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    Crítica | Le Daim

    Mudar de piel

    Crítica ★★★★☆ de «Le Daim», de Quentin Dupieux.

    Francia, 2019. Título original: Le daim. Dirección, fotografía y guión: Quentin Dupieux. Intérpretes: Jean Dujardin, Adele Haenel, Albert Delpy, Coralie Roussier, Laurent Nicolas. Productores: Gregory Chambet, Dimitri Stephanides. Música: Janko Nilovic. Diseño de producción y artístico: Joan le Boru Compañías productoras: Atelier de Production, Nexus Factory, Umedia, uFund, Garidi Films, arte France Cinéma. 77 minutos. Premiére: Festival de Cannes 2019, Quincena de Realizadores.

    El proceso que va llevando a Georges (fantástico Jean Dujardin), desde el anonimato gris de una vida que se desmorona a ritmo constante, hasta un hombre nuevo que muda su piel a fuerza de vestirse con prendas de ante, ofrece al espectador un espectáculo entre absurdo y surrealista, exento de verismo, y altamente atractivo, en el que el protagonista asume por completo, sin pudor, la personalidad que le indica una chaqueta sacada de los sueños más imaginativos de la vestimenta de Búfalo Bill, acercando su interpretación a los márgenes de una locura progresiva cuyo límite es su propia iniciativa. No es el cine de Dupieux ejemplo de contención, pero sí de concisión. Sus películas no buscan el halago fácil del espectador medio, y en sus disparatadas propuestas se encierran esas verdades del loco que nadie quiere escuchar pero que nos rodean a diario, no tan absurdas si se quiere, como en sus dos últimas obras, Le Daim o la anterior, y también notable, Au poste, pero fijando sus aventuras surrealistas en un humor negro y en una idiocia generalizada que señalan, sin duda, hacia el absurdo de la vida, como si al estatismo visual y situaciones grotescas de Roy Andersson le hubiera salido un oponente en el sur de Europa más cálido, más sensual, pero también más desatado, más iconoclasta aún.

    No cuesta ver la conexión entre esta película de Dupieux con las últimas, y fallidas, propuestas de los hermanos Larrieu. Le voyage aux Pyrinées, Les derniers jours du monde y L'amour est un crime parfait jugarían como una especie de prólogo desafortunado, antecedente marchitado en origen, de esta Le Daim. La ambientación montañosa, la nieve, la crisis existencial de un hombre progresivamente atraído por una presencia femenina, el viaje sin rumbo definido, la destrucción inherente al relato, individual o global, tanto da, incluso la deliberada búsqueda de una aparente desconexión entre la realidad y el sujeto protagonista, algo que en el caso de los Larrieu termina produciendo el desapego de este espectador y en el de Dupieux provoca un auge libertario de muchos quilates que puede seguirse con una mueca de agrado y alegría, pero también con la preocupación del mensaje derivado del desquiciamiento absoluto de nuestras sociedades contemporáneas. Porque hay que decir que la apuesta de Dupieux puede ser una de las películas más libremente filmadas y narradas de todo el año. Eso no la hace mejor, pero sí la hace muy diferente entre tanta uniformidad narrativa.

    Que el director construye un artefacto arriesgado lo van demostrando los minutos de metraje, en los que la mezcla de géneros va creando una amalgama difícil de definir entre la road movie, el cine de hombres solitarios en plena crisis personal, el relato sobre la locura psicoesquizofrénica, el serial killer o el cine dentro del cine; y quizás sea esta idea, la del metacine, la que me termine convenciendo más a partir de esa chaqueta de ante, de talla pequeña para el cuerpo de Dujardin, que parece irse adueñando de su poseedor condicionando su voluntad como de algún modo similar les pasaba a quienes utilizaban el vestido rojo de In fabric de Peter Strickland. Nada nos indica, cuando seguimos por esas carreteras pirenaicas a Georges hasta una casa donde le espera un anciano, que el regalo adicional por la compra de la cazadora que éste le hace vaya a ser tan determinante en el futuro próximo del protagonista. Esa cámara digital que se entrega a cambio de la fortuna por la que Georges adquiere una prenda obsesiva, va a funcionar como cauce de expresión y notario objetivo de la actividad del errante.

    Le Daim, Quentin Dupieux.
    Presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes.

    «El elogio de la locura, evidenciado en el uso del espejo como interlocutor, tiene su contrapunto racional en la mente femenina, sabedora desde el principio que mejor será el resultado cuanto mayor sea el riesgo, pero un riesgo que comete otro, en este caso, el creador».


    Cámara y chaqueta terminan funcionando como una unidad en la que una filma y la otra ordena, transformándose Georges en mero instrumento de ambas. Resultaría mucho más fácil, pero probablemente menos estimulante, acercarse a la película como mero reflejo de la evolución de una enfermedad mental que ordena matar para crear. El diálogo entre el Jack de von Trier y el Georges de Dupieux se exteriorizaría así, de modo muy evidente, pero la diferencia entre ambos se encuentra en que la muerte, para Georges, es necesaria como vehículo para transmitir un mayor poder en sus imágenes, estamos ante el origen de un creador que no lo sabe. En esa idea de metacine que enriquece la película, donde estaríamos asistiendo a la formación de un cineasta desde la más absoluta ignorancia hacia lo visual, resulta imprescindible la figura del productor. Así, la figura de la camarera que en realidad es montadora de imágenes pero que se termina convirtiendo en productora de una película que considera capital, hace de Denise (muy solvente Adèle Haenel) un demiurgo imprescindible para que el relato funcione, porque el amateurismo del psicópata necesita que alguien encauce y ordene el material para que éste tenga sentido. Le daim sería el origen del cineasta sometido a la bipolaridad de la influencia interna incontrolable (la chaqueta sería su propia magia creativa) y las exigencias externas de producción, una bipolaridad que explota en el asesinato como una de las bellas artes.

    Así, el cineasta que no lo era hasta que recibe ese regalo inesperado, va afirmándose en su rol conforme va completando su vestuario. Chaqueta, sombrero, guantes, botas, pantalón terminan por recubrir de ante su cuerpo, crea su estilo a partir de la casualidad y sabedor de su potencial, se dedica a completar su obra dialogando consigo mismo, con su otro yo y con su chaqueta. El elogio de la locura, evidenciado en el uso del espejo como interlocutor, tiene su contrapunto racional en la mente femenina, sabedora desde el principio que mejor será el resultado cuanto mayor sea el riesgo, pero un riesgo que comete otro, en este caso, el creador. El riesgo comporta estar sometido a la crítica. Frente al impulso del productor, la mirada negativa hacia el director puede proceder de cualquier espectador o de cualquier crítico. Frente a éste el director-creador puede reaccionar lanzando piedras por no ser aceptado su estilo, pero también debe ser consciente de que esa crítica puede acabar con cualquier carrera, algo que ocurre en la película de manera literal. El elogio metacinematográfico de Le Daim se contiene en la secuencia en la que Haenel se viste con las ropas de ante del incipiente director. Creado un estilo da lo mismo que desaparezca el inventor, alguien mantendrá después el camino iniciado | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid



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