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    Crítica | Vivarium

    Vivarium

    Hogar, dulce hogar

    Crítica ★★★☆☆ de «Vivarium», de Lorcan Finnegan.
    PLATAFORMA
    A CONTRACORRIENTE FILMS

    Estados Unidos, 2019. Título original: Vivarium. Director: Lorcan Finnegan. Guion: Garret Shanley (Historia: Lorcan Finnegan, Garret Shanley). Productores: Brendan McCarthy, John McDonnell. Productoras: Fantastic Films / Frakas Productions / PingPong Film. Distribuida por XYZ Films. Fotografía: Miguel De Olaso. Música: Kristian Eidnes Andersen. Montaje: Tony Cranstoun. Reparto: Jesse Eisenberg, Imogen Poots, Jonathan Aris, Senan Jennings, Eanna Hardwicke, Molly McCann.

    Resulta curiosa y casi una cruel ironía del destino que, en un tiempo en el que millones de personas en todo el mundo se ven obligadas a permanecer confinadas en sus casas, como consecuencia del dichoso coronavirus, coincidan los estrenos de varias películas que basan sus premisas en el encierro forzoso de sus personajes. Si hace unas semanas desembarcó, con mucho éxito, la controvertida El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019) en Netflix, ahora llega a las salas virtuales de cine en casa, cortesía de A Contracorriente Films, Vivarium, el segundo trabajo del realizador irlandés Lorcan Finnegan tras la discreta Without Name (2016). El título, muy elocuentemente, hace alusión a los viveros, esas instalaciones empleadas en agricultura para el cultivo y observación de plantas hasta que estas alcanzan su adecuado estado para ser vendidas, algo que, conforme avanza esta pesadilla kafkiana, encontrará muchos paralelismos con la situación a la que se enfrentan los protagonistas. La cinta nos los presenta como una pareja joven y enamorada, ilusionada con la idea de emprender una vida en común bajo el mismo techo, embarcándose en esa primera aventura, antesala de la familia, que es buscar una casa que atesore todas las características ideales para poder denominarse hogar. Desde el primer minuto, el espectador es testigo de armonía y buen rollo que existe entre Gemma, una alegre maestra de escuela, y Tom, su novio jardinero, antes de estos que crucen el umbral de la puerta de una inmobiliaria en donde un enigmático vendedor les ofrece una oportunidad única, de esas que son imposibles de rechazar: la adquisición de una vivienda unifamiliar en una nueva urbanización residencial denominada Yonder. “Estás en casa ahora mismo. Casas de calidad para familias. PARA SIEMPRE.” Ese es el eslogan que reza en un enorme cartel a la entrada del suburbio donde Gemma y Tom son guiados por el agente inmobiliario para ver el que podría convertirse en su potencial hogar. La imagen no puede ser más irreal y perturbadora. Largas calles despobladas donde reina la simetría, con multitud de casas de color verde, idénticas las unas a las otras, y jardines perfectos, bajo un cielo en el que se pueden observar unas nubes tan geométricamente extrañas que casi parecen dibujadas.

    Yonder parece ofrecer todas las comodidades buscadas por cualquier familia que quiere abrazar el american way of life, con una estética en la arquitectura de sus edificios y en su colorimetría de tonos pastel que parece retrotraer a la década de los 50. Pero lejos de la sensación de paz y equilibrio que debería causar, este escenario “perfecto” –el cine nos ha enseñado, mediante fantásticas distopías como Pleasantville (Gary Ross, 1998) o El show de Truman (Peter Weir, 1998), a desconfiar de la sonrisa amable de los vecinos, así como de la remilgada moral y el conservadurismo que inculca el sistema establecido– resulta francamente inquietante. De hecho, termina convirtiéndose en una cárcel para la pareja protagonista desde el instante en que el vendedor desaparece durante la visita de rigor a la casa y esta vea como todos sus intentos por salir de la urbanización son en vano, ya que cada calle les vuelve a llevar al mismo sitio: ese número 9 que será su nuevo hogar a la fuerza. La historia, a medio camino entre el terror psicológico y la ciencia ficción sobre teorías conspiratorias, se torna aún más oscura cuando, una mañana, aparece en la puerta de la casa una caja con un bebé dentro. Un niño que crece a velocidad endiablada y que llora y grita fuera de sí exigiendo, entre otros cuidados, que se le alimente. Lorcan Finnegan y Garret Shanley han elaborado un relato angustioso y desesperanzador que bajo su carcasa de episodio de cualquiera de esas series de antologías de horror tipo Black Mirror –concretamente, recuerda bastante a un mítico telefilme de Hammer House Of Mystery And Suspense titulado Juego de niños (Val Guest, 1984), en el que una familia se despertaba un día atrapada en su casa, tapiada por puertas y ventanas, sin explicación alguna–, esconde una amarga reflexión sobre las complejidades del mundo de la pareja. Así, los personajes de Gemma y Tom experimentan en un corto espacio de tiempo todas las inclemencias que hacen que la pasión inicial se desgaste, como la rutina, la frustración y la obligación añadida de ser algo así como “padres” de una criatura sin haberlo buscado.

    Vivarium, Lorcan Finnegan.
    Presentada en la Semana de la Crítica de Cannes.



    «Vivarium es una idea brillante que habría servido para un episodio grandioso de Dimensión desconocida pero que en celuloide deja una agridulce sensación de estar ante un cortometraje alargado que no ha explotado al cien por cien todas sus posibilidades, que impide que la película sea todo lo redonda que podría haber sido». 


    Vivarium saca el máximo partido a la escenografía, con una dirección artística meticulosamente construida para crear la adecuada sensación de claustrofobia y monotonía que empuja a sus personajes, no solo al deterioro de su relación, sino, también, al borde de la locura. Podría verse también como una negra crítica hacia el poder alienante de una sociedad que espera a que todos los individuos se ciñan a un comportamiento planificado y convencional, así como de la aburrida vida en ese tipo de suburbios en los que unas casas se confunden con otras, puesto que carecen de identidad propia. Y es que, bajo sus buenas dosis de surrealismo, casi todas provenientes del incómodo personaje del “hijo” –casi tan repulsivo como aquel infante que ejercía semejante poder de manipulación sobre su atemorizada familia en el maravilloso episodio dirigido por Joe Dante para el largometraje de En los límites de la realidad (1983)–, especie de catalizador de las grietas que va sufriendo la relación de los padres adoptivos, en el fondo, unos niños grandes jugando a ser adultos y sin la capacidad de asumir, de golpe, tantas responsabilidades, el filme refleja sentimientos y situaciones bastante genuinas y reconocibles, ayudadas por las formidables actuaciones de Jesse Eisenberg y, sobre todo, Imogen Poots (ganadora del premio a la mejor actriz en Sitges). Finnegan nos ha regalado una película notable y minimalista en su primera mitad, que sabe generar tensión sin recurrir a grandes efectismos, pero, por desgracia, va perdiendo fuelle conforme se va acercando el desenlace de la historia. Vivarium es una idea brillante que habría servido para un episodio grandioso de Dimensión desconocida pero que en celuloide deja una agridulce sensación de estar ante un cortometraje alargado que no ha explotado al cien por cien todas sus posibilidades –contradictoriamente, el perturbador descenso (literal) de Gemma al reverso tenebroso de Yonder merecía más minutos en pantalla–, que impide que la película sea todo lo redonda que podría haber sido. De todos modos, sus responsables pueden sentirse orgullosos, ya que no deja de ser una sugestiva muestra de ciencia ficción independiente, concebida con suma inteligencia y visualmente imaginativa. Una de esas propuestas puntuales que dignifican el género al prestar el mismo cuidado a las formas (muy estilizadas) que al fondo | ★★★☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid



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