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    Crítica | Blanco en blanco

    En el corazón de las tinieblas

    Crítica ★★★★☆ de «Blanco en blanco», de Théo Court.

    España-Chile, 2019. Título original: Blanco en blanco. Dirección: Théo Court. Guión: Théo Court, Samuel M. Delgado. Producción: Jose A. Alayón (El Viaje Films), Giancarlo Nasi (Don Quijote Films). Presentación oficial: Orizzonti de la Mostra de Venecia. Director de fotografía: Jose A. Alayón. Edición: Manuel Muñoz Rivas. Diseño sonoro: Carlos E. García. Música: Jonay Armas. Intérpretes: Alfredo Castro, Lars Rudolph, Lola Rubio. Duración: 100 minutos.

    Tres personas avanzan con dificultad hacia unas construcciones en medio de un paisaje nevado. El destino es claro y la sensación de extrañamiento igualmente presente a lo largo de toda la película. En Blanco en blanco de Théo Court, los hombres aparecen permanentemente armados y dos mujeres, hasta su elipsis visual, están confinadas en una mansión alejada de cualquier civilización. La luz, y su ausencia, provoca las primeras reacciones de Pedro, el fotógrafo, porque esa es la profesión del tercer hombre que no lleva armas. Se mueve por la estancia, busca el ángulo, busca si ya no brota el rayo de luz, al menos la claridad de un día plomizo en el que ha de retratar a la prometida de Mr. Porter. Primera sacudida, primer acercamiento al horror y al abuso, esta prometida no deja de ser una niña. No hay reproche moral que hacer a quien todo lo controla, y del que, como una especie de Godot, todo el mundo habla pero nunca se deja ver. El fotógrafo juega a componer la escena para crear su representación ideal de un retrato de bodas que se acerca al imaginario erótico del personaje. Nadie mejor que Alfonso Castro para proporcionar al personaje esa mezcla de indefinición, doble moralidad, oscuridad que tan bien sabe representar. Hacer arte con la imagen, pero también dejar volar el subconsciente erótico del momento. Agradar a Mr. Porter satisfaciendo el propio deseo.

    En el eco de las imágenes aparece la figura siniestra de Mr. Popper, trasladado en la ficción a un invisible Mr. Porter. En la materialización del fantasma del fotógrafo que retrató el genocidio de los ona, también conocidos como selk'nam, el personaje de Pedro, admirablemente creado por el actor chileno Alfredo Castro. En la concepción del relato la profundidad de un western psicológico trasladado a los confines del continente americano, Tierra de Fuego. En el blanco del paisaje el rastro indeleble de la crueldad humana que no puede ocultarse bajo el manto de la nieve. Habría en el relato creado por Court y Delgado dos partes bien definidas y muy bien ensambladas. Por un lado la definición del personaje de Pedro, anclado en un lugar que no le corresponde, a la espera de una boda que no llega y de conocer a quien le ha contratado, que no se deja ver, donde resuenan los ecos de La pequeña de Louis Malle en esa creciente obsesión del adulto por la recluida figura de la menor destinada al matrimonio. Por otro, comprometido el honor y el poder del magnate, la progresiva degradación del personaje del fotógrafo hasta formar parte de los grupos de caza y exterminio de seres humanos, ésta sería la parte de la película que nos acerca a Zama de Lucrecia Martel y a Jauja de Lisandro Alonso, sin perder nunca su propia identidad.

    Para el personaje de Pedro su estancia en la hacienda del poderoso se convierte en una continua puesta en escena. Su relación con el espacio, la luz, las personas, parece ser formada a través del objetivo de una cámara fotográfica que exige inmovilidad durante unos segundos. Las personas fotografiadas dejan de ser ellas mismas durante el tiempo en que se compone el plano, una composición en la que terminamos compartiendo la mirada subjetiva del fotógrafo. Poco a poco vamos convirtiéndonos en espectadores de primera mano de las obsesiones de un personaje consciente de que su futuro se ha unido, indisolublemente, y puede que por un malentendido inocente, a ese territorio y a la labor de limpieza étnica con fines económicos que fue amparada por el gobierno chileno; operación entregada a los terratenientes británicos, chilenos y argentinos y destinada a ampliar sus propiedades, contando con la ayuda de sus correspondientes mercenarios a sueldo, y a comisión por oreja o mano de indígena entregadas a los capataces, una oreja por una libra esterlina.

    Blanco en blanco, Théo Court.
    Una de las pequeñas joyas independientes que nos deja el 2019 y que competirá en la próxima edición del Festival de Gijón.

    «Théo Court rueda historia como si se tratara de una ficción y lo hace con la consciencia de hacer una obra de arte sin necesidad de caer en moralismos inoportunos. Ese fundamental plano final, en el que la luz marca el ritmo frenético y un tanto obsesivo de Pedro apremiado por el atardecer, es resumen perfecto del ideario subliminal de la película».


    La película mantiene un respetuoso fuera de campo hacia la violencia racista, pero nada impide su percepción constante, creando esa atmósfera densa de incomodidad creciente que se incrementa conforme Pedro se ve envuelto en esa telaraña de infamia. Hay violencia hacia las mujeres, implícita en todo momento, sexual en uno de los momentos determinantes de la degradación colectiva; hay violencia hacia el indio considerado como ser inferior e ilegítimo propietario de unos terrenos necesarios para la ganadería extensiva, si bien, en vez de observar las matanzas y capturas asistimos al momento previo, a la batida nocturna, a la entrada en el bosque, al baile de antorchas en la oscuridad, al disparo indiscriminado para generar miedo y provocar la huida de ese territorio a usurpar hacia el refugio de las misiones religiosas que no dejaron de ser campamentos de refugiados sin esperanza de justicia, o al resultado final como decorado para inmortalizar el momento. La violencia más visible, paradójicamente, y desde la distancia marcada por el director integrándola en el paisaje, la sufre el propio fotógrafo cuando, en su ensoñación amorosa y, por qué no decirlo, pedofilia declarada, decide fotografiar a la prometida al amanecer en una pose erotizante para su propia satisfacción. Dos de los mercenarios de Mr. Porter enseñarán a Pedro los límites de su trabajo y de su relación con el amo a golpes, y de paso, quedará sellada su esclavitud y dependencia del tirano, quien hará suyo el trabajo futuro del fotógrafo obligándole a integrarse en el club violento de exterminadores para rebajar su neutralidad haciéndole parte de las expediciones de cacería, en las que retratará a víctimas y verdugos como si de hazañas se tratara en composiciones teatrales donde busca la estética sin percatarse del horror de una matanza.

    No hay necesidad de catequizar, no hay palabra para describir lo que las imágenes saben transmitir, son éstas las que nos permiten juzgar libremente. Los hechos, su innegable carga de profundidad, no se verán blanqueados por el entorno ni el bello tratamiento de la fotografía del filme (dos valores seguros detrás de ella, Alayón y Herce), ni por el cuidado entorno sonoro de la película en el que se integra perfectamente la música creada para la ocasión (Armas) y la del momento en que transcurren los hechos. Théo Court rueda historia como si se tratara de una ficción y lo hace con la consciencia de hacer una obra de arte sin necesidad de caer en moralismos inoportunos. Ese fundamental plano final, en el que la luz marca el ritmo frenético y un tanto obsesivo de Pedro apremiado por el atardecer, es resumen perfecto del ideario subliminal de la película. Un hombre dedicado a una profesión en la que la belleza parece primordial, perdiendo la perspectiva del trasfondo horrible que la provoca. Así parece moverse Pedro ajeno a la decadencia humana, diseñando el encuadre, la figuración, el vestuario, la colocación; pero lo que no puede ocultar es que, detrás de su cuidado y esmerado estudio de la luz, persiste el retrato obsceno de lo tenebroso | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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