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    Crítica | Minari. Historia de mi familia


    La epopeya del emigrante

    Crítica ★★★★★ de «Minari. Historia de mi familia», de Lee Isaac Chung.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Minari. Dirección: Lee Isaac Chung. Guion: Lee Isaac Chung. Compañías productoras: Plan B Entertainment. Fotografía: Lachlan Milne. Montaje: Harry Yoon. Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton. Duración: 115 minutos.


    La épica cinematográfica estadounidense por antonomasia se la debemos a un género, el western, y a una figura, el pionero. Si algo define el American Dream originario, que no ha dejado de mutar a lo largo de las décadas, es la lucha por alcanzar una tierra libre y virgen, abierta a la posibilidad de toda clase de quimeras colectivas e individuales. A principios del siglo XIX, desde las trece colonias de América del Norte comienza un proceso de expansión que llevaría a esos hombres y mujeres, en su mayoría agricultores y ganaderos en busca de un horizonte despejado, a terminar de «conquistar», ya en 1853, los territorios que hoy componen los Estados Unidos de América. El western se ha aproximado a este viaje, el de un país en ciernes, en tanto mito, cobrando tintes de gran épica fundacional para la joven nación. En dicho contexto emerge un concepto sociopolítico y filosófico imbuido, a la vez, de ensueño y de temor: la Frontera. Ese lugar irrepresentable en la imaginación del emigrante, donde todo —también lo más atroz— es posible. A la hora de tratar la segunda película de Lee Isaac Chung nos parece especialmente relevante la obra de John Ford: desde la genesíaca El caballo de hierro (The Iron Horse, 1924) hasta la sombría Centauros del desierto (The Searchers, 1956) —donde el Oeste ha sido conquistado, pero aún no domado—, sin olvidar la agria versión del fin de la conquista que supuso El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964), podemos decir que Minari. Historia de mi familia es un drama modelado según la tradición fordiana.

    El Acta de Inmigración aprobada en 1965 acaba con el sistema de cuotas por origen nacional, permitiendo que personas procedentes de América Latina o Asia comiencen a llegar en un flujo constante a los Estados Unidos. A finales de los años '70, en plena oleada de emigración coreana, los padres de Lee Isaac Chung —quien nacería en el Denver de 1978— se asientan en América, rebosantes de proyectos y energía para afrontarlos. Alejándose de los tropos del último indie asiático-americano —de Columbus (Kogonada, 2017) a Tigertail (Alan Yang, 2020)—, lo más hermoso de Minari. Historia de mi familia es cómo se imbuye del espíritu de Ford para contar la historia de otros pioneros, de otro far west, de otras fronteras: la reinvención, partiendo de la simbiosis entre ficción y memoria, de una crónica migratoria que da forma a los Estados Unidos contemporáneos. Porque en Minari. Historia de mi familia son tan decisivos los modos cinematográficos como la mirada infantil que proyecta David, álter ego de Chung, sobre los hábitos y dinámicas de esa familia cuya identidad atraviesan, a la par, lo coreano y lo americano. La figura metafórica que arraiga en esta actualización de las narraciones de descubridores, tierras ignotas y choques de costumbres es la planta que da título al filme. Minari es la denominación utilizada para la Oenanthe javanica, hierba perenne bien conocida en Corea, y cuyo rasgo distintivo, en palabras de la abuela de David, es la capacidad de crecer en cualquier terreno. Luchando contra unas circunstancias a menudo adversas, Jacob y Monica Yi, sus hijos David y Anne, e incluso la anciana Soon-ja, son semillas de minari.

    Minari, de Lee Isaac Chung.
    Ganadora del Gran Premio del Jurado del Festival de Sundance 2020.

    «Minari. Historia de mi familia como un largometraje que habla de todo aquello que importa, o debería importar. Es, en el mejor de los sentidos, un fragmento de tiempo: la reconstrucción de un pretérito íntimo que crece hasta reverberar en la era que habitamos».


    Lejos de limitarse al enfoque general del relato, el carácter del cine de Ford está fuertemente enraizado en la construcción de Minari. Historia de mi familia. Así pues, cobran semejante importancia las panorámicas de los Yi trabajando, al son de las melancólicas notas de Emile Mosseri, sobre el terreno que han comprado, y las estampas que ilustran expresivamente comidas, jornadas laborales, partidas de cartas o encuentros eclesiásticos. En las escenas de interiores, como ocurre en las películas del director de ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941) —con la que Minari. Historia de mi familia guarda más de una concomitancia temática y estilística—, la puesta en escena traza con brío las relaciones entre personajes y espacios, mientras que en los exteriores prima la labor de realización, encargada de afirmar el talante epopéyico de la narrativa. El poliedrismo cervantino que ha brillado, por ejemplo, en obras como Fort Apache (1948), le devuelve aquí una nobleza perdida al cine americano: ante la demagogia predominante, Chung se muestra igualmente comprensivo con la arriesgada gesta que acomete Jacob y con la frustración creciente de Monica. Por otro lado, los ecos del Mose Harper de Centauros del desierto resuenan en el Paul que encarna un soberbio Will Patton: en ambos, secundarios puntualmente invitados a la trama, residen la verdadera dimensión espiritual de un filme que problematiza con complejidad la fe, sometida a los vaivenes de la naturaleza pero, principalmente, de un sistema económico que —a diferencia de ese utópico capitalismo primitivo que imaginaba Caravana de paz (Wagon Master, 1950)— ha perdido su anclaje en lo comunitario.

    Lo que termina por hacer grande el filme es la emocionante universalidad a la que apela su discurso desde unas imágenes tan transparentes en su límpida superficie como cargadas, a la postre, del peso que brindan los brillantes logros técnicos y performativos. Es difícil referirse a un tema central en la película de Chung; quizás cabría resumir Minari. Historia de mi familia como un largometraje que habla de todo aquello que importa, o debería importar. Es, en el mejor de los sentidos, un fragmento de tiempo: la reconstrucción de un pretérito íntimo que crece hasta reverberar en la era que habitamos. Pocas producciones americanas recientes —se nos ocurre otra: Loving (Jeff Nichols, 2016)— han sabido discurrir como Minari. Historia de mi familia, con tanta convicción como llana honestidad, acerca de la dignidad esencial de los seres humanos y ese reto, inherente a la misma existencia, que conlleva armonizar nuestros deseos más profundos con los lazos afectivos que nos unen a quienes amamos.


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


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