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    Crítica | Undine

    Solo palabras

    Crítica ★★☆☆☆ de «Undine», de Christian Petzold.

    Alemania, Francia, 2020. Título original: «Undine». Director: Christian Petzold. Guion: Christian Petzold. Fotografía: Hans Fromm. Edición: Bettina Böhler. Reparto: Paula Beer, Franz Rogowski, Maryam Zaree, Jacob Matschenz. Diseño sonoro: Martin Steyer, Dominik Schleier, Benjamin Hörbe, Bettina Böhler. Productores: Florian Koerner von Gustorf, Michael Weber. Productor ejecutivo: Anton Kaiser. Diseño de producción: Merlin Ortner. Sonido: Andreas Mücke-Niesytka. 90 minutos.

    Años llevaba Christian Petzold dirigiendo thrillers con toques de drama –o dramas con toques de thriller– entre lo convencional y lo elevado, siempre con Nina Hoss liderando sus propuestas. Películas correctas, que sobre todo agradaban a la crítica alemana y a los festivales europeos, y que con Phoenix (2015), una revisión del doble fantasmagórico post-Holocausto, parecían haber tocado techo. Luego llegó En tránsito (2018), y el estándar subió una vez más. En esta ocasión, Petzold pendulaba sobre su habitual bipolaridad tonal pero el alejamiento entre los géneros titulares (el cuento de hadas y el thriller policíaco), sumado al corazón melodramático de una peripecia vital, convocaban una perpetua sensación de extrañeza que sumaba a lo que una historia clásica de amor en tiempos de la Segunda Guerra Mundial podía llegar a dar de sí. La ambigüedad y el desconcierto acababan de encontrar sus constantes en una puesta en escena lúgubre pero soleada, e incluso en el mismo cuerpo de su pareja protagonista: ella, con unas ojeras impropias de una mujer enamorada, y él, un antiguaperas. Por pura disonancia, lo feo y lo inimaginable requerían de lo bello y lo naíf.

    La Undine de Petzold es, sin duda, una película bonita. Muchos críticos han remarcado hasta el día de hoy la cuidada concepción de su puesta en escena, a base de tonos pastel, colores vivos y una composición siempre armónica, que nos remite a la imposibilidad de conflicto alguno en el romance de nuestros protagonistas. Undine (Paula Beer) y el buzo Christoph (Franz Rogowski) ocuparán buena parte del metraje a base de edificar una fábula amorosa linda, como si la estética ingenua de domingo en la campiña hubiese inundado el relato y lo hubiese despojado todo de drama, dejando en pantalla solo el «mélos», la música. Empero, el propio Petzold es consciente de que debe vestir su historia de amor con algo más para merecer nuestra atención, pasado el momento del boy-meets-girl. Así es que el filme adquiera pronto un carácter temáticamente estratificado, dividido principalmente en dos vértices que se entrelazan hasta no dar más de sí. Son: Undine como mito y Christoph como hombre.

    Undine es una ninfa de agua que, según la leyenda, se convierte en humana para poder estar con el hombre al que ama, aunque deberá matarlo si este alguna vez le es infiel. Su equivalente griego son las nereidas, «que simbolizan todo aquello que hay de hermoso y amable en el mar» (cit. Britannica), aunque en la cinta no será el mar sino el río, la morada de la Undine titular. La acción ocurre lejos de Berlín, convertido en un murmullo de palabras y fechas sin sentido en boca de la protagonista, que en una de sus visitas esgrime un «form follows function» tajante para una ciudad vista solo a través de maquetas de cartón. Será en las profundidades del río donde todo quede claro, prístino, donde habite el corazón de ella junto al «Gran Gunther», un pez enorme y viejo como el cauce mismo. Su imagen –Petzold lo subraya en la primera escena subacuática de los enamorados– será la de una criatura bella, etérea e inalcanzable. Echadas las raíces mitológicas, el director pone a Paula Beer en escena como una mujer libre, muy femenina, con pleno control sobre su imagen y su sexualidad: un ídolo a medio camino entre una Venus y una Beyoncé. De hecho, Petzold ha sido el primero en expresar que su relato obedece una lógica feminista, de pleno empoderamiento, a partir del momento en que Undine decide que su destino no va a estar ligado al del hombre que la ha traicionado, su ex Johannes (Jacob Matschenz). Sin embargo, lo que podría ser una relectura en clave contemporánea de un mito clásico potencialmente feminista no encuentra nunca una traducción sólida en la narrativa de la película.

    Undine, Christian Petzold.
    Oso de Plata a la mejor actriz de la 70º edición de la Berlinale.


    «Undine quedará pronto relegada a la imagen de una figura lejana, la femme fatale perseguida por su pasado que trajo una incurable desdicha al corazón del hombre (masculino-humano) que es el buzo. Pasa que la imagen de la mujer fatal, véase por donde se quiera, corresponde a una pura proyección de las ansiedades masculinas: el reverso oscuro de la ninfa, aquella que sale de su rol y se convierte en sirena».


    Para empezar, porque, seamos sinceros, el empoderamiento femenino arraigado en la imagen de la mujer como ninfa de río, belleza habitante de un mundo inaccesible para la naturaleza humana, consiste en una concepción muy conservadora de lo que el feminismo es y puede ser. Básicamente porque no deconstruye el arnés categórico –qué buena palabra, por cierto, para encerrar iconografía y mandato– en el que se nos ha encerrado durante siglos; solo reordena el esquema de poder sobre unas mismas directrices de la feminidad ideal. En un pequeño paréntesis, no queda de más señalar que la inclusión del rol de la amiga y compañera de trabajo de Christoph (Maryam Zaree) como competidora amorosa huele a fantasía masculina y desvía el relato de una relación de deseo compartido entre los dos amantes (Undine y Christoph) hacia un terreno de sobras conocido: una carrera para ver quién se queda con «el chico guapo».

    Retomemos la figura mítica de Undine para cuestionar por qué la decisión de liberarse de su destino solo puede pasar por enamorarse de otro hombre, pues ella pasa de estar llorando por su amor perdido en un primer plano entregado a su emoción, a tener un par de secuencias en que se la enmarca sola y superada por las circunstancias, a ofrecerse en otro primer plano a otro hombre. Porque, a pesar de los pececitos y los colores a lo Michel Gondry, a pesar de literalmente romper con lo marcado por la naturaleza acuática y malhadada de la mujer (la pecera, continuación metafórica del río), la escena del famoso boy-meets-girl sigue siendo la de un plano/contraplano clásico, clasiquísimo. Ruptura, desconsuelo, enamoramiento; ningún espacio en la gramática de la cinta para que ella decida, solo una rápida sustitución. Un recambio por alguien que, a pesar de su aparente respeto y buenismo, no deja de ser un nice guy que, llegados a un punto en la relación, empieza a tener comportamientos cuestionables y gestos controladores: sin desvelar gran cosa, el primer y único conflicto de pareja entre Christoph y Undine tiene lugar porque, según arguye él, siente que el corazón de la mujer «dejaba de latir un momento» al ver a otro hombre y decide vigilarla a escondidas. Qué romántico.

    Christoph no va a ser la simple contrapartida amorosa para el desarrollo de nuestra epónima protagonista. Abrimos la película con el mencionado primer plano de Undine siendo abandonada por su amante, y es ella quien conduce el punto de vista narrativo durante buena parte del metraje. Sin embargo, las suyas son las escenas en que se plantean los estados emocionales suspendidos del relato: aquellas secuencias meramente descriptivas, que corresponden a sustantivos como «felicidad», luego «remordimiento», luego «desesperación», luego «venganza» (cuyas acciones vinculadas no dependen del albedrío de ella, solo de un destino pautado). Al contrario, será Christoph, en el último acto de la cinta, quien motorice la acción, y vuelva, e investigue, y pregunte y retorne. Undine quedará pronto relegada a la imagen de una figura lejana, la femme fatale perseguida por su pasado que trajo una incurable desdicha al corazón del hombre (masculino-humano) que es el buzo. Pasa que la imagen de la mujer fatal, véase por donde se quiera, corresponde a una pura proyección de las ansiedades masculinas: el reverso oscuro de la ninfa, aquella que sale de su rol y se convierte en sirena. Con todo, la empatía va a recaer en el buzo, que es quien explora los inhóspitos dominios del Gran Gunther y no encuentra respuesta alguna. No es gratuito que la cámara, al final de la cinta, se quede con Christoph de espaldas, perdido en medio de un río de aguas oscuras. Que la cinta se titule Undine, al fin y al cabo, es solo una cuestión de palabras | ★★☆☆☆


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 70ª edición de la Berlinale


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