí mismo y de su obra, y no en todo momento con la parquedad de palabras que se sugiere en este documental; sus respuestas están descontextualizadas, así de simple. Por encima incluso de esta razón, porque Philippe confunde hacer cine con escribir Historia, un debate ya superado, y en última instancia no puede negar el valor expresivo de las imágenes de Ford. Ni él ni nadie. Cuando se recurre a los finales de El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962) y Centauros del desierto (The Searchers, 1956) para señalar la idealización de la conquista del Oeste, Philippe en realidad le está dando la razón a Ford. No se trata de representar fielmente el pasado sino de vivir hora y media en el desierto, y creérselo. En este sentido es valiosísima la lectura que de su cine propone el cineasta y filósofo Michele Salimbeni, que apunta con acierto el inmenso talento del director irlandés para sacar partido a una localización de la que solía filmar un área de apenas cuatro kilómetros cuadrados.

    Que el público no quiera saber la verdad sobre un hecho es muy discutible por varios motivos. Pensemos sin ir más lejos en cómo se ven hoy unas películas concebidas con la mentalidad de hace setenta años. ¿Algún espectador sensato piensa que ese cine pinta un retrato veraz de una parte de la historia de Estados Unidos? Es más, ¿lo pensaba el público de entonces? Lo espinoso de la idea de Bucher y otros especialistas consultados por Philippe radica no obstante en la equiparación de los mitos con la propaganda política —se dice literalmente en el documental—, y esto no siempre es así. No hace falta recurrir a Jung, Kerenyi o Campbell para desmentirlo. Tan solo es necesario ver cómo termina The Taking para entender que hay otro tipo de verdad en los mitos, en las imágenes: la verdad de la poesía. El último trabajo de Philippe se olvida incomprensiblemente de su objeto (Monument Valley) para criticar a un sujeto (John Ford) cuyo fantasma sigue abriendo y cerrando la puerta a la vida.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Sitges Film Festival


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