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    Crítica | Los informes sobre Sarah y Saleem

    Estampas biopolíticas

    Crítica ★★★★☆ de «Los informes sobre Sarah y Saleem», de Muayad Alayan.

    Palestina, 2018. Título original: The Reports on Sarah and Saleem. Director: Muayad Alayan. Guion: Rami Musa Alayan. Productores: Muayad Alayan, Rami Musa Alayan. Música: Frank Gelat, Charlie Rishmawi, Tarek Abu Salameh. Dirección de foto: Sebastian Bock. Montaje: Sameer Qumsiyeh. Vestuario: Hamada Atallah. Intérpretes: Ishai Golan, Hannah Hillo, Maisa Abd Elhadi, Kamel El Basha, Sivane Kretchner, Bashar Hassuneh. 127 minutos.

    Cuando el viajero llega a Israel, una de las primeras cosas que detecta siempre es cómo la biopolítica —esa palabreja aprendida en las noches de leer a Foucault en el propio país y en la propia lengua— se encarna. Y lo nota, además, en su propio cuerpo. El cuerpo que uno es y que, al tocar tierra, es sometido a todo tipo de consultas, chequeos, siseos y miradas por un efectivísimo dispositivo de seguridad que, desde la invisible barrera de la seguridad nacional, escruta con una precisión quirúrgica la propia historia, la propia palabra, la propia memoria. En los controles de los aeropuertos y en las fronteras somos siempre un cuerpo desvalido, aterrorizado, probablemente inocente, situado ante un aparato de conocimiento monstruoso ante el que no cabe sino dudar y sentir una bien justificada angustia.

    De ahí que Los informes sobre Sarah y Saleem (The Reports on Sarah and Saleem, Muayad Alayan, 2018) sea, ante todo, una impecable lección de biopolítica a partir de la experiencia de un cierto territorio en el que todo —pese a su condición sagrada, pese a ser una Tierra Santa— se experimenta como cuerpo. Cuerpos que hacen el amor en una furgoneta, cuerpos que son golpeados por paisanos o policías, cuerpos interrogados, desmenuzados, masticados, enclaustrados, cuerpos resucitados en los posters de propaganda. Cuerpos que nacen con la amenaza de la muerta tatuada en la piel. Cuerpos que —hete aquí la cuestión central— habitan o no habitan, pertenecen o no pertenecen.

    Y es que la película tiene un primer punto de fuga interesante en la manera en la que trabaja la colección de espacios por las que deambulan los cuerpos. Una dirección de arte absolutamente exquisita —como suele ser habitual, por cierto, en las pocas cintas israelíes y palestinas que llegan a nuestras carteleras— se impone prácticamente desde las primeras imágenes. Hay algo fascinante en los interiores, en los locales, las fábricas, pero también en los objetos, las tazas de té, las cajas de cartón, pero también en la música que flota en el ambiente, los ruidos de la noche, pero también en los gestos buscados, encontrados, sorprendidos, pero también en la violencia, y en la calma, y en el sexo y en el desencuentro. Así que todo —como bien sospecha el lector— es una suerte de serpiente de significantes pulidos, precisos, muy bien medidos, en los que —comencemos por ahí— el acto mismo de mirar es algo gozoso. Se excita la mirada, el encuentro con lo más sencillo, con lo más concreto, de tal modo que aunque la trama vaya fluyendo como un mecanismo de relojería, siempre hay una deleitosa sorpresa en la manera en la que aparecen nuevos objetos, nuevas cosas para mirar, para paladear. Todo es familiar y todo es ajeno al mismo tiempo —otro rasgo que reconocerá el occidental que visita Israel queriendo no ser un turista—, como si fuera el mundo conocido desplegándose sobre un mapa de alteridades y diferencias.

    Los informes sobre Sarah y Saleem, Muayad Alayan
    Premiere en Orizzonti de la 75ª Mostra de Venecia y distribuida en España por La Aventura.

    «Todo está ahí, y todo corta los dedos, precisamente porque la película se toma en serio con extraordinaria fiereza, porque es sólida y porque es consciente de desvelarse. Toma partido, pero no toma al espectador por imbécil. Se toma tiempo, pero devuelve también una vivencia valiosa».


    Sería interesante, por ejemplo, comprobar las diferencias entre un cierto thriller nórdico que dispone visualmente cada elemento —distanciado, oscurecido, fotografiado casi siempre en gama baja o con etalonajes de la era de Instagram—, mientras que aquí todo está preñado de sensualidad, todo es carnal e inmediato, todo remite a un cierto goce en el encuentro. En Los informes sobre Sarah y Saleem no hay tópicos, ni lugares comunes: cada espacio impone su propio código visual: el café en el que trabaja la protagonista tiene una pátina occidental en el que se paladea el jazz de las mañanas israelíes, los sótanos por los que fluyen las cloacas de los espionajes y los contraespionajes son congeladores en los que la Ley dormita, los barrios palestinos están trazados con sus curvas, sus calles empedradas, y entonces, uno comprende que efectivamente la película misma es un viaje y que en su movimiento por las localizaciones hace una cierta justicia al espectador. Le ofrece —recuérdense los tremendos planos en contrapicado del muro— una colección de estampas, en el sentido clásico del término. Estampas biopolíticas, por supuesto.

    Ahora bien, no debemos olvidar que lo que se despliega —más allá del espacio, más acá de los textos de Foucault, que cada vez es menos— no deja de ser un thriller eminentemente político. La película funciona razonablemente, sobre todo en su primera mitad. La sensación de tensión, de amenaza, la manera en la que los cuerpos se van deslizando en una tupida pesadilla de acciones y reacciones, se trazan con tiralíneas. Una mujer perdida en una calle silenciosa. Una llamada inesperada de trágicas consecuencias. Un viaje silencioso hacia una instalación militar. La caída de la noche, el sexo doloroso, todo tiene un sentido dramático bien medido, temperado, como si en las fases de escritura del guion se hubieran tomado las precauciones necesarias para que el espectador pudiera disfrutar del tiempo de la intriga sin ser molestado, apresurado, epatado. Un tiempo para los objetos, un tiempo para los espacios, pero también, un tiempo para la propia historia que quizá se ralentiza brevemente en el tramo final pero que gana haciendo quiebros a su propia sombra cuanto más se separa de la postalita esperada y más salta a lo concreto: la pregunta por los Estados, la pregunta por lo poco que uno puede hacer allí donde los Estados y sus maquinarias merodean.

    La película, sin embargo, tiene sus propias zonas de sombra en las que se cobijan ciertas dudas, básicamente incómodas. ¿Hubiera sido posible pensar la obra si se hubiera contado al revés, esto es, mediante la historia de una mujer palestina con un trabajador israelí? ¿Hasta qué punto no reproduce el metraje ciertas imágenes del antisemitismo clásico —concretamente—, la relación con el dinero, con el negocio, con el aislacionismo y la brutalidad? ¿Hasta qué punto ciertas decisiones de la dirección de arte —la construcción de la Palestina nocturna, abierta y tolerante— no son sino una respuesta concreta al intento de constituir Tel Aviv como el gran espacio de ocio occidental del siglo XXI? Todo está ahí, y todo corta los dedos, precisamente porque la película se toma en serio con extraordinaria fiereza, porque es sólida y porque es consciente de desvelarse. Toma partido, pero no toma al espectador por imbécil. Se toma tiempo, pero devuelve también una vivencia valiosa | ★★★★☆


    Aarón Rodríguez Serrano |
    © Revista EAM / Castellón


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