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    Crítica | La inocencia

    Perder el control

    Crítica ★★★★☆ de «La inocencia», de Lucía Alemany.

    España, 2019. Título original: La inocencia. Dirección: Lucía Alemany. Guion: Laia Soler, Lucía Alemany. Productoras: Turanga Films / Un Capricho de Producciones / Lagarto Films / Institut Valencià de Cultura / Movistar+ / Televisión Española (TVE) / TV3. Fotografía: Joan Bordera. Reparto: Carmen Arrufat, Laia Marull, Sergi López, Joel Bosqued. Duración: 92 minutos.

    Si algo define la adolescencia es la inocencia… y la pérdida de ella. Llega un momento en el que dejamos de ser niños cuyas preocupaciones se arreglan con un simple abrazo de los padres para convertirnos en proyectos de adultos, lo que significa que debemos afrontar un juego cuyas reglas nadie nos ha explicado: el de la vida, aquel al que en realidad sólo jugamos como expertos al dar el último suspiro. La adolescencia y el final de la inocencia, dos cuestiones imposibles de separar, constituyen el epicentro del primer trabajo de muchos realizadores por dos motivos básicos: porque, a diferencia de los cineastas ya asentados, todavía recuerdan perfectamente esa etapa y sienten por tanto la necesidad de honrarla antes de olvidarla y porque, de alguna forma, ellos mismos están dejando atrás la ensoñación que todo estudiante de cine ha atravesado alguna vez: esa en la que el séptimo arte es una ilusión al no haberse parado a pensar en lo que hay detrás y, sobre todo, en cuán duro y difícil es realmente llevar una producción cinematográfica a buen puerto (llegar a crear lo que se desea es de por sí arduo, pero que ese deseo sea también, digamos, deseable para los demás depende sencillamente de demasiados factores). A este respecto, Lucía Alemany es una privilegiada, pues no sólo su primer largometraje, cuyo título ya se ha citado varias veces aun sin hacerlo, La inocencia, ha nacido tal y como ella se proponía sino que además el público parece estar recibiéndolo con los brazos abiertos, al menos si atendemos a su presentación oficial en el marco del Festival de San Sebastián, donde los vítores finales se prolongaron durante varios minutos, incluso cuando la mitad de la sala estaba poblada por miembros de un grupo no siempre deseoso de estar viendo la producción que le toca ver: el Jurado de la Juventud. No sorprende, claro: ellos saben mejor que nadie lo auténticas que son las interacciones entre los personajes y lo convincentes que resultan las supuestas contrariedades presentadas. Y es que la película rezuma verdad por los cuatro costados, una verdad anclada a un lugar y un tiempo determinados pero extrapolable a cualquier otro.

    El multipremiado cortometraje 14 anys i un dia (2015) fue el proyecto de final de carrera de Lucía Alemany, que ha optado con su primer largo por llevar más allá las cuestiones allí desarrolladas pero añadiendo bienvenidas dosis de luminosidad. Rodada en su pueblo natal, Traiguera, en la cálida frontera entre Tarragona y Castellón, La inocencia sabe de qué está hablando en todo momento, tanto a la hora de desarrollar diálogos aparentemente nimios pero colmados de significado, como al retratar los encantadores rincones y las no tan encantadoras costumbres de la zona, incluyendo el famoso toro embolado que la joven cineasta se limita a presentar con frialdad para que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones, si bien no es casualidad que el montaje opte por pasar directamente al primer plano del rostro lloroso de la protagonista, aun cuando probablemente el sufrimiento del toro sea lo último que pasa por su cabeza en ese momento. Alemany no juzga esa asentada barbarie, como tampoco lo hace con ninguno de sus personajes aun cuando más de uno bien merece los sorprendentemente divertidos tortazos que recibe. Y es que, ante todo, hay sumo cariño por y para todos los elementos presentados en este universo de contrastes: Liz, protagonista y álter ego de la realizadora, lo mismo baila en una discoteca tecno que pasea junto a una procesión, en ambos casos, eso sí, vistiendo ropa que los adultos, todavía conservadores, desaprueban. El choque de generaciones es clave del filme, sobre todo respecto a la relación de Liz con unos progenitores que no siempre pueden, siquiera intentan, entenderla. Pero La inocencia deja claro que el progresismo, la inteligencia o la bondad no son cosa de edad, siendo de hecho la madre de la mejor amiga de Liz, aquella a la que llaman chistosamente “Remedios Naturales” o incluso “bruja”, el personaje más avanzado en todos los aspectos. Su reflexión sobre cómo la culpa y el perdón son un invento de la Iglesia que no sirve de nada se ganó de hecho un buen puñado de aplausos durante el pase al que tuvo la suerte de acudir quien firma estas líneas. De contrastes vive también el reparto, conformado tanto por debutantes colmados de espontaneidad, entre ellos la carismática protagonista de 16 años, Carmen Arrufat, como por intérpretes más afianzados que no se quedan atrás a la hora de transmitir frescura: Sergi López y Laia Marull, ambos magníficos, encarnan a los progenitores de Liz, clásica pareja de hombre dominador y mujer dominada a la que irían bien las lecciones de los más pequeños, y Joel Bosqued hace lo propio con el novio, que empieza casi como un arquetipo de tipo duro y poco a poco se gana nuestro aprecio al terminar en una posición de fragilidad que no esperábamos. «Se siente», parece decir el guion, «el amor es complicado».

    La inocencia, Lucía Alemany.
    Una de las agradables sorpresas de la sección NUEVOS DIRECTORES que estrenará Filmax.

    «Aun cuando no hay una sola frase mal escogida, es en las miradas donde reside la magia: la climática escena de confrontación entre madre e hija, por ejemplo, resulta conmovedora por cuánto dicen los ojos de ambas, incapaces realmente de expresar con palabras lo que pasa por sus mentes y corazones». 


    Lucía Alemany admite carecer de un verdadero background cinematográfico y aspira, sencilla y llanamente, a contar su historia, la cual es latente en el embarazo no deseado de la protagonista, calcado de su vivencia real en el pueblo y desarrollado con la justa dosis de dramatismo para no abrumar en exceso. Quizá sea de hecho ese el momento en que Liz, que sueña no tan inconscientemente con ser artista de circo, pierde de una vez por todas la inocencia, al encontrarse de pronto sola con un problema que no puede solucionar pero tampoco contar a quien podría ayudarla a hacerlo. Y, lejos de aleccionar en una dirección u otra, la película se limita a ofrecer una verdad como un templo: Liz está en su derecho de tomar una decisión u otra, pero es importante que sea consciente de qué decide y por qué lo hace para estar en paz consigo misma de cara al futuro. La búsqueda de la verdad es la clave tanto de la historia como de la puesta en escena, que opta siempre por nuevos ángulos para dotar de originalidad al día a día, explotando la habilidad circense de Liz y también su ingenua sensualidad, pero anteponiendo en todo momento el trabajo interpretativo, que debe asimismo mucho al poder de la improvisación. De hecho, aun cuando no hay una sola frase mal escogida, es en las miradas donde reside la magia: la climática escena de confrontación entre madre e hija, por ejemplo, resulta conmovedora por cuánto dicen los ojos de ambas, incapaces realmente de expresar con palabras lo que pasa por sus mentes y corazones. Y es que no hace falta haber pasado por la experiencia de directora y personaje para empatizar con esa sensación de ir a la deriva, de encontrarse entre la espada y la pared y sólo desear estallar o desvanecerse. Eso es algo, además, que no sólo Liz experimenta en pantalla: también su madre, cuando se ve impotente ante la cruda realidad a la que la expone su hija; el padre, al ver que ya no conoce a su familia; el novio, al percatarse de que nada de lo que daba por hecho es seguro. Al final, todos temen lo mismo: el cambio, o sea, la pérdida del control, elemento en el fondo clave de ese arte de crecer que nadie ha llegado ni llegará nunca a entender del todo | ★★★★☆


    Juan Roures |
    © Revista EAM / Festival de San Sebastián


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