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    Crítica | Relic

    De generación en generación

    Crítica ★★★★☆ de «Relic», de Natalie Erika James.

    Australia, 2020. Título original: Relic. Director: Natalie Erika James. Guion: Natalie Erika James, Christian White. Productores: Jake Gyllenhaal, Riva Marker, Anna McLeish, Sarah Shaw. Productoras: Jake Gyllenhaal, Anthony Russo, Joe Russo. Coproducción Australia-Estados Unidos; AGBO, Carver Films, Film Victoria, Nine Stories Productions, Screen Australia. Fotografía: Charlie Sarroff. Música: Brian Reitzell. Montaje: Denise Haratzis, Sean Lahiff. Reparto: Emily Mortimer, Robyn Nevin, Bella Heathcote, Jeremy Stanford, Chris Bunton.

    Una de las últimas sensaciones provenientes del festival de Sundance, fuente inagotable de pequeños productos que se hacen grandes tras los buenos comentarios de la crítica, ha sido una humilde cinta de terror titulada Relic. Se trata de la ópera prima de una joven realizadora, Natalie Erika James, que reconoce haberse inspirado en sus propias experiencias vitales junto a su abuela enferma de Alzheimer y fallecida poco antes del estreno de su película. Es, por lo tanto, mucho más que una simple cinta de horror, una experiencia catártica en la que la nueva cineasta exorciza los demonios de una enfermedad, la de la pérdida de la memoria, que la hizo vivir una pesadilla, tomando como germen un inquietante cortometraje con su firma,Creswick (2016), que ha sabido desarrollar para levantar un primer largometraje más que estimulante. Resulta fascinante el modo en que James rinde pleitesía al cine de terror asiático que tanto adora, así como toma elementos del horror corporal marca David Cronenberg y, de paso, abarca lugares comunes del subgénero de casas encantadas para profundizar en la complicada psicología de unos personajes puestos al límite por las consecuencias de un devastador trastorno ¿mental?. Todos estos ingredientes confluyen en una obra que podría analizarse, de igual manera, como elegante pieza de terror con trasfondo social o como potente drama familiar. La película comienza con una desaparición, la de Edna, una anciana que vivía sola en su casa de campo, completamente aislada de su familia. Este acontecimiento sirve como detonante para que su hija, Kay, y su nieta, Sam, realicen un largo viaje desde la ciudad hasta el que una vez fue el hogar donde se crió la primera, hoy convertido en una sombra decadente de lo que fue, con la intención de dar con el paradero de Edna. Para Kay significa una vuelta a los orígenes, un regreso al pasado que trae a su memoria vivencias no todo lo idílicas que le gustaría y que, sin duda, prefería mantener encerradas en el olvido. Sam, por el contrario, ha crecido más al margen de las vicisitudes familiares y llega a la casa sin ningún tipo de prejuicio, con la inocencia propia de una nieta que solo busca estrechar lazos con su abuela.

    Natalie Erika James, con la inestimable ayuda de su coguionista Christian White, saben establecer desde el primer momento cuáles son las diferentes personalidades de sus tres protagonistas femeninas y cómo son de conflictivas las relaciones que establecen las unas con las otras. Un interrogatorio en la comisaría de policía a Kay deja de manifiesto que llevaba meses sin visitar a su madre, una mujer de avanzada edad y con evidentes síntomas de senilidad, del mismo modo que una conversación entre Kay y Sam durante la cena deja en evidencia que sus lazos de madre e hija tampoco son demasiado estrechos, sobre todo en el detalle de que la joven tardase tanto en confesar que lleva tiempo trabajando como camarera tras haber dejado su empleo en una galería y aparcado sus planes de regresar a la universidad. La familia es mostrada por James de un modo desarraigado y disfuncional, con sus componentes unidos para una causa de fuerza mayor más guiados por la obligación de los lazos de sangre que por verdadero cariño o apego que se profesen. La falta de comunicación entre Kay y su madre se vuelve a repetir en su relación con su propia hija, como si de una suerte de maldición familiar se hubiese cernido sobre ellas. Son mujeres completamente diferentes. Kay vive su particular tormento interior, tocada por una infancia no demasiado feliz y por los remordimientos por no haber estado junto a su padre cuando falleció. Esta no es la tradicional familia norteamericana armoniosa y unida contra la adversidad que nos vendió Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), sino que deja al descubierto las miserias, las debilidades y las fracturas de sus protagonistas, de manera similar a lo que hicieran Babadook (Jennifer Kent, 2014) y Hereditary (Ari Aster, 2018). Rencores y fantasmas del pasado que se reavivan entre las tres mujeres, completas desconocidas entre ellas, pese a compartir lazos de sangre, cuando la abuela Edna reaparece, de la noche a la mañana, y sus descendientes deben dedicarse a cuidarla, dado su frágil estado de salud mental. La película habla, en toda su crudeza, de la aceptación de la llegada de la muerte, de la vejez. De cómo aquellas personas que cuidaron de sus hijos cuando eran niños acaban teniendo que ser atendidas por estos, ya que pasan a ser seres dependientes a causa de la enfermedad. Plantea, de paso, las distintas maneras, enfrentadas, de afrontar el Alzhéimer por parte de los familiares, desde el egoísmo de una hija que prefiere encontrar un centro en el que se ocupen de la anciana a la generosidad de una nieta dispuesta a cuidarla hasta sus últimos días.

    Relic, Natalie Erika James.
    Una de las revelaciones del 2020.


    «La última imagen de esta pequeña joya, capaz de extraer una extraña poesía de lo macabro, queda grabada a fuego en la retina del espectador, helando la sangre y, al mismo tiempo, dejando un poso de desesperanza y tristeza pocas veces alcanzado por el género».


    Pero no hay que olvidar en ningún momento que Relic es, en el fondo, un filme de terror y, como tal, cumple a la perfección, construyendo una atmósfera enfermiza que contribuye a hacer de la casa de Edna, escenario de la acción en casi su totalidad, en perfecta metáfora visual de la salud de la anciana. Desde la inquietante escena inicial, tan deudora de la japonesa Dark Water (Hideo Nakata, 2002), que muestra una habitación tenebrosa, solo iluminada por las luces de un árbol de Navidad, cuyo suelo comienza a encharcarse por el agua que se desborda de una bañera hasta llegar a los pies de la protagonista, que permanece ausente y desnuda, de espaldas a la cámara, la película no escatima en una imaginería perturbadora, convirtiendo cada rincón de la decrépita vivienda en escondite de secretos, miedos y pesadillas que invaden las mentes de sus tres inquilinas. La humedad, el moho en las paredes, las notas que Edna ha ido dejando por toda la casa, como intento desesperado de no olvidar esas pequeñas cosas que aún la amarran a la realidad, los crujidos de las maderas viejas, todo eso contribuye a generar un terror que va más allá de lo sobrenatural, por mucho que sobrevuele, en cada plano, la sensación de que una amenaza invisible se cierne sobre las mujeres. Es un horror que se palpa, se huele, se mete en los huesos y cala el alma. El trabajo de las actrices es, desde luego, clave para que la cinta resulte tan estremecedora. Emily Mortimer y la joven Bella Heathcote están excelentes como Kay y Sam, pero es la veterana Robyn Nevin quien consigue hacerse con los mejores momentos, gracias a una presencia escénica poderosísima, con su personaje de Edna, sometido a un progresivo deterioro mental y físico (esa mancha negra que empieza en su pecho, como síntoma de putrefacción). Los creadores de Relic han priorizado la ambientación fantasmagórica y el trasfondo psicológico de sus criaturas por encima de una manera de terror efectista o evidente, pero, en su tramo final, regalan a los fanáticos de las emociones fuertes una suerte de “tren de la bruja” en el que las estancias de la casa parecen cobrar vida propia, simbolizando muy bien el laberinto sin salidas en que se acaba convirtiendo la mente de su protagonista. La demencia es aquí el verdadero monstruo a sortear, imbatible en este caso y, lo que es peor, representado como una maldición que perdurará, de generación en generación. La última imagen de esta pequeña joya, capaz de extraer una extraña poesía de lo macabro, queda grabada a fuego en la retina del espectador, helando la sangre y, al mismo tiempo, dejando un poso de desesperanza y tristeza pocas veces alcanzado por el género | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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