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    Crítica | El joven Ahmed

    Tirios y troyanos

    Crítica ★★★☆☆ de «El joven Ahmed», de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

    Bélgica, 2019. 84 minutos. Título original: Le Jeune Ahmed. Director: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne. Guion: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne. Fotografía: Benoît Dervaux. Productor: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Tanguy Dekeyser, Denis Freyd, Delphine Tomson, et alia. Dirección de arte: Paul Rouschop. Diseño de producción: Igor Gabriel. Diseño de vestuario: Maïra Ramedhan Levi. Intérpretes: Idir Ben Addi, Olivier Bonnaud, Myriem Akheddiou, Victoria Bluck, Claire Bodson, Othmane Moumen.

    Para todo aquel que conozca la filmografía de los autores belgas, El joven Ahmed no depara la más mínima sorpresa; es más, supone de hecho una vuelta a los orígenes de este tándem creativo, pues el peso de la historia recae sobre actores amateurs o poco conocidos (no hay aquí rostros populares como los de Marion Cotillard, Cécile de France o Adèle Haenel), mientras que se eliminan las mutaciones o disensiones de ese realismo documental producidas en sus mejores obras –léase El hijo (2002) o El silencio de Lorna (2008)–, para mantener una estructura narrativa deslavazada y construida sobre los silencios y las suposiciones que recuerda a su primera película premiada en el Festival de Cannes, Rosetta (1999). Es menester precisar, en cualquier caso, que lo que allí resultaba refrescante y rompedor, en El joven Ahmed suena a repetición de una fórmula; una fórmula efectiva e inteligente, cierto, que sigue logrando el impacto emocional e intelectual de la audiencia, pero fórmula al fin y al cabo.

    En este sentido, y teniendo en cuenta el espinoso tema en torno al cual gira el filme, lo que convendría preguntarse es si el hecho de que los hermanos Dardenne hayan empleado tan claramente dicha fórmula no responde tanto a su incapacidad para salirse de ella –algo que han hecho ya varias veces en el pasado–, sino, más bien, a la voluntad de tratar una materia delicada con tanta sutileza que no pueda herir susceptibilidades de tirios y troyanos; además, posiblemente, de tener en mente a las nuevas generaciones como receptoras últimas del mensaje de la película. Porque, más allá de que su protagonista sea un adolescente, se trata de un joven de nuestros días y de extracción humilde, con un padre muerto y una madre no tan presente como quisiera a causa del trabajo, de forma que, al llegar a la edad en la que más influencia adulta necesita, sus referentes los obtiene, básicamente, de internet. Como señala al principio del metraje la progenitora del protagonista (Claire Bodson), muy poco tiempo atrás la vida de Ahmed giraba en torno a los videojuegos. La glorificación en páginas webs radicales de su propio primo –fallecido al cometer un atentado suicida– es el primer paso de su seducción hacia la intolerancia religiosa musulmana, aprovechada por el imam de la zona, Youssouf (Othmane Moumen). Tal y como sucedía en La promesa (1996) con el padre del protagonista, se trata de uno de los pocos personajes que los Dardenne retratan de forma claramente negativa, desde luego no maniquea al estilo hollywoodiense, pero no por ello dejan lugar a dudas sobre su repugnante forma de manipular a sus jóvenes feligreses, además de evidenciar su condición de hipócrita y cobarde. De ahí que no hayamos mencionado por casualidad el filme que puso el nombre de estos directores y guionistas en la palestra de la cinefilia internacional, dado que guarda muchos puntos de contacto argumentales con él. Y es que si en aquel el pernicioso vínculo paternofilial del joven Igor (Jérémie Renier) y Roger (Olivier Gourmet) emponzoñaba el alma del primero, lo mismo sucede entre Ahmed y Youssouf, solo que el joven antihéroe de la película que nos ocupa no describe un obsesivo camino de redención como Igor, sino la ruta inversa.

    Le Jeune Ahmed, Jean-Pierre & Luc Dardenne.
    Sección oficial del Festival de Cannes.

    «El joven Ahmed es una película que no defrauda a los fans de Jean-Pierre y Luc Dardenne, pero que tampoco entusiasma; que recuerda demasiado a trabajos anteriores, y mejores; que se adscribe a ese estilo documental con luz natural y cámara en mano marca de la casa, siempre potente por su efecto de verosimilitud pero, a estas alturas, nada sorprendente».


    Asimismo, si en La promesa los realizadores erigían una oda a la solidaridad y la empatía como vínculos más auténticos que los convencionales lazos familiares, en El joven Ahmed contraponen cualquier clase de amor –sobre todo, el romántico, pero no exclusivamente– al odio y a la intolerancia. En esta línea, tres son las influencias que, enfrentadas al mensaje extremista del imam, orbitan alrededor de Ahmed, y muy sintomáticamente todas ejercidas por mujeres: su madre, su profesora desde la infancia, Inès (Myriem Akheddiou), y su primer amor, Louise (Victoria Bluck). Obviamente, las dos primeras configuran los valores sobre los que se asienta su carácter; y para un chaval que ve a su madre agobiada e infeliz, y por tanto distanciada de la educación de él y sus hermanos, la búsqueda de un modelo parental del que enorgullecerse le debió de llevar a volverse hacia otra mujer, ésta independiente y dinámica, que lleva una vida plena y se halla entregada a su trabajo «como si fuera un hombre». Ahí radica, de hecho, el nudo gordiano de la trama pues, borrado su padre de la ecuación, el machismo, ya no solo de la religión musulmana, sino del amplio mundo en general, hará que Ahmed se vaya avergonzando paulatinamente de su admiración hacia Inès: su obsesión por ella únicamente se explica de esta manera, más allá de la antipatía que Youssouf ostenta hacia la profesora. Finalmente, la irrupción de Louise complicará la confusión de Ahmed y pondrá en evidencia la absurdidad de unas normas de conducta, las religiosas, que se enfrentan a lo sano, lo hermoso y lo natural. En todo caso, la estructura climática de la trama –una vez más, flirteando con el thriller– y el hecho de que todo el peso emocional del relato se deje para su angustiosa secuencia final, sin duda propicia que la cinta logre un nivel de calidad superior al de la media de producciones fílmicas.

    En resumidas cuentas, por tanto, El joven Ahmed es una película que no defrauda a los fans de Jean-Pierre y Luc Dardenne, pero que tampoco entusiasma; que recuerda demasiado a trabajos anteriores, y mejores, de ellos (a La promesa y Rosetta deberíamos añadir El niño de la bicicleta); que se adscribe a ese estilo documental con luz natural y cámara en mano marca de la casa, siempre potente por su efecto de verosimilitud pero, a estas alturas, nada sorprendente; que cuenta con un guion inteligente y sutil, donde los sobreentendidos frecuentemente expresan más que las palabras, incluso por lo que atañe a la configuración psicológica de los personajes; y que, en definitiva, arroja una visión honesta y directa sobre una realidad, la de los jóvenes hijos de inmigrantes árabes, nacidos y criados en Europa, que paradójicamente son quienes más integran los movimientos terroristas islámicos, probablemente por haberse enfrentado desde siempre a la xenofobia de los no musulmanes en sus propios países. No en vano, lo que más incomoda a Ahmed cuando va a trabajar por primera vez a la granja es lo amables y tolerantes que son todos con sus prácticas religiosas y sus opiniones: que haya opresores que no opriman siempre desconcierta, por no decir que indigna, al oprimido. De esos barros, estos lodos | ★★★☆☆


    Elisenda N. Frisach |
    © Revista EAM / Barcelona


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