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    Crítica | Spring Blossom (Seize Printemps)

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    Crítica ★★★☆☆ de «Spring Blossom», de Suzanne Lindon.

    Francia, 2020. Directora: Suzanne Lindon. Título original: «Seize Printemps». Guion: Suzanne Lindon. Producción: Avenue B Production. Fotografía: Jérémie Attard. Montaje: Pascale Chavance. Música: Vincent Delerm. Reparto: Suzanne Lindon, Arnaud Valois, Florence Viala, Frédéric Pierrot, Rebecca Marder, Dominique Besnehard, Philippe Uchan, Françoise Widhoff, Arthur Giusi, Raymond Aquaviva. Duración: 74 minutos.

    No se trata de la primera vez que una mano adolescente toma las riendas del proceso creativo cinematográfico. Y, presumiblemente, tampoco sea la última vez que eso ocurra. Aun así, la mera existencia de Spring Blossom es todo un acontecimiento. Porque, aunque no estemos ante una propuesta especialmente precursora de nada, ni que genere un efecto deslumbrante en el espectador, el mero hecho de que una voz tan joven como la de la realizadora Suzanne Lindon se abra paso en el extensísimo panorama audiovisual actual es algo a celebrar. Desde un punto de vista único, fresco, particular, de una etapa vital igualmente singular y que, dicho sea de paso, suele ser deslegitimada constantemente por el predominante enfoque adulto en la ficción. No, no es la primera vez que una mirada teen se abre paso precozmente en la industria del cine, pero cuando se da el caso hay que aprovechar lo que sea que resulte de ello por su naturaleza insólita. Cuando decimos que la jovencísima Suzanne Lindon no es la primera, podríamos estar pensando en otro nombre también relativamente reciente, como es el del enfant terrible Xavier Dolan. El quebequense, como la propia Lindon, contaba con apenas 16 años cuando escribió el guion de Yo maté a mi madre, que finalmente se estrenaría en 2009, poco después del 20 cumpleaños del director. La francesa, por su parte, sigue un mismo patrón que Dolan, al escribir, dirigir y protagonizar su debut.

    Esta prematuridad, quizás, pueda hacer levantar más de una ceja. Al fin y al cabo, producir un filme no es tarea simple, y llevarlo a cabo de forma exitosa y reconocida antes de cumplir la veintena lo es aún menos. Evidentemente, en el caso de Suzanne Lindon no podemos pasar por alto que pertenezca a una familia de reconocidos actores franceses: su padre es Vincent Lindon —Viernes noche (Claire Denis, 2002), Algunas horas de primavera (Stéphane Brizé, 2012)— y su madre, Sandrine Kiberlain —Un héroe muy discreto (Jacques Audiard, 1996), Amar, beber y cantar (Alain Resnais, 2014)—. Las óptimas circunstancias que se dan para que la joven pueda contar su historia, así como la cierta repercusión y la visibilidad que esta ha recibido, sin duda deben mucho a todo ello. Aun así, sería injusto devaluar por esos motivos, de entrada, la propuesta de Lindon. Más bien deberíamos agradecer que Suzanne haya tenido esas facilidades, porque está claro que, de otra forma, su película no hubiera tenido tal alcance, habiendo pasado por la selección oficial de un Festival de Cannes 2020 o por la más reciente edición del D’A Film Festival en Barcelona. Dejando a un lado las coyunturas extradiegéticas, descubramos cuál es el relato que Suzanne Lindon tenía en el tintero, y de qué inquietudes adolescentes (y no tan adolescentes) surge. Y, sobre todo, descubramos por qué, aunque pueda parecer poca cosa en su conjunto, es una propuesta a la que debería dársele una oportunidad.

    Suzanne interpreta a una chica con su mismo nombre, y a la que podemos suponer que ha vertido también parte de su propio carácter y experiencias, que se encuentra alrededor de esas dieciséis primaveras que le dan título original (Seize printemps, mucho más sugerente que el Spring Blossom estandarizado a nivel internacional). Así, se trata de la historia de una adolescente tímida, algo retraída pero aparentemente feliz, que atiende clases y reuniones de amigas con la insustancialidad, la incomodidad ligera típica de la edad. La de no saber cómo estar en los sitios, la de mirarse al espejo y no acabar de entenderse, la de empezar a salir al mundo y no saber cómo encajar en él. Suzanne no es una chica ni especialmente triste ni eufórica, en su vida no existen las narrativas típicas de la adolescencia actual (ni bullying, ni conflictos familiares), más bien se encuentra en un medio camino, dentro de un cierto paradigma de adolescente “normal”. Pero incluso así, en los largos instantes de silencio, en ese no acabar de pertenecer, en los momentos de deambulación callejera, en ese languidecer en su blanquísima cama (muy à la Las vírgenes suicidas, de Sofia Coppola)... se deja intuir un anhelo inefable. Un deseo que encontrará receptáculo perfecto en el treintañero Raphaël (interpretado por un Arnaud Valois que podemos reconocer de 120 pulsaciones por minuto, el celebrado filme de Robin Campillo). Este, un actor de teatro algo frustrado, también parece necesitar de algo o alguien que le devuelva una cierta chispa vital. Parece, porque a los ojos de Suzanne, la psique de Raphaël siempre se mantendrá como un insondable misterio, fascinante pero hermético. La relación surgirá de esas ansias por conectar, entre suspiro y suspiro.

    Seize Printemps, Suzanne Lindon.
    Premio de la Crítica del D'A Film Festival.


    «Aunque sea a través de pequeños detalles, como una sonrisa a destiempo en una comida familiar, una mirada hacia una moto aparcada que un día ya no está, o una pausa a modo de dance break (muy al estilo de los bailes en las películas de Leos Carax), es necesario que exista ese sosiego. A través de él, podemos llegar, si conectamos con la propuesta, a la emoción final. La de un corazón roto por nada en particular y por todo, a la vez».


    Está claro que se trata de un terreno, como mínimo, espinoso. Tampoco es la primera vez que se cuenta la historia de una relación romántica entre una niña de 16 años y un adulto de más de 30 pero, por eso, es tan importante que nos llegue desde el punto de vista de ella. Lo que podría resultar una narrativa de relaciones de poder se convierte, en cambio, en un relato de maduración. Siempre en un plano platónico, los encuentros entre los dos son fugaces, aunque intensos. Sea en el propio teatro, espacio idealizado por la joven (esos planos de la protagonista como si se tratara de una Caperucita en medio del bosque, o lo que es lo mismo, las columnas del palco, espiando lo que sucede en el escenario); sea en la cafetería en la que comparten bebida; o en bailes imaginarios que les unen en sensibilidad, los dos descubren algo de sí mismos en el otro. En el caso de Suzanne, será aceptar que se trata de algo imposible y, con el dolor de tener que tomar la decisión más sensata, aprender a pasar página. En cuanto a los tempos que la directora decide seguir, se podría hablar desde la reprobación, o todo lo contrario. Por un lado, es cierto que la historia se queda algo pequeña para ser largometraje (y eso que es uno de corto, de apenas 73 minutos de metraje). Exenta de grandes aspavientos —cosa que, por ejemplo, no se podría decir del debut de Dolan, que mencionamos antes—, el drama y el periplo de la protagonista (la procesión, como se suele decir) va por dentro. Por su parte, el personaje de Raphaël tampoco es especialmente expresivo, y todo ello contribuye a que la propuesta pueda sentirse algo vacía. En este sentido, se podría argumentar que se trata de una pieza con alma de cortometraje alargado. Pero claro, de ser así, se eliminaría toda una pausa que favorece al desarrollo callado pero progresivo. En el fondo, aunque sea a través de pequeños detalles, como una sonrisa a destiempo en una comida familiar, una mirada hacia una moto aparcada que un día ya no está, o una pausa a modo de dance break (muy al estilo de los bailes en las películas de Leos Carax), es necesario que exista ese sosiego. A través de él, podemos llegar, si conectamos con la propuesta, a la emoción final. La de un corazón roto por nada en particular y por todo, a la vez. La de alguien que siente que lo que está sintiendo la supera, pero a la vez quiere experimentarlo todo. La de un amor correspondido, pero imposible. En definitiva, la emoción de una niña que ya no es y una adulta que aún no puede ser.


    Júlia Gaitano Mendizábal |
    © Revista EAM / Barcelona


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