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    Crítica | Los europeos


    Filmar con los ojos cerrados

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Los europeos», de Víctor García León.

    España, Francia. 2020. Título original: Los europeos. Dirección: Víctor García León. Guion: Bernardo Sánchez. Intérpretes: Raúl Arévalo, Juan Diego Botto, Boris Ruiz, Stéphane Caillard, Carolina Lapausa. Producción: A Contraluz Films, Apache Films, Gonita, In Vivo Films. Fotografía: Eva Díaz. Música: Selma Mutal. Edición: Buster Franco. Productora ejecutiva: Marta Pastor. Diseño de producción: Anna Pujol. Duración: 89 minutos.


    Filmar un cuento de final amargo es una opción tan legítima como apoyarse en la realidad para ambientarlo y modificarla a voluntad. Cuando se opta por esto para acomodarla al sentido de la película hay que tener mucha habilidad para que el discurso sea bien entendido, con independencia de que el resultado final de la obra sea exitoso o no y no se tenga la tentación de confundir la farsa con la realidad. Ninguna de estas dos condicionantes funcionan en la última obra de Víctor García León en la que la referencia a la España de 1958 es mera ilusión que ha de provocar una confusión, o una distorsión, entre los espectadores más jóvenes, y en la que su historia, que transita de comedia a irrelevante melodrama, avanza bajo el encadenado de tópicos, situaciones banales y relleno colorista en la que no hay sentido alguno de la puesta en escena, enfocado, como está el producto, a un reconocible formato televisivo de rostros más o menos conocidos, más o menos simpáticos pero absolutamente arquetípicos. El personaje que interpreta Juan Diego Botto (probablemente el único actor mínimamente inspirado de la función, aunque no deje de tratarse de un mero cliché del vividor y del macho hispánico del landismo) al inicio de Los europeos le dice a su antagonista interpretado (es un decir) por Raúl Arévalo, «no seas tan español». Vista la película dan ganas de decirle lo mismo al director, «¡qué película más española!», pero española de los primeros años 60, de las de Mallorca y Benidorm.

    Filmada en un deliberado tono pastel todo se desarrolla de manera edulcorada hasta obviar, considero que de manera incluso ofensiva para el recuerdo, lo que era España y lo que vivían los españoles de los años 50. No hay dictadura en la película de García León, no hay represión, no hay freno ni inhibición alguna para el sexo en una época donde todos sabemos que los europeos venían a España por ese aire de libertad envidiado por toda Europa (ironía, por si alguien lo toma literalmente). Hablar de Azcona como inspirador literario de la película suena a sonrojante excusa de mal pagador. No hay un ápice de la mala leche patria del guionista en esta hora y media mal planificada y peor ejecutada, no hay ni un doble sentido en los juegos cruzados entre los personajes. No hay ni puede haber evolución alguna entre un antes y un después de dos presuntos estudiantes de arquitectura (que los actores superen la cuarentena y se les haga interpretar a veinteañeros tampoco es de ayuda) que acuden a Ibiza con la intención de follar, dígase claro y pronto, y se encuentran con mujeres deseosas de cambiar de cama y acompañante cada noche. Ibiza era una fiesta en la mente del director. La irrupción de un embarazo (probablemente desde la Anunciación de Fra Angélico nunca una mujer supo tan rápidamente haberse quedado embarazada) modifica el tono de lo que hasta ese momento pretendía ser una comedia generacional de noches y borracheras constantes, en un pseudodrama sobre «deberes y obligaciones».

    La película elude colocar a los protagonistas en mayores problemas que los personales. El entorno, la sociedad, la iglesia, la guardia civil (una figura muy de Azcona y Berlanga pero que aquí no se aprovecha en ningún momento) no influyen en las decisiones ni transmiten ese necesario miedo al castigo en caso de aborto (ridícula la escena en la que la joven besa en mitad de una ceremonia religiosa y dentro de una iglesia a su pareja interrumpiendo la ceremonia ante la presencia de cartón piedra de dos guardias civiles y el cura). Es la pareja, con esa presencia un tanto demiúrgica de andar por casa de Botto, quienes se cuestionan el futuro de su relación en función de ese embarazo y que dudan atendiendo a los deberes y consideraciones morales de cada uno. Las evidentes limitaciones presupuestarias intentan evitar lo inevitable, que el entorno que rodea a estos personajes se parece muy poco al fotografiado, por decir un ejemplo, por Catalá Roca en las calles de esa España de los 50 y tan provechosamente seguido por García Rodero en los últimos años del siglo pasado. Los tonos pastel, los edificios inmaculados, las calles limpias, las infraestructuras conservadas, la gente bien vestida, los comercios provistos, los bares en “raves” melódicas constantes no transmiten nada de la mugre, la miseria y el padecer de una España que no existe para el director y su equipo, acomodar la realidad a lo que conviene convierte en ridícula su constante referencia al «año del Sputnik».

    Si se ha pretendido transportar a imágenes una ensoñación del protagonista (en permanente estado de alelamiento gestual) durante un veraneo en el que la más guapa turista extranjera le hace caso, una ensoñación que le hace nublar la realidad en la que vive, no se ha conseguido el propósito porque no hay una realidad paralela que sitúe bien al espectador entre la nube en la que se vive y el estercolero que realmente se pisaba; si se ha querido hacer una fábula que coloque el machismo residual de nuestra sociedad como una continuación del de los años 50 para vender que muy poco ha cambiado, también la estrategia es errónea porque esa conclusión no sería cierta y estaría, nuevamente, idealizando una época mucho peor. Si se quería hacer ver que el machismo ibérico es consustancial con la realidad de ser hombre en este país la idea es, de por sí, ofensiva, pero además viene acompañada de un catálogo de figuras femeninas arquetípicamente dibujadas desde los parámetros de la visión masculina más rancia, mujeres aparentemente libres en su presentación que terminan actuando conforme a los intereses del hombre, o brindándose a éste con intenciones de estabilidad sentimental desde el primer minuto. El cine de García León va en descenso, sea por su constante trabajo para televisión o porque el ingenio se agota, nada que ver Los europeos con su debut en Más pena que Gloria, verdadero retrato de las pulsiones adolescentes a principios de siglo, o con Vete de mí, la negrísima comedia dramática familiar que se agarraba a una realidad social que se ha ido prolongando, la de estos hijos incapaces de abandonar la casa paterna pasados los 30 años. Incluso Selfie, un producto que aprovechaba la coyuntura política del país para reflejar, como caricatura, muchos de los paradigmas de la juventud española, y que se desinflaba según avanzaba su metraje, era capaz de ofrecer una visión crítica del presente. Pero con Los europeos el despropósito está a la misma altura que silenciar que España, en 1958, era una dictadura sangrienta | ★☆☆☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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