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    Crítica | Toy Story 4

    Juguetes perdidos y hogares encontrados

    Crítica ★★★★★ de «Toy Story 4», de Josh Cooley.

    Estados Unidos, 2019. Título original: «Toy Story 4». Director: Josh Cooley. Guion: Andrew Stanton, Stephany Folsom (Historia: John Lasseter, Andrew Stanton, Josh Cooley, Valerie LaPointe, Rashida Jones, Will McCormack, Martin Hynes, Stephany Folsom). Productores: Mark Nielsen, Jonas Rivera, Pete Docter, Andrew Stanton, Lee Unkrich. Productoras: Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures. Música: Randy Newman. Montaje: Axel Geddes. Reparto de voces: Tom Hanks, Tim Allen, Annie Potts, Tony Hale, Keanu Reeves, Keegan-Michael Key, Madeleine McGraw, Christina Hendricks, Jordan Peele, Joan Cusack, Wallace Shawn, June Squibb, Carl Weathers, Laurie Metcalf, Betty White, Carl Reiner, Bill Hader, Bonnie Hunt, Patricia Arquette, Timothy Dalton, Carol Burnett.

    ¿Qué pasaría si los juguetes de nuestros niños tuviesen vida propia y campasen a sus anchas por las habitaciones cuando nadie les ve? Esta fue la sencillísima premisa que John Lasseter y su grupo de guionistas (entre los que estaba Joss Whedon) siguieron para poner en pie Toy Story (1995), una película revolucionaria en el mundo de la animación, por ser la primera elaborada completamente por ordenador y por suponer la brillante carta de presentación de la compañía Pixar dentro del campo del largometraje. Todos nos enamoramos de la historia del vaquero Woody, principal compañero de juegos del pequeño Andy, que veía amenazada su condición de favorito con la entrada en escena de un nuevo y más sofisticado juguete, el héroe espacial Buzz Lightyear. Aquella rivalidad inicial dio paso a una sincera amistad que se fue afianzando con el paso de los años y de las posteriores secuelas, porque sí, aparte de poseer una gran calidad artística y un guion mucho más rico en matices de lo que cabría exigir a una cinta infantil, Toy Story estaba destinada a ser una máquina de hacer dinero que sus responsables no se iban a permitir parar. Por fortuna, cada nueva entrega de la franquicia fue poniéndose el listón más alto, a nivel de creatividad, perfección técnica y, sobre todo, dosis de diversión y calado dramático. Así, Toy Story 2 (John Lasseter, Ash Brannon, Lee Unkrich, 1999) fue una primera secuela más grande, trepidante e ingeniosa que su antecesora, que añadía una nueva incorporación tan valiosa como Jessie al grupo de viejos conocidos formado por Mr. Potato, Rex o Slinky Dog, impecables secundarios cómicos dentro de un universo en continua expansión, conformado por entrañables juguetes dotados de alma. Pero la joya de la corona, el punto culminante de la saga, llegaría con la extraordinaria Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), sin duda, el capítulo más emocionante y amargo de todos, aquel en el que un Andy a punto de comenzar su etapa adulta, poniendo rumbo a la universidad, se despedía para siempre de sus juguetes, que eran confiados a otra niña, Bonnie, con la promesa de esta de ofrecerles una nueva vida de juegos. Un momento que puso un nudo en la garganta a todos los que crecieron con las aventuras de estos personajes (muchos lo hicieron al mismo tiempo que el propio Andy) y que parecía dejar la puerta cerrada a cualquier tipo de continuación. Se trataba de un final redondo, un broche de oro a una trilogía única y maravillosa.

    Nueve años después, lo que parecía imposible ha vuelto a suceder. Los responsables de la saga, alegando que Toy Story 3 había sido un final, sí, pero no necesariamente EL FINAL, se la han jugado realizando un cuarto episodio que, no solo llega con la presión de estar, al menos, a la altura de las tres cintas anteriores (mejorar la tercera era prácticamente imposible), sino también de no funcionar como mera repetición de sus esquemas o poner en evidencia el agotamiento de la fórmula como sí lo hicieran las secuelas de otros títulos de la compañía como Monstruos S.A. (Pete Docter, Lee Unkrich, David Silverman, 2001), Buscando a Nemo (Andrew Stanton, Lee Unkrich, 2003) o Cars (John Lasseter, 2006). La sorpresa es mayúscula con Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019), ya que ha conseguido borrar de un plumazo cualquier atisbo de desconfianza o recelo que se podría despertar en unos seguidores que habían quedado plenamente satisfechos con el desenlace de la serie. Si Toy Story 3 fue un episodio de emotivas despedidas y aquella esperanzadora bienvenida a una nueva etapa para unos muñecos que continuarían sintiéndose útiles ayudando a Bonnie a crecer, en el nuevo capítulo toca celebrar aplaudidos reencuentros y dar un paso más allá a la hora de tratar temas cada vez más complejos. La película comienza con una espléndida secuencia que nos devuelve, a modo de flashback, a la infancia de Andy, y que, después de un accidentado rescate de los muñecos protagonistas a un miembro de la pandilla que ha quedado extraviado en el jardín (una realidad, la de los juguetes perdidos, que cobra especial trascendencia en esta historia), despeja cuál fue el destino de Bo Peep, aquella pastorcilla de porcelana, siempre acompañada de sus tres inseparables ovejas, por la que Woody bebía los vientos y que perdimos de vista tras la segunda cinta. Una despedida de enamorados bajo la lluvia que alcanza tales cotas de romanticismo trágico que casi nos remite a aquel desenlace de Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995). Este inicio de viaje supone toda una declaración de intenciones sobre que nos vamos a encontrar con una historia que prosigue la senda nostálgica y sentimental de Toy Story 3, y que las lágrimas, una vez más estarán aseguradas. Los cambios vuelven a estar presentes en la vida de los personajes, ya que Bonnie está a punto de comenzar a ir a la guardería, algo que inquieta a sus juguetes, sobre todo a un Woody que en los últimos tiempos ha pasado de ser ese muñeco predilecto de su niño a uno más de los que acumulan pelusa en el interior de un armario. Ha llegado la hora de mostrar una nueva (y cruda) realidad para estos personajes, la del vacío que les invade cuando dejan de ser indispensables.

    «Lo cierto es que una quinta entrega lo tendría complicado para superar lo ofrecido en las dos últimas entregas pero, visto lo visto, nada es imposible para Pixar / Disney que, sí, se ha marcado con Toy Story 4 otra nueva obra maestra».


    Uno de los aspectos que más llaman la atención del filme es la magnífica labor que han acometido sus guionistas para que, utilizando elementos reciclados –se recupera, incluso, el célebre tema de Randy Newman You've Got a Friend– y trabajando sobre terrenos conocidos, no estancarse. Por el contrario, han conseguido alcanzar un complicado equilibrio entre divertimento cómico de primer orden y profundidad argumental, creando, para la ocasión, una galería de nuevos personajes, de gran riqueza conceptual, que tienen mucho que decir en el universo Toy Story. La diminuta Giggle McDimples; el motorista canadiense Duke Caboon (con voz de un Keanu Reeves en alza), abandonado por su dueño al no ser capaz de realizar las acrobacias que los anuncios televisivos prometían; los divertidos Ducky y Bunny, dos premios de feria con muy malas pulgas; o Forky, ese minimalista juguete creado en la escuela por la propia Bonnie a partir de un tenedor de plástico reciclado y convenientemente tuneado, al que le cuesta asumir su condición de compañero de juegos de la pequeña, ya que siente que su verdadero lugar está en un cubo de basura –la pareja que este forma con Woody adquiere tintes tragicómicos que recuerdan al Charles Chaplin de El chico (1921), algo poco sorprendente si tenemos en cuenta que ya WALL•E (Andrew Stanton, 2008) bebía con acierto del cine mudo–, son unas nuevas aportaciones cargadas de encanto y frescura, pero los auténticos platos fuertes, en este apartado, son dos personajes femeninos muy fuertes que se adueñan de la pantalla en cada aparición. Por un lado, Bo Peep, que regresa a la historia convertida en toda una superviviente de la calle, una heroína de acción sarcástica y aguerrida que poco tiene que ver con la dulce damisela de antaño, y, por otro, conocemos a Gabby Gabby, una muñeca con intenciones un tanto siniestras que lleva décadas confinada a un rincón de una vieja tienda de antigüedades y que solo sueña con reparar su estropeado mecanismo de voz para así tener la oportunidad de vivir la experiencia de servir de compañía a la niña de sus sueños. Un personaje ambiguo y fascinante que, pese a hacer las veces de “villana” del relato (custodiada por cuatro inquietantes muñecos de ventrílocuo), consigue ganarse la empatía de un público sensibilizado por su dramática situación. Toy Story 4 posee todo aquello que una buena secuela debería tener: es divertidísima (atención a la mala baba del unicornio), está plagada de guiños cinéfilos que la audiencia más adulta sabrá reconocer al vuelo –esa añeja canción, Midnight, the Stars and You, conocida por El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), sonando de fondo en la primera aparición de Gabby Gabby y sus súbditos, que no pronostica nada bueno–, tiene mucha acción (de nuevo, las persecuciones y operaciones imposibles de rescate entre juguetes son abundantes y la animación, a estas alturas, ha alcanzado unos niveles de perfección técnica apabullantes) y cuenta con momentos muy, muy emocionantes. Su desenlace, portentoso, bien podría ser (ahora sí) el definitivo, con cada personaje ocupando el lugar el mundo que le corresponde. ¿O tal vez no? Lo cierto es que una quinta entrega lo tendría complicado para superar lo ofrecido en las dos últimas entregas pero, visto lo visto, nada es imposible para Pixar / Disney que, sí, se ha marcado con Toy Story 4 otra nueva obra maestra | ★★★★★


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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