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    Crítica | So she doesnt' live

    De la sinécdoque, de la sangre

    Crítica ★★★★★ de «So she doesn't live» de Faruk Loncarevic.

    Bosnia Herzegovina, 2020. Título original: «Tako da ne ostane ziva». Director: Faruk Loncarevic. Guion: Faruk Loncarevic. Productores: Rusmir Efendic y Faruk Loncarevic. Director de fotografía: Alen Alilovic. Montaje: Faruk Loncarevic y Redzinald Simek. Intérpretes: Aida Bukva, Dino Sarija, Enes Kozlicic, Aleksandar Seksan. Duración: 90 minutos.

    Resulta complejo trazar la parábola de un cuerpo que se arrastra por la espesura de un bosque a punto de morir. Resulta complejo saber qué se hace con la cámara para retratar o para sugerir ciertos acontecimientos (un genocidio, diríamos, pero también un asesinato descarnado), o si se puede hacer algo, o si quizá sería más sensato dejar al cine en una especie de silencio anonadado. Abrir ciertas puertas a la mirada –en ese movimiento difícilmente soportable que va de El manantial de la doncella (Jungfrukällan, Ingmar Bergman, 1960) a Irreversible (Gaspar Noé, 2002)— propone una suerte de viaje de no retorno que exige mirarse a partir de sus aristas. Bergman, por ejemplo, explora mediante la violencia todo un pasaje teológico que a ratos se quiere lección sobre la tolerancia religiosa y a ratos delirio místico. Noé, por su parte, parte de una violación para acabar desplegando una salvaje ontoteología fracasada que, en su ascensión hacia las estrellas, acaba explotando contra toda la problemática del tiempo. Loncarevic toma una dirección similar, donde las costuras entre el conflicto de los Balcanes y el asesinato machista forman una especie de espejo, de resonancia, de envés en el que se escribe, de manera extrañamente clara, lo que el espectador intuye prácticamente desde el comienzo: que en los marcos sociales siempre cabe espacio para más violencia, que ni siquiera una guerra pone el punto final al ciclo de homicidios, que los tiempos de paz amamantan también sus monstruos y que, en definitiva, el gesto salvaje –el apuñalamiento, el ensañamiento, el insulto— siempre cotizan alto en la inmensa cotidianeidad de los pueblos. Con semejantes mimbres, no es de extrañar que la película acabe de alzarse con la Palmera de Oro en la edición número 36 de la Mostra de València – Cinema del mediterrani.

    Loncarevic contrapone irónicamente la imposibilidad misma de la justicia. Un criminal de guerra condenado a una pena máxima de 40 años coleccionando esqueletos y cadáveres descuartizados y violados a su alrededor. Dos macarras de pueblo condenados, probablemente, también a 40 años por el asesinato de una única mujer. La diferencia, claro, es que los crímenes de Srebrenica o de Sarajevo quedan fuera de campo, mientras que ese único cadáver femenino, esa única mujer que se arrastra por el bosque agónicamente, ha sido contemplada por el espectador durante enormes, interminables, asfixiantes minutos en plano fijo. Contraposición irónica, decíamos, porque estalla ante nosotros la imposibilidad de darle justicia a otro cuerpo, de transponer castigo y culpa, crimen y resarcimiento, prisión o memoria. Un cuerpo es un cuerpo, y su destrucción, como señala de alguna manera la tradición teológica occidental, es siempre la destrucción del cosmos entero, del futuro entero –eso estaba, por cierto, también escrito en Irreversible, si bien muchos de los detractores de la película no quisieron verlo.

    Todo podría ser el pequeño gesto de la masacre cotidiana si Loncarevic no fuera al mismo tiempo lo suficientemente sutil e inmisericorde como para apuntar a ese limbo en el que la atrocidad cotidiana acaba por devenir lección histórica. En esa dirección puede que So she doesn´t live sea una película realmente relevante en todos los procesos de replanteamiento histórico que estamos viviendo en Europa y en los que comparten ecos de diferentes tamaños y profundidades películas tan diferentes como Quo Vadis, Aida? (Jasmila Zbanic, 2020), Zana (Antoneta Kastrati, 2019) o Madres paralelas (Pedro Almodóvar, 2021). Dando extraños bandazos entre lo más pequeño y lo más grande, entre el antes y el después de la catástrofe, levantando con gesto incrédulo los trapos y los despojos que arroja el viejo ángel de la Historia, el cine sigue –como ya dejó apuntado Didi-Huberman— en su imparable reflexión sobre nuestro tiempo. No es el lugar para desarrollarlo, pero al hilo de una cinta como So she doesn´t live merece la pena dejarlo, al menos, apuntado: se equivocaba Godard cuando afirmaba que el cine había fallado a su cita histórica por no haber comparecido en el momento del genocidio nazi. Si aquello fue un error, desde entonces, el cine no ha dejado de ocupar una primera fila en su compromiso ético con las víctimas, al menos en Europa y en Latinoamérica, desde la segunda mitad del siglo XX.

    Tako da ne ostane ziva, Faruk Loncarevic.
    Película ganadora de la 36ª edición de la Mostra de Valencia.

    «So she doesn´t live es toda una posición frente a las imágenes absolutamente escandalosa, inquietante, atravesada de dolor, metaforizante y retadora».


    La diferencia entre las cintas citadas y So she doesn´t live es, precisamente, como señalábamos antes, que no trata de elidir la violencia con elipsis como hacían Zbanic o Kastrati, ni hacerla encajar en una supuesta trama «actualizada» con todos los lugares comunes de la túrmix ideológica del momento como le ocurre a Almodóvar, sino muy al contrario, que realiza un cortocircuito mucho más chocante: en lugar de mostrar la violencia explícita del conflicto bélico genera una suerte de sinécdoque audiovisual donde la mostración de un único gesto atroz debe condensar y responder por todos los demás. Y lo hace, además, con un lenguaje audiovisual contenido: planos fijos de composición generalmente frontal, disposición inmisericorde del tiempo interno, extrañas fracturas en el funcionamiento narrativo de los personajes. Casi todo queda sugerido, salvo lo más evidente, aquello que está escrito en el propio título: que ella fallece, que ella es la víctima de una espiral descontrolada de gestos demenciales que se conjuran a su alrededor, que ella es el agujero negro sobre el que orbita toda la estructura del filme.

    Ciertamente, esta disposición formal no sorprenderá demasiado a los que tengan cierto interés por las estéticas audiovisuales de la violencia –ahí está, de manera inevitable, la conexión con el cine de Ulrich Seidl y también, creo, ciertas disposiciones en el montaje que remiten a la obra de Haneke—, si bien aquí hay algo que parece retrotraernos de manera inquietante a los propios orígenes del montaje arcaico. Cada uno de los planos parece casi arrojado sobre el anterior, como si Loncarevic buscara olvidar conscientemente las normas de continuidad o, en el límite, las propias posibilidades narratológicas del gesto mismo de montar. Así, por ejemplo, raros son los cortes que mantienen una continuidad de espacio o de tiempo, y cuando llegan –por ejemplo, en la propia secuencia del asesinato—, suele ser más bien porque cada uno de ellos guarda, en su interior, uno o varios gestos absolutamente envenenados que nos atraviesan precisamente por el choque entre composición y estatismo. En un momento determinado, por ejemplo, uno de los asesinos se vale de la ventanilla del coche para hacer un reencuadre del rostro amoratado de su futura víctima, generando una especie de cortocircuito significante donde la propia disposición del plano –la oscuridad frente a la luz, los puntos de fuga, la angustia que emana del diseño de sonido…—, cristalizan en un espectáculo puramente aterrador.

    So she doesn´t live es, por lo tanto, toda una posición frente a las imágenes absolutamente escandalosa, inquietante, atravesada de dolor, metaforizante y retadora. Podría ser Europa entera si tuviéramos los redaños suficientes como para aceptar lo que ahí queda escrito, si bien nos parece evidente que no tendremos tanta suerte y que deberemos volver, una y otra vez, a recorrer la misma espiral y a buscar nuevas maneras de mostrar lo mismo. Por el momento, el hecho mismo de que una cinta de este calibre sea premiada y exhibida en nuestro país ya da buena cuenta de que el proyecto humanista del cine, tomado en toda su complejidad y con todos sus problemas, sigue en marcha.


    Aarón Rodríguez Serrano |
    © Revista EAM / Castellón


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