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    La última heredera: hasta siempre, Olivia de Havilland

    La última heredera

    Hasta siempre, Olivia de Havilland

    La muerte de Olivia de Havilland, a la edad de 104 años, supone la pérdida de una de las últimas grandes estrellas del cine clásico, sin duda la más longeva. Con ella se va el último miembro que quedaba vivo del cast de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), una de las cintas más emblemáticas de la Historia del Cine. Pese a que la gran protagonista de aquella obra maestra fue Vivien Leigh y que el Oscar a la mejor actriz de reparto fue para otra compañera de reparto, Hattie McDaniel, todos nos enamoramos de la bondad y la vulnerabilidad de su Melania Hamilton, personaje que la marcó, a pesar de que sus estatuillas doradas las obtuviese por La vida íntima de Julia Norris (Mitchell Leisen, 1946) y La heredera (William Wyler, 1949). Bajo su aspecto de mujer frágil, Olivia albergaba un fuerte carácter que la hizo luchar contra el abusivo control de los productores sobre los actores de la época, además de ser conocida la turbulenta rivalidad, personal y profesional, que vivió con su hermana, la también actriz Joan Fontaine. Fue Olivia una de las estrellas más taquilleras de la Warner, especialmente por la exitosa pareja que formó con el galán Errol Flynn en títulos como El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935), La carga de la brigada ligera (Michael Curtiz, 1936), El hombre propone (Michael Curtiz, 1938), Robin de los bosques (Michael Curtiz, William Keighley, 1938) —donde encarnó a la Lady Marian más dulce del celuloide—, La vida privada de Elizabeth y Essex (Michael Curtiz, 1939), Dodge, ciudad sin ley (Michael Curtiz, 1939), Camino de Santa Fe (Michael Curtiz, 1940) y Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941).

    Olivia luchó por desencasillarse de los personajes de mujer indefensa y escogió representar papeles más fuertes en la gran pantalla, algo que se traduciría en mayores opciones de lucimiento dramático. Otros de sus grandes trabajos fueron La pelirroja (Raoul Walsh, 1941), Si no amaneciera (Mitchell Leisen, 1941), Como ella sola (John Huston, 1942), Predilección (Curtis Bernhardt, 1946), A través del espejo (Robert Siodmak, 1946) —donde se metió en la piel de dos hermanas gemelas antagónicas—, Nido de víboras (Anatole Litvak, 1948) -actuación premiada en Venecia-, Mi prima Raquel (Henry Koster, 1952), No serás un extraño (Stanley Kramer, 1955), El rebelde orgulloso (Michael Curtiz, 1958), La noche es mi enemiga (Anthony Asquith, 1959), Una mujer atrapada (Walter Grauman, 1964) o Canción de cuna para un cadáver (Robert Aldrich, 1964). En la década de los 70 formaría parte de los multiestelares repartos de dos productos catastrofistas como Aeropuerto 77 (Jerry Jameson, 1977) y El enjambre (Irwin Allen, 1978), pero sus intervenciones como actriz se verían limitadas, desde entonces, a pequeños papeles en series televisivas como la celebrada Norte y Sur. Olivia de Havilland, pese a que llevaba décadas de discreto silencio y reclusión en su casa de París, aún demostraría su genio al interponer, hace un par de años, una demanda contra los productores de la serie Feud por la imagen dañina que consideraba que se daba sobre su figura, encarnada para la ocasión por Catherine Zeta Jones. Nos ha dejado una gran diva. Una mujer fuerte y luchadora. Una extraordinaria actriz que llenaba la pantalla en cualquier género que acometiera. El último vestigio de un modo de hacer cine que, por desgracia, nunca volverá. Cuando sus millones de fans casi pensábamos que sería eterna (sobrevivió a otro grande como Kirk Douglas), el viento se ha llevado finalmente a la gran Olivia de Havilland. Queda el consuelo de que sus películas quedarán para siempre entre nosotros para disfrutar, una y otra vez, de su enorme talento.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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