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    Crítica | Nunca volverá a nevar

    Cae la nieve

    Crítica ★★★★☆ de «Nunca volverá a nevar», de Małgorzata Szumowska, Michał Englert.

    Polonia, Alemania, 2020. Título original: «Sniegu juz nigdy nie bedzie». Directores: Małgorzata Szumowska, Michał Englert. Guion: Malgorzata Szumowska, Michał Englert. Producción: Coproducción Polonia-Alemania; Lava Films, Match Factory Productions, Kino Swiat, Maziowiecki Fundusz Filmowy, DI Factory, Bayerischer Rundfunk (BR). Fotografía: Michał Englert. Montaje: Agata Cierniak, Jarosław Kaminski. Reparto: Alec Utgoff, Maja Ostaszewska, Agata Kulesza, Weronika Rosati, Katarzyna Figura, Andrzej Chyra, Łukasz Simlat.

    Tras haber pasado por las secciones oficiales de los Festivales de Venecia y Sevilla, el Festival de Cine de Autor de Barcelona recoge y aloja este título de la polaca Małgorzata Szumowska. Protagonista de la sección Focus de esta edición del festival, la cineasta presenta su último filme, el primero dirigido a cuatro manos junto a su habitual director de fotografía, Michał Englert. De algún modo, esa decisión de sumar al máximo responsable del apartado visual al cargo de dirección tiene todo el sentido del mundo cuando hablamos de una película como Nunca volverá a nevar. Tan imprescindiblemente atmosférica, la luz que contiene sabe envolver a la perfección un tono de fábula absolutamente terrenal. El motor que la mueve es la tensión constante entre un aura mística y preciosista con lo más obsceno y banal. Lo primero se encapsula en la sensación que envuelve al personaje protagonista, un masajista-gurú ucraniano bajo el nombre de Zhenia cuyas cualidades recuerdan más bien las de un superhéroe, o mejor aún, más especial: las de un hada. Lo interpreta con impecable desenvoltura el ucraniano Alec Utgoff (Stranger Things), aportando con su angelical apariencia una brizna de dulzura a un barrio aquejado por carcoma emocional. Lo segundo, esa rutina llena de sufrimiento callado, tirantez y estrés acumulados, lo aportan las circunstancias de los distintos hogares en los que Zhenia se introduce. Su presencia podría parecer que debiera incorporarse a las vidas de sus clientes como un elemento más, pero en cambio es un evento que despunta en su día a día.

    El personaje de Zhenia, figura principal indudable del filme, viene introducido por un atrevido uso del vals de la Suite de Jazz Nº 2 de Shostakóvich (realmente tras Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), cualquier uso de esa pieza se podría calificar como atrevido… ¿Cómo desmarcarse de una escena tan reconocida?). Szumowska y Englert construyen a su protagonista desde un lugar de extrañeza, diferenciándolo de los demás. Por un lado, tenemos su origen, en Prípiat, las inmediaciones de Chernóbil. Desde Ucrania hasta Polonia, donde reside solo en un piso muy pequeño e impersonal. Y desde ese piso hasta el rico suburbio en el que trabaja. Tanto su infancia junto a una figura materna, recuperada en forma de flashbacks tarkovskianos, hasta este presente solitario que parece flotar en medio de las ajetreadas vidas de sus clientes, Zhenia es inusual. Ignoramos —y no se nos aclara— si sus capacidades extraordinarias le deben algo al influjo de la radioactividad, como ignoramos también en qué ha consistido su vida hasta el punto en el que los cineastas le recogen. Sin embargo, desde esa diferencia, su presencia se hace esperada, necesaria, deseada. Y él, en ese existir apacible, se adapta a todos sus clientes. Los sume en un estado de trance, les invita a dar una vuelta por un alucinado bosque en medio penumbra —una vez más, ¡esa iluminación de ensueño!—. Desde fuera, el cuerpo enfermo, el cuerpo angustiado, queda en estado de total relajación y Zhenia puede moverse por las casas ajenas con libertad, observando, ponderando. Sin juzgar pero, a la vez, ejerciendo una mirada no-neutra: aunque evita entrometerse, no se queda a un lado, se implica en los procesos de curación de esas almas cínicas y atareadas.

    Never Gonna Snow Again, Małgorzata Szumowska, Michał Englert.
    Sección oficial Mostra de Venecia | Retrospectiva Małgorzata Szumowska en el D'A Film Festival 20021.

    «Cuando Zhenia se planta en el primer umbral, preparado para empezar a obrar su magia, sí que parece que nunca va a volver a nevar. Las fiestas de Navidad se presentan más grises que otra cosa, y no hay previsión de cambio cercano. Pero eso es antes de que sus pies milagrosos pisen esos hogares, antes de que sus manos se posen en los cuerpos dolientes. A su partida, todo ha cambiado. No de forma radical, pero sí suficiente».


    Nunca volverá a nevar incorpora ideas realmente brillantes, tanto en el terreno de lo onírico como en el de la sátira más realista. Quizás uno de los instantes donde esto cristaliza de forma más obvia es en el propio desenlace de la película, donde un truco de magia efectuado lúdicamente en una función escolar terminará convirtiéndose en un misterio a nivel casi existencialista. Durante la cinta, entre sesiones de masaje, miradas a través de ventanas que reflejan de fuera hacia dentro, en ese intercambio de impresiones, confidencias y banalidades, se cuela el tono inconfundible de la música de Max Richter (nada infrecuente desde su uso en la serie The Leftovers (Perrota & Lindelof, 2014-2017) o La llegada (Denis Villeneuve, 2016)), elevando el todo a un espiritualismo excéntrico. Especialmente cuando se mezcla con situaciones de lo más triviales que se pueden dar en el seno comunitario, o lo que es lo mismo: una actuación del coro infantil cantando Los chicos del coro. Notas de humor que se insertan en una pieza peculiar e inclasificable. Cuando Zhenia se planta en el primer umbral, preparado para empezar a obrar su magia, sí que parece que nunca va a volver a nevar. Las fiestas de Navidad se presentan más grises que otra cosa, y no hay previsión de cambio cercano. Pero eso es antes de que sus pies milagrosos pisen esos hogares, antes de que sus manos se posen en los cuerpos dolientes. A su partida, todo ha cambiado. No de forma radical, pero sí suficiente. «Este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve. / Cae la nieve»1.

    1 Fragmento recuperado del final de Dublineses (Los muertos), del gran John Huston.


    Júlia Gaitano Mendizábal |
    © Revista EAM / Barcelona


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