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    Crítica | The Souvenir. Parte II

    Ficción al rescate

    Crítica ★★★★★ de «The Souvenir. Parte II», de Joanna Hogg.

    Reino Unido, 2021. Título original: «The Souvenir. Part II». Dirección y Guion: Joanna Hogg, Laurent Cantet, Samuel Doux. Productores: Ed Gwyney, Joanna Hogg, Andrew Lowe, Luke Schiller, Emma Norton. Productoras: BBC Films, BFI Film Fund, Element Pictures, JWH Films, Protagonist. Productor: Martin Scorsese. Distribuidora: A24. Fotografía: David Raedeker. Montaje: Helle le Fevre. Diseño de producción: Stéphane Collonge. Reparto: Honor Swinton Byrne, Tilda Swinton, Harris Dickinson, Joe Alwyn, Charlie Heaton, Richard Ayoade, Ariane Labed, Amber Anderson, Tosin Cole, Jack McMullen, Frankie Wilson, Jaygann Ayeh, Alice McMillan, Byron Broadbent, Grace Hancock, Gala Bernal. Duración: 107 minutos.

    Bajo la luz blanquecina, el rostro de Julie (Honor Swinton Byrne) luce mortecino, blando como los pétalos de las orquídeas que adornan su jardín. Quieta y deslumbrada por los rayos que se posan sobre todas las cosas, así como extrañada e incapaz de apartar los ojos del sol, cualquiera diría que la joven se marchita, muere lenta e irradiada. En las puertas de la depresión, contempla el mundo que dispuso y arrebató a su amante, Anthony (interpretado en la primera parte por Tom Burke). Su aturdimiento va más allá del dramatismo, incluso más allá de la tristeza misma: por ello, cuando Julie hable con los padres de él, que aún lo recuerdan con manos en la cabeza y voz rota, no podrá sino observarlos desde la distancia. El duelo permanece intransitable ante una mirada empañada por la incógnita. Para dar salida a los numerosos interrogantes, que se agolpan, The Souvenir Parte II va a llevar forma de investigación y descubrimiento. Pero la protagonista no va a dirigir su mirada solamente al pasado de él (de hecho, de su historial poco se sabía y acaba sabiéndose). Al contrario, deberá Julie expiar su propia culpa insertándose en la ecuación, volviendo a interpretar la relación que mantuvo con Anthony en global para tratar de encontrar en ella alguna verdad genuina o, por lo menos, para sostener un discurso unitario. Porque, ¿cómo perdonarse, si de su historial sentimental no entiende nada?

    Hoy la joven, acaudalada estudiante de cine, va a tratar de leer el pasado bajo una nueva narrativa. Cambiará, por aquello del write what you know, el objeto de su primer largometraje para redirigirlo hacia su propia experiencia. Pasará, por lo tanto, de elucubrar acerca de las clases empobrecidas de las barriadas londinenses a tratar de recrear las idas y venidas de su relación para con su difunta pareja: quizás con el tiempo y una mirada lo bastante afilada, agudizada por las lentes de la cámara, pudiera la joven poner algo de sentido en un final que para ella no lo tuvo en absoluto. Sin embargo, tras este último cambio de tornas, el nuevo proyecto de Julie, intrínsecamente personal, va a convertirse en una búsqueda caótica, tan trastocada y delirante como el desengaño que ella misma vivió los últimos meses de la vida de Anthony. Si el cine canta a la vida, su propio proceso de creación irá a la par: el rodaje de Julie pronto deviene nido de energías disparatadas y contradictorias, de auténtica pesadilla para cualquier equipo técnico. El rodaje, cómo no, corre en paralelo al proceso mental de su directora en la ficción y, sin manos en el timón, para el personaje de Honor Swinton Byrne resultaría tentador dejar «que la vida fluyera» bajo las formas de la no-ficción. En primera instancia, de hecho, la película de Julie obedece a una retórica documentalista, que acerca la cámara a los caracteres para obtener de elles imágenes cercanas, hasta prácticamente aplastarlos.

    Pero aun diseccionándolos, abriéndolos en canal delante y detrás de la pantalla, la cineasta ficcional seguirá estancada, perdida e incapaz de reaccionar. La realidad es demasiado confusa para explicar la muerte de Anthony: Julie busca inspiración en el café al que se encontraban, viste la gabardina que él llevó, pero los recuerdos no abren camino ni explicaciones nuevas, ni siquiera paz. Entonces será cuando, mediante una secuencia de montaje prístino y sumamente inteligente, Hogg lance su apuesta. Sentada en el bar, la chica tiende la pluma sobre su libreta, pero las ideas no acuden nunca. Luego, corte mediante, un plano de ella dando dos golpecitos con un cigarrillo sobre su tabaquera… Es el gesto que su amante siempre ejecutaba al distraerse. Al corte siguiente, la libreta va a atestarse de notas urgentes, furiosas. La inspiración vino al recrear el pasado, al representar y, si se quiere, ficcionalizar el gesto de alguien más. Remite al poder de la ficción, capaz de concentrar un miasma de vivencias pasadas en un objeto preciso, intenso pero reconocible, un momento vuelto simbólico. Desde lo concreto, el símbolo moviliza, se dispara a otras partes.

    La ficción acude al rescate de la realidad y dialoga con ella desde los estratos más evidentes de la narración (el rodaje) hasta los espejismos más sutiles. En la escala milimétrica del diálogo entre ficción y realidad, por ejemplo, la orfebrería interpretativa de caracteres como el de Tilda Swinton, madre real de la actriz titular. Ante la cámara, la actriz británica es capaz de construir un personaje a capas que se oscurecen y se desvelan fluidas, desplegándose con fragilidad: es increíble cómo se comprime y se anuda el estómago de la madre de Julie cuando su hija rompa una vasija de barro, objeto de un valor incalculable para ella, que es increíblemente rica. Pero es directamente magistral ver cómo la matriarca Hart revele su dolor solamente con los pequeños gestos que durante el duelo de su hija ha ido adquiriendo sin querer. Ese deje de voz pretendidamente despreocupado, ese cogerse de las manos o ese cerrar de ojos solo un poco demasiado lento. La carga de verdad detrás de cada uno de estos giros, minimalistas, representa una respuesta contundente de la vida para con la capacidad de concreción narrativa. Desde lo alto, contemplamos los grupos de familiares y amigues que entran a la proyección de un cine. Dos figuras se abrazan efusivamente entre la multitud al fondo del plano y, cual flechazo, caemos en la cuenta de que son madre e hija; es así y no podría ser de otra forma. Los responsables de nuestra certeza serán, por un lado, los vestidos que llevan (van demasiado formales y estrambóticas para la ocasión) y, por otro, su forma de abrazarse, totalmente cómplices. Lo que es lo mismo, la realidad del gesto y la síntesis nacida en aras de la ficción: The Souvenir Parte II aúpa el arte que mejor baila al sol de sendos polos. Es gracias a la energía que obtenemos del pendular entre ellos que podremos seguir buscando explicaciones para cosas que no necesariamente las tienen.


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 74ª edición del Festival de Cannes & 69ª edición del Festival de San Sebastián


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