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    Crítica: La reina de los lagartos

    Surrealismo en chanclas

    Crítica ★★★☆☆ de «La reina de los lagartos», de Burnin’ Percebes.

    España, 2019. Título original: La reina de los lagartos. Dirección: Burnin' Percebes. Guion: Burnin' Percebes. Música: Sergio Bertrán. Fotografía: Nando Martínez. Reparto: Bruna Cusí, Javier Botet, Iván Labanda, Miki Esparbé, Roger Coma, Al Sarcoli. Productora: Aquí y allí Films. Duración: 63 min.

    Es muy raro que las películas low-cost sobre alienígenas trasciendan más allá de la anécdota. Ante la falta de recursos, la única solución posible es reírse de las propias carencias y apostarlo todo a la inteligencia y a la imaginación, ayudándose en el proceso con ingenio y, por qué no, un poquito de cara dura. Y en La reina de los lagartos, el dúo cómico/cineasta formado por Fernando Martínez y Juan González demuestra que viene con la lección bien aprendida. Donde podría haber carencias y sus derivas, los realizadores catalanes encuentran oportunidades y fortalezas. Adentrándose por primera vez en el celuloide propiamente dicho –aunque en Super-8–, Martínez y González buscan romper con todo lo establecido y lo establecible del género. Desde un primer momento, la inclasificable obertura –más de cinco minutos en una obra de menos de una hora, consistente en un pasodoble mudo, con Bruna Cusí de luto en una especie de trono alternándose con un lagarto que campa por una Barcelona en miniatura gracias a un collage entre cutre y meliesiano– nos deja claro que lo que vamos a ver va a ser de todo menos convencional. Y, sin embargo, conforme avanza la trama descubrimos que ese prólogo tan extraño funciona a su vez como una especie de guía espiritual y catártica de la trama, capaz de capturar la esencia del filme en unos minutos que no se podrían resumir de manera alguna.

    Desde un punto de vista narrativo, La reina de los lagartos nunca deja de jugar con fuego. Un aparente harakiri cómico que, sin embargo, funciona muy bien durante gran parte del metraje. El desarrollo de los personajes, apáticos pero entrañables, nos muestra situaciones comunes y corrientes, propias de la comedia millennial neocostumbrista que es. No hay nada más humano ni más divertido que querer tener un rollo de verano sin más expectativas, hasta que la cosa se complique con divertidas consecuencias. También hay espacio para los gags, pero la propia naturaleza del filme no les deja mucho hueco para expandirse, aspecto que, tratándose de una comedia absurda, puede despistar a más de uno. En cuanto al aspecto visual, ese estilo keep-it-cutre tan característico de sus autores se impone durante toda su extensión. Una muestra, sus créditos: en rosa y prácticamente hechos con Paint. En este sentido, el Super-8 supone un acierto tanto estilístico como narrativo, pues transmite esa sensación añeja de un mal trago de verano, el mismo que si tu primo hubiera estado haciendo un documental de tus vacaciones y lo hubieras visto unos años después con el único objetivo de morirte de vergüenza. A pesar de ello, la imagen no deja de estar debidamente cuidada, con planos verdaderamente destacables y recursos visuales muy efectivos. Mención aparte merece lo arriesgado de su planificación: al estatismo de sus planos abiertísimos hay que añadir que, durante toda la película, los únicos primeros planos puros que aparecen son de dos personajes secundarios –el cura y el vecino fanático, y este solo a través de un truco de posproducción. Desdeñando de esta forma la herramienta más característica del lenguaje cinematográfico junto con el montaje, los de Burnin’ percebes hacen toda una declaración de intenciones a propósito de sus obsesiones visuales y temáticas, y, aun así, el relato no deja de parecer absolutamente cinematográfico. Sin embargo, este rupturismo puede resultar alienante para el espectador, que corre el riesgo de terminar olvidándose de la historia para concentrarse únicamente en la forma en la que esta se cuenta.

    Uno de los principales aciertos es su elenco actoral, muy bien potenciado con certeras decisiones en la dirección. A primera vista, la elección de Javier Botet como reptiliano no debería sorprender a nadie. Ahora bien, si le pones un pantalón de chándal hortera, una sosa camiseta blanca y le haces hablar con su acento de Ciudad Real en medio del Raval barcelonés esperando a que venga una nave nodriza que le lleve a su planeta, el resultado es el extraterrestre más mediocre –dicho esto como el mejor halago– que te puedas encontrar. A Botet le acompaña una fantástica Bruna Cusí, una madre separada que solo quería pasar un buen rato con un chico y se ve envuelta en un conflicto de dimensiones intergalácticas. Un poco aislada de toda la parafernalia en la que se zambulle el filme, el aburrimiento de la catalana al mostrarse como un pez fuera del agua en su propia vida aporta un punto de anclaje muy necesario. Y, para rematar la faena, los directores apuntalan la historia con un reparto secundario solvente, con especial mención para la pequeña Margot, icónica en su piel de lagarto inmudable. De este modo, La reina de los lagartos es una película divertida aunque, todo hay que decirlo, no de risa fácil. Un trabajo en el que prima un caos controlado dominado por unas frescura y despreocupación altamente contagiosas; cuya falta de complejos ayuda a generar ese buen sabor de boca final. Gracias, en gran medida, a una obertura como un final que no te abandonan fácilmente | ★★★☆☆


    Juan Montón Velasco |
    © Revista EAM / Madrid



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