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    Crítica: «Mating», de Lina Mannheimer

    Dos son compañía y tres, multitud

    Crítica ★★★☆☆ de «Mating», de Lina Mannheimer.

    Suecia, Dinamarca, 2020. Título original: Parningsmarknaden. Dirección: Lina Maria Mannheimer. Guion: Lina Maria Mannheimer. Intérpretes: Edvin Kempe, Naomi Carter (documental). Duración: 93 min. Presentación oficial: Göteborg Film Festival. Sección: Transicions.

    Estas últimas semanas llevo acumuladas más horas en Skype que nunca en mi vida. Pero, a cada videollamada que hago, pasa lo mismo: no sé adónde mirar, nos pisamos mientras hablamos, la conexión se pierde a ratos o sencillamente soy incapaz de mantener el interés del otro como sí lo hago en persona. Algo parecido pasa con WhatsApp: pienso que mi madre siempre escribe demasiado lento. De hecho, si grabáramos cualquiera de nuestras conversaciones, sin editar, creo que más de la mitad del metraje estaría dedicado a los «escribiendo...» de la parte superior de la ventana de nuestro chat… Seguido por un «ok.», o algo por el estilo. Sin embargo, a la práctica, hemos sido capaces de aceptar que la vida mediada por la máquina tiene sus tiempos, sus procesos, también sus interferencias y fueras de campo; que así es, y ya está bien. Nos adaptamos, como podemos, al ámbito digital; lo recorremos al paso que nos marca, asumiendo todos aquellos huecos que las pantallas de nuestros dispositivos no prometen llenar.

    La película que hoy nos ocupa nace en un contexto de búsqueda y de incipiente institucionalización alrededor de la representación cinematográfica del entorno social digital, y de los diferentes ritmos y formas que acarrea. A la vez, estos últimos años han sido un terreno fértil y ecléctico en antecedentes fílmicos sobre la comunicación virtual: desde cintas sobre la complejidad de nuestro avatar en la sociedad de los nuevos medios (de 2017 a 2019, tres hits indie como Nación salvaje, Ingrid Goes West y Eighth Grade), pasando por títulos que toman directamente prestada la interfaz informática como profílmico, al estilo del terror campy de la saga Unfriended; junto a ellas, tantísimas representaciones diferentes del texting en pantalla, que el canal Every Frame A Painting rastreó en un interesante capítulo en forma de pregunta abierta. Todas estas obras tienen un centro gravitacional muy claro: explorar cómo construimos nuestra propia subjetividad online y, por lo tanto, cómo nos relacionamos con la alteridad de forma telemática.

    Nada más cercano al corazón de Mating, de Lina Maria Mannheimer, que encuentra su génesis como «proyecto» de documentación alrededor de un particular experimento sobre las relaciones digitales de la generación millennial, de la que un par de jóvenes adultos hacen de portavoces. No obstante, cuando la pareja de participantes protagonistas finalmente se conozcan y congenien, la directora abandonará la idea inicial para dar rienda suelta a los dos chicos para que se graben y registren el devenir de su relación. Edvin y Naomi serán amigos, algo-más-que-amigos, amigos-pero-no-tanto y buenos amigos otra vez, en un largo y enmarañado camino que bien valdría para una saga entera à la Linklater.

    Mating, Lina Mannheimer.
    Sección Transicions del D'A Film Festival de Barcelona.

    «La película que hoy nos ocupa nace en un contexto de búsqueda y de incipiente institucionalización alrededor de la representación cinematográfica del entorno social digital, y de los diferentes ritmos y formas que acarrea». 


    En todo este embrollo vital, lo único estable serán los dispositivos sobre los que está planteada su relación: llamadas por Skype, mensajes por Facebook, fotos en el Tinder e Instagram de cada uno de ellos, los vlogs que graban para comentar sus rutinas. Son nativos digitales: han acompasado su forma de expresarse al latir de las redes –y cómo no hacerlo, si en su primera semana de amistad se intercambian más de 3000 mensajes, chateando de 17 a 22 horas al día–. Acomodan, por lo tanto, su relación en lo virtual y, con ella, las imágenes que graban para la película, que de entrada discurren paralelas con la interfaz informática y el marco de posibilidades visuales que esta ofrece. Tenemos, por ejemplo, un primer fragmento de conversación entre ellos dos, por videollamada, durante la cual se cuentan sus distintos líos amorosos en un rítmico plano-contraplano digital, completamente frontal y cuya estética pixelada tendremos ya muy incorporada a estas alturas de confinamiento. En esta conversación, la puesta en escena no hace más que subrayar el espacio que van a tener que asumir para relacionarse entre ellos y a cuál será su naturaleza particular: estarán juntos, a través del montaje, pero separados en sus respectivas ventanas digitales. Que esta secuencia acabe con Edvin detallando en un dibujo torpe hecho con el pincel de Photoshop (cualquiera diría que Paint), para lograr explicar una postura sexual de lo más sencilla, es el súmmum de la comunicación descoyuntada que ofrece la interfaz digital.

    Sin embargo, el espíritu documental a lo fly on the laptop (chist) va a perder terreno sin dilación, pues habrá imágenes que sobrepasen los límites de la propia interfaz. Si han visto Flames de Josephine Decker y Zefrey Throwell (2017) sabrán que la autoficción en pareja es terreno pantanoso, pues el mundo «encontrado» delante de la cámara necesita ser clausurado, puesto en escena, para contar algo. Así, Edvin y Naomi van a montar el vlog de su cita en Ámsterdam acorde a unas ideas y a una iconografía –tan clínicamente prefijada como el dibujo de Edvin– con un mensaje muy claro sobre lo que su descubrimiento romántico debe ser y cómo debe verse. Un imaginario que, aun plasmado con el granito y la espontaneidad del vídeo casero, va a ser esencialmente cinematográfico, perfectamente trasladable a un contexto del siglo pasado. Serán imágenes como la de él corriendo detrás del tren, ellos besándose en un tejado de noche y, luego, ellos durmiendo abrazados o él, llorando en casa mientras escribe en un chat… tras lo cual da un puñetazo en la mesa y tiene un momento totalmente Rebelde sin causa ante la incomprensión de sus padres.

    Mating, Lina Mannheimer.
    Sección Transicions del D'A Film Festival de Barcelona.

    «El espectador, este «miembro extra» que debería tener un sitio reservado en el imaginario de cada película, puede verse un tanto abrumado por el alud de interfaces, referencias y lindes superadas que se extiende por todo el metraje. De quien se sienta delante del ordenador estos días dependerá si quiere deconstruirla en base a su propio historial de vivencias personales y con eso está satisfecha, o incluso si prefiere negociar espacios de acuerdo con la dispersión formal y narrativa que se le propone».


    Ante la necesidad de describir esta segunda capa visual dentro del entramado visual de la cinta, recurro al cine de Elías León Siminiani: su filmografía, con sus variaciones, no está interesada en una distinción clara entre lo azaroso y lo premeditado (superado queda esto ya en la no-ficción); al contrario, Siminiani recurre a la imagen construida desde una iconografía reconocible para edificar su retrato o su discurso sobre lo que sea que tenga delante del objetivo. Pero también podría invocar, sin ir más lejos, los mecanismos expresivos de los vines de Tik Tok, que integran toda una constelación de recursos visuales venidos directamente del imaginario cinematográfico (et al), como el trabajo con la escala, el re-encuadre y el montaje, para incorporarlos a un dispositivo de naturaleza y consumo radicalmente diferentes. Con un gran qué: como en las películas de Siminiani, esta yuxtaposición observacional-autoficcionado genera una tensión palpable en el metraje, que se ve agudizada por la centralidad que tiene en la propuesta el estudio de su propio proyecto de seguimiento, que no reconstrucción. Es una tensión que –por lo menos, para quien escribe– existe, aunque puede ser negociada: en Play, Anthony Marciano proponía investigar la historia de una pareja de amigos similar a la que protagoniza Mating, pero el found footage que conformaba la totalidad del metraje era falso y los personajes, actores. Lo cual le permitía, justamente, doblegar y deconstruir toda una serie de lugares comunes en la ficción de enamoramiento juvenil. Virar de forma cada vez más evidentemente perpendicular al dispositivo de la imagen casual, sin embargo, nos permitía acceder más directamente al núcleo duro de la propuesta, más allá del granito de los vídeos: una historia de amor fallida a lo largo de años y años.

    La propuesta de Mating tiene un tanto más de enredijo, pues a estas dos capas de significación visual se les añade una tercera, que ya no es paralela a la interfaz, ni sobrepasa los límites de lo digital, sino que las sobrevuela de forma completamente opaca. Es el montaje rápido, efectivo; la música extradiegética, incluso el trabajo con la animación infográfica para simular conversaciones que signifiquen. Esta tercera capa aparece de forma esporádica pero constante para dar voz al discurso de la propia Lina Maria Mannheimer, que se irá incorporando a la cinta construyendo la relación entre ambos más allá de lo que el simple material registrado por ellos permite. Poniéndose en el papel de narradora, cortando para ir al grano, comentando lo sucedido desde la disonancia (incluso la ironía) que permite el montaje e incluso participando en el juego de los dos personajes al meterse con una chica por Tinder, usando textos animados para resaltar la absurdidad de lo acaecido en el chat, al estilo de la voz narrativa de un reality como Jugando con fuego (Netflix). Lo cual denota, al fin y al cabo, poca claridad respecto a cuáles son los límites de la propuesta que con la que se está jugando.

    Con todo esto, queda plantearse: si dos son compañía y tres, multitud, ¿qué son cuatro? El espectador, este «miembro extra» que debería tener un sitio reservado en el imaginario de cada película, puede verse un tanto abrumado por el alud de interfaces, referencias y lindes superadas que se extiende por todo el metraje. De quien se sienta delante del ordenador estos días dependerá si quiere deconstruirla en base a su propio historial de vivencias personales y con eso está satisfecha, o incluso si prefiere negociar espacios de acuerdo con la dispersión formal y narrativa que se le propone. Quizás la dispersión esté, de alguna forma, más cercana a los tiempos, procesos, interferencias y fueras de campo que el mundo de las relaciones digitales esconde.


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / Barcelona


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