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    Crítica | Raiva | Festival Ibérico

    Lugar sin tiempo, tiempo sin lugar

    Crítica ★★★★☆ de Raiva, dirigida por Sérgio Tréfaut.

    Portugal, 2018. Título original: «Raiva». Director: Sergio Tréfaut. Intérpretes: Isabel Ruth, Hugo Bentes, Leonor Silveira, Rita Cabaço, Kaio César, Adriano Luz, Lia Gama. Guion: Fatima Ribeiro, Sergio Tréfaut, adaptación de una obra de Manuel Fonseca. Productores: José Barahona, Carolina Dias, Claire Dornoy, Serge Lalou, Sergio Tréfaut. Productoras: Faux, Les films d´Ici, Fuqua films, Refinaria Filmes. Fotografía: Acácio de Almeida. Montaje: Karen Harley. Diseño de producción: Miguel Mendes, Fabrice Ziegler. Diseño de vestuario: Patricia Doria, Lidija Kolovrat.

    La cinematografía portuguesa apuesta por el hálito poético al abordar las entrañas de su historia, Rabia (Raiva, Sérgio Tréfaut, 2018), ostenta, en sus pequeñas formas, la ambición del retrato naturalista, dado el excelente currículo de su realizador en el campo del documental, aunque en ella se acaben revelando fuerzas subterráneas que boicotean lentamente el verismo de las circunstancias para emerger como parábola de la crueldad. Con este sentimiento se hace patente la verdadera dimensión social de la cinta, que rehúye de lo lineal o informativo, adentrándose en aspectos intangibles; y en una brillante, dolorosa, forma de usar el blanco y negro de su fotografía. Negros insondables por los que sentirse perdidos en una espiral de dolor y miseria y una ferocidad del sonido que habla allí donde no existen las palabras. Especialmente llamativo las fisionomías de unas actrices que nos recuerdan a los rostros del cine húngaro, también los austeros planos de las mujeres guarecidas en el interior de la chabola, esperando, proyectando el vacío de una caverna platónica, y la elegancia de una puesta en escena cuyo temple y exposición corresponde al mejor cine de Béla Tarr.

    La película nos cuenta la historia de una familia de campesinos en los campos desolados del Alentejo portugués de los años 50. Tréfaut nos insta a participar del terror de un campesinado a merced de los terratenientes, pero a diferencia del cine rural español, su mirada rebaja el impacto dramático estando mucho más cerca del lirismo narrativo y la aventura (fatal) de El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948), o el thriller social de la estupenda El salario del miedo (H.G. Clouzot, 1953), que de cualquier obra de Mario Camus o Carlos Saura. La ausencia de diálogos y la precisa, simétrica, construcción de encuadres, empuja a imaginar el doble sentido de un mundo del pasado no tan lejano de nuestro presente. El retrato de las oligarquías y la especulación sirven de escusa, e incluso de mero contrapunto, del epicentro de la historia; los instintos del hombre y las causas que arrastran al pobre a cometer actos de violencia. Antonio (Hugo Bentes), el padre de familia, asume el protagonismo en una sugerente estructura temporal de racconto o gran flashback, empezando la historia por el final y acabándola en el mismo punto de partida. Ese montaje le resta crescendo dramático aunque potencia la sensación de intriga y suspense. La premisa exige un esfuerzo por parte del espectador que debe situarse en los hechos, y desencadenantes, antes que en la resolución del relato.

    Es inevitable pensar en paralelismos con sucesos de la España profunda y más concretamente similitudes con los asesinatos múltiples de Puerto Hurraco, algo que no debería desviar la intención, mucho más amplia y atemporal de Tréfaut radiografiando sentimientos que atañen a la tierra, que airean respuestas invisibles de hacia dónde partimos y morimos. Del mismo modo, hace intervenir la muerte casi como una liberación entre tanta angustia y existencialismo, quizás la única manera de que estas personas puedan alcanzar el descanso. La representación de la muerte está tomada desde puntos de vista elevados, dando una perspectiva de alzamiento, de liturgia religiosa, una forma de plantear un pensamiento filosófico, muy bressoniano. Suspende la mirada de un infierno hermosamente esculpido, numerosos los instantes en el que la imagen parece detenerse, congelarse, como si escapar fuera algo remoto e imposible. Destaquemos la escena en el cementerio articulada mediante un disuasivo travelling circular, un movimiento que anticipa, y subraya, la espiral a la que están sometidos todos los personajes.

    «Aun construida alrededor de gestos poéticos, Rabia, es una película contada con sencillez, que adopta la postura más clarividente para transmitir su denuncia, su resultado, lejos del elitismo, es sobresaliente. Es arquetipo del mejor cine luso contemporáneo, capaz de sumar conciencia con elocuencia visual, tomando nota acerca de la lucha de clases, entretejiendo las entrañas de los orígenes de la tierra, de lo rural, del campo y de sus antepasados».


    El apartado musical, en este caso canticos típicos alentejanos e himnos populares, funcionan de acompañamiento o coros con ecos de tragedia griega. El himno de los mineros de Aljustrel es una canción basada en la emblemática Santa bárbara Bendita, cantada en tributo a los mineros asturianos y leoneses y a su vez inspirada en el famoso O Miudiño gallego. La música da accésit, voz, a la angustia vital de los campesinos pese a ello no consigue reforzar la ilusión o esperanza de una vida mejor sino hacer más doloroso e intenso su vía crucis diario. La voz en off del principio también brota con efecto trágico, siendo junto a la música artefactos de la narración. Aun construida alrededor de gestos poéticos, Rabia, es una película contada con sencillez, que adopta la postura más clarividente para transmitir su denuncia, su resultado, lejos del elitismo, es sobresaliente. Es arquetipo del mejor cine luso contemporáneo, capaz de sumar conciencia con elocuencia visual, tomando nota acerca de la lucha de clases, entretejiendo las entrañas de los orígenes de la tierra, de lo rural, del campo y de sus antepasados. Su apariencia se acoge a la dimensión del cuento o de la leyenda negra, siendo una interesante adaptación de la novela Seara de vento del escritor Manuel Fonseca. Filmada con naturalidad, pero sin caer en un naturalismo caduco, devuelve parte del aliento combativo de un cine pretérito, olvidado en el tiempo. Rabia es un extraordinario largometraje ganador de cuatro premios Sophia, algo así como los Goya portugueses, y presentado con éxito en diversos festivales de cine, a destacar su presencia en la sección nuevas olas del último Festival de Cine Europeo de Sevilla, o ahora disponible en el ciclo Atlántida Film Fest de Filmin. Una digna candidata para abrir en Badajoz esta 25 edición del Festival Ibérico de Cinema Cortometrajes. Especialmente recomendable | ★★★★☆


    David Tejero Nogales
    © Revista EAM / Festival de Cine Ibérico


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