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    Crítica | Amazing Grace

    Eran posibles aquellas imágenes

    Crítica ★★★★☆ de «Amazing Grace», de Allan Elliott y Sydney Pollack.

    EE.UU., 2018. Título original: «Amazing Grace». Directores: Allan Elliott y Sydney Pollack. Productores: Jon Boyd, Allan Elliott, Rob Johnson, Chiemi Karasawa, Spike Lee. Montaje: Jeff Buchanan. Dirección de arte: Mathieu Bitton. Intérpretes: Aretha Franklin, James Cleveland, Southern California Community Choir, C.L. Franklin, Alexander Hamilton, Bernard Pretty Purdie, Chuck Rainey.

    01.

    Vi por primera vez Amazing Grace (Allan Elliott y Sydney Pollack, 2018) una noche más bien anodina de octubre de 2019. A pocos metros de mi proyector doméstico reposaba una copia de La peor parte: Memorias de amor (Fernando Savater), cuya lectura había decidido interrumpir provisionalmente unas cuarenta páginas antes del final —esto es, en el momento exacto en el que el escritor recuerda el descubrimiento del tumor cerebral que acabó con la vida de su esposa. Esa misma tarde había visto Joker (Todd Phillips, 2019) por tercera vez en el cine de la pequeña ciudad en la que vivo, en esta ocasión acompañado por mi mejor amiga, a la sazón trabajadora social e inteligentísima lectora de las tensiones sociales. Los dos salimos del cine derrumbados y tuvimos una de esas largas conversaciones que únicamente se pueden construir en el margen de las grandes películas mientras nuestro coche circulaba en dirección contraria a las prostitutas que ya bajaban camino al polígono industrial de las afueras para arrancar la jornada.

    Valga esta larga introducción para decir que el encuentro con Amazing Grace estaba mediado por un cierto estado de ánimo lindante con la desolación a la que tampoco contribuía que días anteriores Ignacio Pablo Rico hubiera publicado una crítica absolutamente fenomenal sobre la cinta —Lo inalcanzable, en Cine Divergente— a la que yo tenía muy claro que podría aportar poca cosa más. Si quieren una impecable aproximación historiográfica y analítica a la película, por favor, vayan directamente a ese texto y ahórrense los siguientes párrafos con toda confianza.

    Ahora bien, como siempre he sido discípulo confeso de Robert Silverberg, no se me caen los anillos en reconocer que muchos de nuestros textos nacen de las ideas brillantes que nuestros colegas más dotados apuntan. Así que valga como punto de partida para lo que sirve la siguiente frase de la crítica de Ignacio que vale su peso en oro: «Amazing Grace no es únicamente la cobertura de un legendario evento musical: es una película que se interroga sobre cómo fijar lo sublime en formas audiovisuales, acerca de cuál es la manera más apropiada de hacer justicia a un espectáculo glorioso». Amén, claro.

    Amazing Grace, Allan Elliott y Sydney Pollack.
    Presentada en el festival DOC de Nueva York.


    02.

    Mientras veía Amazing Grace con la prudencia de quien sabe poco de Gospel, del contexto historiográfico en el que se registran las imágenes o de las filiaciones en las que se enreda la cinta, hubo un primer dato que me salió al paso. El extraordinario tour de force entre la dimensión evangélica de lo que allí se pronuncia y el caos tecnológico que implica su preparación. La película se abre con una suerte de instrucción de lectura tácita: eso sigue siendo un templo, lo que allí se pronuncie debe tener un sentido sagrado, y la lógica misma de que esas imágenes existan únicamente se entiende a partir de la participación de la comunidad. Poca broma. Y ahora menos que nunca.

    En un momento en el que lo sagrado tiende a clausurarse más y más sobre sí mismo —los pensadores más reaccionarios del panorama contemporáneo se preguntan ya abiertamente qué sentido tiene la Iglesia Católica después de haber “aflojado sus riendas” tras el Congreso Vaticano II, y a lo peor, son celebrados por su parroquia—, Amazing Grace da un golpe de volante y pone en el centro lo ritual, pero al mismo tiempo, lo que cohesiona, lo que resuena, lo que imbrica. Lo que re-liga y lo que —supongo que podré utilizar la palabra— todavía es misericordioso. Que esa música se hubiera podido convocar más cómodamente en un estudio, en situaciones más controladas y prácticas para todos los participantes es algo sabido. Que fenomenológicamente esa música únicamente pueda existir en un recinto sagrado y en el marco de un ritual sagrado es algo muy distinto y complica profundamente el trabajo de Pollack y de sus operadores.

    Porque de lo que se trata no es simplemente de registrar una cierta interpretación, y ya de paso, de “sazonar” aquí y allá el metraje con los inevitables tópicos de las celebraciones de las comunidades negras. Lo que exigían aquellas imágenes era, nada menos, dar cuenta de una experiencia de culto y recogimiento —porque lo hay, debajo de toda esa pantalla espectacular de manos alzadas y fieles bailando— en la que lo que se juega es nada menos que el sentido total de la existencia.

    La religión —cualquier religión que no sea, al menos, radicalmente mística e introspectiva— necesita una compañía fenomenológica, una presencia en la que el cuerpo del Otro se imponga como límite, como problema, pero también como esperanza viva de la encarnación de un cierto dios, con minúscula y humilde. Amazing Grace reescribe con puntería absoluta ese versículo tremendo, gigantesco, de Mateo (18: 20): «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». ¿Y la cámara? ¿Está a la altura del versículo de Mateo?

    No. No lo está. Tampoco el montaje. Pero eso no es excusa para que las imágenes no existan o —paradójicamente— para que sean menos eficaces. Porque no es el cine lo que aquí está en juego, ni tampoco el género “documental musical”, ni siquiera los debates habituales de la crítica sobre el estatuto concreto significativo de las imágenes. Es bastante normal que una parte importante de nuestros contemporáneos haya despachado Amazing Grace con un gesto displicente amparándose en su “intrascendencia cinematográfica” o similar. Sea, nada que discutir. En un tiempo en el que se descubren semanalmente obras maestras, ¿qué tiene que decir Amazing Grace, que en el fondo no es sino una arqueología de imágenes imperfectas, rodadas como se pudo y montadas de peor manera? Pasemos a otra cosa, rápido, porque aquí no hay nada que compartir en redes sociales.

    Fíjense, por ejemplo, en la fealdad de ese cuadro que decora el fondo del templo en el que se suceden las imágenes. No hablemos de ese desafortunado primer plano en el que, para colmo, se nos obliga a soportar su carácter amateur, su falta de perspectiva. Cuadro horizontal en cinemascope que a veces parece una pantalla de cine. Qué diferente esa pantalla de cine estática y fea de las nuestras, siempre tan dinámicas y con una colorimetría tan deliciosa.

    Pero claro, repetimos: Amazing Grace existe pese a desvelar lo que desvela y pese a apostar a lo que apuesta. Es una cinta tan religiosa que no será programada por ningún ciclo de esos que en Semana Santa o en ciertas televisiones muestran de vez en vez para meternos la piedad en el cuerpo a golpe de Peplum y de milagro subrayado. Una cinta con un Cristo tan humilde y una mujer que canta en un espacio visualmente poco agraciado, simple y llanamente, como dirían los movimientos sociales de moda, no nos representa.

    Amazing Grace, Allan Elliott y Sydney Pollack.
    Caramel Films distribuye este largometraje documental que nos devuelve a dos mitos: Franklin y, por supuesto, Pollack.


    Pero.

    Pero hay un momento en el que, cuando Aretha canta precisamente Amazing Grace, la cámara capta casi de refilón y de manera fortuita a uno de los cantantes del coro, situado a la izquierda. Es una colección de primeros planos punteados por una frase providencial —nunca mejor dicho— del Pastor (Can I get a Witness, here?), y que retratan con un respeto absolutamente demoledor la realidad de lo que está ocurriendo allí. Es un gesto de superación de lo cinematográfico tan abrasivo, de un calado tan extraordinariamente profundo que uno no puede sino enmudecer y darse cuenta del peso de lo que se escribe por detrás de los focos, los micrófonos, de Aretha misma, del cuadro de Cristo en cinemascope. Algo se ha revelado. Algo que no es sino un gesto —contener una lágrima, apretar la mandíbula, dejar caer la mano de una manera determinada en la silla.

    Y ahí, en esos cuatro o cinco planos, créanme, está el versículo de Mateo, escrito por encima de nuestra Historia y de la pequeña historia del cine. No hay nada más que decir, porque queda dicho todo: mi ejemplar de La peor parte, los cuerpos que tienen que sufrir la tremenda humillación de sentarse en oficinas gélidas y mal iluminadas de Servicios Sociales, las prostitutas —por cierto, negras y de origen generalmente nigeriano— que fornifollan en el polígono industrial hasta los domingos por la mañana, cuando otros vamos al culto. Todo en cuatro o cinco planos, y en esos cuatro o cinco planos hay que clavar fuerte las uñas, precisamente porque ocurren esquinados del espectáculo principal, porque no retratan el proceso creativo, porque no pertenecen a Aretha ni a Pollack. Porque están en otro lado. Y ese otro lado —el silencio del cuerpo emocionado, el silencio de los pueblos, el silencio superviviente, el silencio pese a todo, que es el silencio del que contiene una lágrima o del que no puede contenerlo, entonces, escúchenme bien, hace renacer al cine. O por lo menos, al cine en el que yo quiero creer: el que no se queda impasible ante la vida, el que se enfrenta a pecho descubierto con la vida —aun a riesgo de equivocarse—, el que no nos duerme con tranquilizadoras consignas conservadoras o progresistas. El cine que arde. El cine sagrado.

    Y sí, aquí quería llegar. Es paradójico que habiendo tantas productoras dedicadas a la creación de material audiovisual no comprendan que lo que hace sagrada una cierta narración no es ni su tema, ni su origen, ni mucho menos sus intenciones. Es su capacidad para desplegar la vida y sus límites a partir de la humildad, la cercanía del gesto, y por supuesto, su compromiso con el reto que sigue siendo representar el dolor concreto de un ser humano | ★★★★☆


    Aarón Rodríguez Serrano |
    © Revista EAM / Castellón


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