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    Crítica | The World to Come | #Venezia77

    El clasicismo radical

    Crítica ★★★☆☆ de «The World to Come», de Mona Fastvold.

    EE.UU., 2020. Dirección: Mona Fastvold. Guion: Ron Hansen, Jim Shepard (basada en una historia corta de Jim Shepard). Producción: Sea Change Media (Casey Affleck, Whitaker Lader), Killer Films (Pamela Koffler, Christine Vachon, David Hinojosa, Ben Kuller) Hype Film (Ilya Stewart, Murad Osmann, Pavel Buria), Charades (Carole Baraton, Pierre Mazars, Yohann Comte), M.Y.R.A. Entertainment (Margarethe Baillou), Yellow Bear Entertainment (Andrew Morrison), Panasper Films, Ingenious Media. Música: Daniel Blumberg. Montaje: Dávid Jancsó. Diseñador de producción: Jean Vincent Puzos. Fotografía: André Chemetoff. Sonido: Leslie Schatz. Diseño de vesturario: Luminita Lungu. Reparto: Katherine Waterston, Vanessa Kirby, Christopher Abbott, Casey Affleck. Duración: 98 minutos.

    Una mujer extiende los brazos en cruz, estirándolos todo lo que puede. Luego, recuesta su espalda y la estira bien, hasta que cruje y se distiende, relajada. Musitará «asombro y alegría» (astonishment and joy, en el original) una, dos y tres veces, como jugando a distinguir los escondrijos de cada fonema, quizás porque esa sea el único modo de capturarlos y, con ellos, de asimilar aquello que está ocurriendo dentro de sí, algo para lo cual ninguno de sus libros la ha preparado. A medida que sus músculos se acomodan, Abigail se da cuenta de que su vida –y la de su querida vecina Tallie, de quien se ha enamorado sin remedio– acaba de tomar un giro imposible de revertir. Sabemos que el suyo será un camino que, siendo una mujer de medianos de s. XIX en el Oeste americano, resultará muy difícil de transitar. Sin embargo, Abigail se ha enamorado y se siente correspondida, y nunca antes ha habido para ella nada más grande y poderoso. Su hija murió hace menos de un año y, desde entonces, la mujer ha estado rehuyendo el sentir, enterrando su propio dolor bajo capas de escarcha. The World to Come, como su protagonista, tratará de devolver el poder y el derecho al afecto a la superficie del que parece haber ser sido desterrado.

    Abigail siente cosas que quiere poder hablar libremente: la suya es una lucha para recuperar la capacidad de trasladar su interioridad personal al ámbito fáctico, en inglés, to speak her mind. En un plano puramente diegético, la reivindicación afectiva de la segunda cinta de Mona Fastvold es eminentemente clásica, heredera directa del corte que en 1945 llevaba a Constance Petersen (Ingrid Bergman) a enamorarse del doctor Edwardes (Gregory Peck) bajo la forma de un plano y su contraplano*. En todo momento se moverá la historia de Abigail en el registro de la transparencia cinematográfica, casi de una forma radicalmente institucional (siguiendo la nomenclatura de Burch para las convenciones lingüísticas del cine desde 1914). Radicalmente, pues su apuesta formal y narrativa está constantemente orientada a subrayar y sonsacar la emoción de las imágenes que la conforman, siempre de una forma tangible y agudizada. Esto supone una relativa sorpresa, si tomamos como referencia el debut de Fastvold como directora y guionista: The Sleepwalker, otra historia de parejas aisladas en medio de la naturaleza, partía de un acercamiento gélido y completamente cerebral de base para el retrato de sus personajes, entumidos y antipáticos. Al contrario, en la película que aquí tratamos (y que parte de un guion ajeno, de Ron Hansen y Jim Shepard), poco espacio queda para el cinismo o la deconstrucción autoral más opaca. Al lado de The Sleepwalker –también comparada con la gran mayoría de la Sección Oficial veneciana–, The World to Come puede parecernos muy cercana a la sensibilidad de sagas como Crepúsculo, por su clasicismo intenso y depurado. Una comparativa dura, dirían algunos, pero el provocar el afecto, el conmover a les espectadores es uno de los mayores potenciales del cine de adolescentes. La nueva de Fastvold tampoco tiene miedo de ser diferente, e incluso de caer mal por culpa de su colorido despliegue sentimental.

    Desmenucemos brevemente algunos de los recursos en los que la cinta se ampara para privilegiar aquello que denominamos «afecto». Por un lado, siendo la capa más evidente de todas, tenemos el diario de Abigail, que en forma de voice over sobrescribe y contrasta el pudor y los buenos modales de la protagonista con sus pasiones internas. Cada rincón de la experiencia emocional de la mujer es literalizado, convertido en discurso y, más concretamente, explotado en la metáfora. Así, el embarazo se sentirá «como las mariposas batiendo las alas o los conejos saltando por la pradera» y la queridísima Tallie parece «surcar las olas en una galera» y no en el «barco a remos» con el que compara la protagonista su corazón. Efectivamente, tras la voz de quien lleva la crónica de la relación, el romance de Abigail y Tallie parece una novela decimonónica al estilo de la Bovary de Flaubert, donde, recordemos, el narrador nos cuenta que a Charles «lo que lo molestaba es que hubiera tanto revoloteo por algo tan sencillo como el amor».

    The World to Come, Mona Fastvold.
    La hora de Vanessa Kirby | #Venezia77.

    «A esta relación imagen-trama-afecto se le sumará una caracterización de corte simbólicamente clásico, así como un acompañamiento musical dramático y dogmático, el subrayado trascendente a través del plano detalle y la dialéctica del plano-contraplano como código amoroso. Todos ellos completan y envasan una propuesta que, sin embargo, viene abanderada por la necesidad de reactivar el afecto como gesto liberador».


    Aunque las profundísimas reflexiones de corte decimonónico acabarán por recordarnos a las evocaciones trascendentales de alguien como Ralph Waldo Emerson, que estaba escribiendo sobre la bella América aproximadamente durante la misma época en la que se desarrolla la acción. De hecho, hay tanto de elogio al cuerpo de la amada como de reverencia al paso de las estaciones, concretada en la coexistencia entre los tiempos de la naturaleza y la vida sentimental de los personajes (si seguimos el corriente de las palabras de Abigail, la fogosa Tallie aparece justo con la caída del invierno y, aun sin entrar en detalles, la gran tormenta de nieve atrapa a la bienaventurada protagonista de una forma muy diferente a la que se ve sometida su amante); una cierta justicia de lo natural, en un período en que el amor entre dos mujeres no lo era. Romanticismo y clasicismo, y así orbita la construcción visual de la cinta, rodada en un 16mm y con una fotografía basada casi completamente en los baños de luz natural. Por ello, pasamos de un comienzo borrascoso à la Béla Tarr a un enamoramiento que podría inserirse perfectamente dentro de la estética luminosa de la First Cow de Kelly Reichardt o La portuguesa de Rita Azevedo. A esta relación imagen-trama-afecto se le sumará una caracterización de corte simbólicamente clásico –Tallie, pelirroja flamante pero contenida, siempre va de negro; Abigail, morena con melena recogida, vestirá prendas claras (hasta que se compre ese vestido)–, así como un acompañamiento musical dramático y dogmático, el subrayado trascendente a través del plano detalle y la dialéctica del plano-contraplano como código amoroso. Todos ellos completan y envasan una propuesta que, sin embargo, viene abanderada por la necesidad de reactivar el afecto como gesto liberador.

    Armada con la acumulación de símbolos y códigos del romance, The World to Come propone una lectura clarísima en la que se puede participar o rehuir. Podemos enamorarnos de la cinta de Fastvold, u odiarla, pero, teniendo en cuenta la mala acogida de un género como el romántico, propongo que demos una pequeña vuelta teórica, de clave experiencial, antes de enfrentarnos a el metraje. Una de las grandes fundadoras de los estudios literarios en clave experiencial y afectiva, Eve Sedgwick**, identifica un impulso paranoico, instintivo e incuestionado, detrás de nuestros hábitos de lectura crítica: la actitud defensiva y de sospecha hacia los textos que consumimos a diario, agudizada por nuestra posición como entidades subjetivas individuales, generadoras de paratextos, creadoras de un canon de raíz académica y de legitimación cultural. Por defecto, situamos un producto cultural dentro de un determinado contexto de aceptación institucional y lo juzgamos desde ahí, convirtiéndonos en objeto colateral de juicio por nuestra implicación emocional indisoluble con la obra. Para Sedgwick, la lectura de textos emocionalmente viables (vía, entendida como camino hacia, con la emoción como motor y objetivo final) puede llevarnos a cultivar otro tipo de enfoque hacia el objeto cultural, más «amoroso, fértil y productivo» (loving, nurturing and productive en inglés), no solo por lo que respecta a la interpretación del texto, sino también de cara a nuestro bienestar personal. Así es que el fan fiction, con el que la cinta de Fastvold comparte una vibración muy clara, tenga tanto éxito entre el público. Y así es que convenga recordar que la hermenéutica afectiva, el proceso de conocer el mundo a través del sentir, la capacidad de comprehenderlo y expresarlo emocionalmente, es también un hábito que trabajar y que perseguir como críticos | ★★★☆☆


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 77ª edición de la Mostra de Venecia


    * Nunca sobra indexar el clásico estudio de Núria Bou sobre la constelación de usos de este recurso: «Plano/Contraplano. De la mirada clásica al universo de Michelangelo Antonioni» (2002), editado por Biblioteca Nueva.
    ** Eve Sedgwick (2002). «Paranoid Reading and Reparative Reading, Or, You're So Paranoid, You Probably Think This Essay Is about You». Touching Feeling. Duke University Press. https://www.sss.ias.edu/sites/sss.ias.edu/files/pdfs/Critique/sedgwick-paranoid-reading.pdf

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